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¿La hacemos o no?

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“Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido”. Dicen que esta frase es de Eduardo Galeano, otros dicen que la recopiló de otras fuentes, sin embargo, independiente de quién sea el autor, nos enseña una verdad irrefutable: las elecciones de políticos, en los sistemas pseudo-democráticos que nos controlan, no son más que un circo para la plebe. La opción de votar jamás ha sido, ni será, en la mayoría de los países neoliberales actuales, una real opción de cambio. Pero entonces qué, ¿cómo cambiamos ese algo que nos oprime?

Yo soy un firme creyente de la revolución popular como único medio real para cambiar la inercia que nos controla y oprime. Sin embargo, también tengo claro que, la revolución vista como concepto, no goza de muy buena aceptación en las mentes neoliberales de mis coterráneos, y esto se debe a dos razones principales: la comodidad y el miedo a la muerte.

COMODIDAD

Y es que el modo de vivir de estas personas, sumado a sus costumbres mercantiles y consumistas, los han convertido en los animales cómodos descritos en La Granja de los animales de George Orwell, quienes pese a estar conscientes de su condición de oprimidos, prefieren quedarse con sus amos, a cambio de abrigo, alimento, estabilidad, y pérdida de la libertad. Todo lo contrario a lo que sucede en la Granja de los animales, donde todos trabajan, nadie es oprimido, y donde establecen sus propias normas de conducta (al menos, al comienzo de la revolución en la granja).

La gente que se ha sentado en esta “incomoda comodidad”, saben que las cosas no están bien, se quejan de los bajos sueldos, el sistema de salud miserable y el altísimo costo de la vida. Sin embargo, ante estos mismos problemas, en vez de luchar para solucionarlos, prefieren tragarse las píldoras que les arroja ese mismo sistema: Para los bajos sueldos, créditos bancarios; para una salud miserable, endeudarse en el sistema privado; ante el aumento del costo de la vida, “facilidades crediticias” de pago, etc. Ellos reclaman, pero al final del día, abrazan las mismas “soluciones” que les ofrece el sistema, y en vez de irse a la granja de los revolucionarios, se quedan en la granja de la incómoda comodidad autoimpuesta.

MUERTE

El miedo a la muerte también juega un rol importante a la hora de descartar la revolución como método para lograr cambios, pues se le asocia a: sangre, muerte y sufrimiento. Ahora bien, esto me llama profundamente la atención, pues no logro comprender esas ganas enfermas que tienen todos de vivir, y por ende, no involucrarse en hechos revolucionarios, por temor a morir, si al final, ¡todos vamos a morir! Entonces ¿por qué no consagrar la vida a la lucha de una buena causa, sabiendo que sí, efectivamente, se puede morir en el intento, pero acaso, no es preferible eso a esperar a morir de viejo y no hacer nada por cambiar las cosas cuando tuviste la oportunidad de hacerlo? Si la vida es tan frágil y la muerte nos sobrevuela siempre ¿por qué temer a la revolución por miedo a perder la vida, si podríamos perfectamente morir por causas tan absurdas, como por ejemplo, un ataque al corazón o atropellados por un borracho al volante?

Sí, un proceso revolucionario involucra muchos riesgos, perder la vida es uno de ellos, pero la muerte nos acecha siempre. Entonces, la muerte no puede ser una excusa para temer a la revolución. Ya lo han oído antes: revolución o muerte. No ser revolucionario significa sentarse a esperar la muerte esclavizado por el trabajo y sometido por los de arriba, ser revolucionario, por otra parte, significa luchar hasta la muerte por la libertad del pueblo y de los que vendrán. La muerte es inherente a la existencia, no solo a la revolución.

¿SEGUIREMOS ENCENDIENDO VELAS POR CADA UNO DE LOS NUESTROS?

En Chile, el pasado 24 de julio, fue asesinado a manos de la policía, Nelson Quichillao, mientras se encontraba junto a un grupo de trabajadores protestando y luchando por mejoras laborales en el mineral de la ciudad de El Salvador, Chile. Este nuevo asesinato pasó inmediatamente a engrosar las listas de mártires de esta tierra, que ante una lucha desigual y desarmados, siguen cayendo presa de las balas fascistas de la policía.

Quizá, no debería relacionar esta muerte a la revolución, sino fuera porque su asesinato se suma a otras tantas sucedidas en los últimos años en este país en pseudo-democracia. Aquí dejo algunas:

Daniel Menco (23) asesinado por la policía, 19 mayo de 2009, Arica. Marcha estudiantil.

Matias Catrileo (24) asesinado por la policía, el 3 de enero de 2008, en territorio Mapuche. Recuperación territorios usurpados por privados.

Jaime Mendoza Collio (24) asesinado por la policía, el 12 de agosto de 2009, en territorio Mapuche. Recuperación de territorios usurpados por privados.

Manuel Gutiérrez (16) asesinado por la policía, 25 agosto de 2011, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Anyelo Estrada (23) asesinado por gendarmería, 9 de octubre 2012, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Juan Pablo Jiménez (34) asesinado por una “bala pérdida” 21 de febrero de 2013, Santiago.

Estos son algunos de nuestros muertos, pero hay cientos de otros que han sido heridos y torturados en democracia en estos últimos años.

REVOLUCIÓN O MUERTE

Es ante todo este macabro escenario que me pregunto: si nos van a matar y no estamos en revolución, ¿no sería mejor estar en revolución y que estas muertes dejen de ser en vano? Si nos van a matar igual, sea que estemos o no en revolución. Si nos van a matar igual, sea que protestemos o no. Si nos van a criminalizar igual, sea que marchemos o no. Entonces, ¿por qué no simplemente declarar la revolución?

Siento en mi alma cada una de estas muertes, pero más siento el hecho de que seguiremos enciendo velas, marchando para denunciar los crímenes, declarando nuestra solidaridad con las familias dañadas con estas pérdidas, para que al final del día, todo siga igual, inmutable, a menos que, nosotros cambiemos y hagamos algo al respecto.

La revolución pasa por etapas y estados. Primero debe ser mental, luego ser llevada a la acción; debe ser una convicción personal, y luego colectiva. La revolución la hacemos todos, o no se hace. La revolución debe tener razones y también motivos.

Si hasta ahora, la sangre inocente derramada, ni las muertes que se acumulan a nuestro alrededor, no son suficiente motivo ni razón para movilizar al pueblo, nada lo será.

Ya basta de encender velas y marchar por nuestros muertos, es hora de hacer la revolución o sentarnos a esperar a morir de viejos, y yo, al menos, no quiero morir de viejo.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja N°28 Agosto 2015

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Desde la cama

A menudo se escucha decir que necesitamos cambios profundos en nuestro país. Que debemos refundar la nación, cambiar la constitución y todas las reglas del juego. Sin embargo, nadie hace nada significativo y eso parece incomodar a muchos que quisieran que las cosas sucedieran más rápido –entre los que me incluyo–.

Ahora bien, ¿y si justamente no hacer nada fuese la solución?

El gran John Lennon lo hizo a su modo cuando protestó contra la guerra en Vietnam y a favor de la paz quedándose en cama por dos semanas junto a su esposa Yoko Ono (Una semana en Ámsterdam desde el 25 al 31 de marzo de 1969 y otra semana en Montreal, desde el 26 de mayo al de 2 junio del mismo año). En la instancia, para algunos ridícula y excéntrica, tuvo la oportunidad de recibir a periodistas y masificar su mensaje en una época en la que difundir la opinión y extenderla por todo el mundo no era tan fácil como en la actualidad –básicamente se tenía que ser el líder de la banda más grande de todos los tiempos –lo que no es poco–, para poder transmitir un mensaje claramente impopular para las castas opresoras de ese tiempo–. Y aun así, pese a ser quién era, muchos encontraron patética su forma de protestar y lo ridiculizaron. Sin embargo, su protesta pacífica tenía un gran fondo intelectual, quizá utópico, pero qué más da, si de las utopías nos nutrimos y vivimos los que queremos mejorar este mundo.

Su protesta invitaba a una sana reflexión. ¿Cuántas veces no han deseado quedarse en cama? No ir a trabajar. Dormir un rato más. Levantarse tarde. Muchas veces ¿no? Ahora imaginen ¿y si el soldado no saliera a matar este día y se quedara en cama? ¿Y si el presidente se quedará en casa leyendo un libro o durmiendo hasta tarde? ¿Y si los que nos oprimen escaparan de la dictadura del tiempo, los horarios y la agenda y se quedaran en sus casas? ¿Cuántas guerras se retrasarían o evitarían? ¿Cuánta sangre inocente dejaría de correr?

Ahora imaginen que los que nos oprimen: presidentes, empresarios, militares, no se quedaran en cama y de todas maneras salieran a cometer las atrocidades habituales contra el pueblo. ¿Qué harían si nosotros, en cambio, fuésemos los que nos quedáramos en casa? ¿Qué harían si la gente, en vez de ir al enfrentamiento directo en las calles contra la policía, no saliera a enfrentarlos? ¿Qué pasaría si la protesta fuese no solo no ir a trabajar, sino que no que el no transitar por las ciudades, quedarse en casa por días, semanas, meses? ¿Vendrían a sacarnos de nuestras camas? ¿Invadirían nuestros barrios para obligarnos a seguir moviéndonos como mercadería sobre una correa transportadora que es el sistema en el que sobrevivimos?

No tengo las respuestas para todas estas preguntas, mas planteo la idea. Si el sistema se mueve es por causa nuestra. Basta con que nos bajemos de la rueda de hámster en la que nos tienen corriendo a ninguna parte para detener el abuso al que se nos somete desde las sombras del poder.

Si queremos cambios, no salgamos de la cama hasta que reaccionen, se vayan y nos dejen establecer nuestras reglas. El día que salgamos de la cama para trabajar y construir NUESTRO propio país –y no el que heredamos de la dictadura–, y NUESTRO propio destino, valdrá la pena levantarse temprano. Por mientras, sigamos soñando que las cosas no cambiarán, sino hasta que nosotros las cambiemos.

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado en Revista Pluma Roja N°25 mayo 2015

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Las garras del imperio * Pablo Mirlo

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No llevo mucho tiempo en este planeta, sin embargo, algunas cosas he aprendido en este poco tiempo. Una de esas cosas es dudar SIEMPRE de los pasos de la dictadura más grande y solapada del mundo: la gringa.

El reciente anuncio de restablecimiento del diálogo entre los gobiernos de Cuba y el gobierno de EE.UU ha sido recibido con gran alegría y optimismo por muchos, y no es para menos, la situación de no diálogo entre ambos países, en plena era de las comunicaciones era, por decir lo menos, cavernaria y atemporal.

Sin embargo, debo ser justo, y antes de exponer mis dudas ante esta apertura de ambas naciones, es preciso que me sienta feliz por el pueblo cubano. Si ellos se sienten felices, luego de tantos padecimientos, injusticia y aislamiento por parte de la dictadura gringa, es preciso que yo, amante lejano de esas tierras y costas, también comparta con ellos esa alegría. Pues no es poco lo que han debido pasar. Sometimiento, abandono y castigo de gran parte del mundo perteneciente a la órbita capitalista gringa, por el solo hecho pensar distinto y querer ser independientes.

Es preciso que destaque el valor de ese pueblo de declararse libre de la mano imperial y de mantenerse digno ante las presiones internacionales por más de medio siglo. Y de no ceder jamás ni claudicar en sus convicciones. Los métodos para sostener esa autonomía pueden ser discutibles, sin embargo, no se puede soslayar el encomiable valor y fortaleza de aquel pueblo.

Hecha esta aclaración parto por exponer mis dudas.

Hay un dicho muy extendido por Latinoamérica que dice: “si nunca ha habido un golpe militar en Estados Unidos, es porque en ese país no hay una embajada gringa”. Sin embargo, más allá de la ironía del dicho, que puede sonar gracioso, detrás se esconde una tremenda verdad. Y es que las embajadas gringas, lejos de ser establecimientos diplomáticos, en Latinoamérica, siempre han sido utilizadas como verdaderos caballos de Troya, a través de los cuales, históricamente se ha colado dinero y tráfico de influencias para mantener los territorios alineados con el imperio del norte.

Demasiado bien sabemos lo que hicieron en Chile –y aun hacen–.

En la década del 60, por ejemplo, impulsaron la llamada “revolución en democracia” como método “civilizado” para sustituir los aires emancipadores que soplaban de la gran Cuba hacia toda Latinoamérica. En este periodo, la embajada gringa jugó un rol importante en la coordinación de los esfuerzos para que en las elecciones presidenciales del 64, en Chile, ganase el candidato que en el discurso proponía una “revolución democrática” por sobre una revolución armada: Eduardo Frei Montalva. Y lo lograron, impidiendo de paso, una revolución armada.

Luego, 6 años más tarde, cuando el pueblo logró lo “impensado” en 1970, y eligió al primer presidente socialista en la historia del mundo votado de manera democrática, Salvador Allende, esa misma embajada y desde la Casa Blanca se digitó el asesinato de generales democráticos y respetuosos de la constitución, como lo fue el general Scheneider. Y luego, bueno, ya sabemos el resto de la historia. Quemaron la casa de gobierno y junto con eso, mataron al presidente del Pueblo, Salvador Allende.

Es por eso que tengo dudas ante el restablecimiento del diálogo entre Cuba y EE.UU, pues si eso significa una embajada gringa en suelo cubano, sería realmente peligroso, no solo para Cuba, sino que para todo Latinoamérica.

El peligro está en destruir a Cuba desde adentro. Piensen cuántas veces han intentado a asesinar a Fidel Castro y la Revolución (sin embajada gringa en territorio cubano de por medio). Y ahora, con una embajada allí, en su territorio, ¿creen que Washington resistirá la tentación de no hacer nada?

Desde un punto de vista global, la movida de EE.UU solo obedece a esos temores eternos que tiene de perder su supremacía militar.

A sabiendas que el sueño de Bolivar sigue extendiéndose desde Venezuela al resto de Sudamérica, lo que el imperio pretende por un lado es: separar a Cuba de Venezuela, y luchar por conquistar el territorio de Chavez, y además, evitar que una nueva crisis de los mísiles con Rusia; país con el cual se ha vuelto demasiado hostil en los últimos años.

Es por todo esto que no se puede confiar en un estado como el gringo que por una lado pretende “hacerse amigo” de Cuba, mientras que por otro sigue instigando y gestionando un golpe de estado en Venezuela.

Lo que Estados Unidos pretende con esta jugada es sacarse todas esas piedras del zapato que le molestan, y tener un continente americano subyugado en toda su extensión; desde Alaska hasta Tierra del Fuego, y para eso, era imprescindible penetrar en la isla caribeña, y a su modo, sutil y lento, tomar posesión de un territorio que siempre ha temido se convierta en una base militar rusa que los ponga en peligro -siendo que ellos tienen bases por todo el mundo y nadie puede quejarse.

En fin. No puedo confiar en las palabras del premio nobel Obama. En ese hombre que mata a distancia con sus drones. Que motivó una revolución nazista en Ucrania. Que invade Siria. Que castiga a Venezuela. Que es heredero de quienes mataron a Allende. Que conspiró para matar a Chavez. Lo siento, pero no puedo confiar en ese gobierno, para mí, todo esto del restablecimiento del diálogo es solo el primer paso para someter a Cuba y a Venezuela, desde dentro, y de paso, acabar con el sueño de la Patria Grande.

Sin embargo, confío en el Pueblo Cubano, que se ha preparado y educado por años para hacer frente a las dificultades.

Espero que Cuba y Venezuela nos sigan iluminando el sendero a recorrer y que la revolución no se venga abajo.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja N°21 Enero 2015

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No necesitamos parlamento

Desde hace tiempo que vengo pensando: ¿para qué diablos sirve el congreso o parlamento en un país donde los “representantes” no representan a los votantes, ni mucho menos a los que no votan? Sin embargo, cuando me doy cuenta que la democracia es tan falsa como la paloma de la paz o el fueguito de los juegos olímpicos, puedo entender, mas no compartir, que la existencia misma del parlamento se deba a que forma parte de un sistema mayor de mentiras que tiene como fundamento a la “democracia”, y que sostiene a esta, convenientemente, como EL único modo correcto de regular el comportamiento de los individuos en la sociedad.

Es decir, la existencia del parlamento, vendría siendo solo la fachada decorativa; un para rayos contra los “rebeldes”, que marcaría la diferencia, al menos en lo visible, entre una dictadura y una democracia. Y es que últimamente muchos dicen que la única diferencia entre un dictadura y una democracia sería la existencia o no de un parlamento, sin embargo, cuando ese parlamento, como en el caso de Chile, solo sirve a intereses económicos, elitistas y conservadores es más que válido preguntarse si ese manoseado concepto de democracia aplicaría en el caso chileno o no. Yo creo que no.

Claro, muchos dirán que el cuestionar la existencia del parlamento es una idea de carácter anarquista y por ende peligrosa, terrorista, etc. Sin embargo, pienso que para algo tenemos esa cosa llamada cerebro allá arriba en la cabeza, y es para razonar y cuestionar todo, sobre todo si un grupúsculo de personajes se va arrojar el derecho de decidir qué comemos o no, si tenemos educación gratuita o no, si debemos votar obligados o no. Pienso que lo mínimo que podemos hacer es cuestionarnos la real utilidad de un congreso, a lo menos, inútil en lo que a sus obligaciones respecta -velar por la ciudadanía-, sobre todo cuando su real capacidad de mejorar las condiciones de los ciudadanos en este país pareciera secuestrada en acuerdos espurios entre cuatro paredes por políticos y el mundo privado. lejos, justamente, de quienes dicen representar: la ciudadanía.

Por obligaciones del parlamento y los parlamentarios me refiero a su labor como generadores, correctores y promotores de leyes para todas y todos los ciudadanos. De más está decir que nada de estas cosas hacen, a lo más votan puras tonteras, como subirse el sueldo. Y si lo ponemos en términos empresariales –lenguaje que tanto les gusta– el parlamento debe ser uno de los organismos más ineficientes del estado, toda vez que, a lo más, aprueba dos o tres leyes por año, trabajan tres semanas al mes, y de esas semanas que trabajan, solo “trabajan” de martes a jueves. Un desperdicio de dinero con todas sus letras.

Hablo de esto porque muchos “demócratas” sostienen que no se puede hacer una Asamblea Constituyente, pues no podemos prescindir del parlamento mientras ésta se redacta. Sin embargo, esta afirmación parte de dos mentiras: Primero, nadie le está pidiendo permiso a la clase política para llevarla a cabo. Como chilenos nacidos en esta tierra y como ciudadanos, tenemos el derecho a autoconvocarnos. No necesitamos de su autorización para redactar y construir nuestro país. Segundo, SÍ podemos prescindir del parlamento. Como decía anteriormente, dada su ineficiencia habitual, la existencia o no de un parlamento en un país donde éste es solo decorativo, donde no se trabaja y solo se desperdician recursos NUESTROS, el funcionamiento o no de un edificio lleno de zánganos que no trabajan y usufructúan del Pueblo es algo de lo que podemos perfectamente prescindir y el mundo seguiría girando igual como lo viene haciendo desde hace miles de años.

Sin embargo, yo voy mucho más allá. Y no hablo de la inutilidad del parlamento como elemento del estado solo porque está lleno de chupasangres, y que por ende, se podría solucionar mediante el reemplazo de estos inútiles por otros más o menos inútiles que los anteriores. Yo hablo de establecer una nueva concepción del Poder Popular. ¡Al diablo con eso de la democracia como la pintan los pastores de la política! Hablo de establecer un sistema con injerencia directa del ciudadano, sin intermediarios. Un sistema en que las comunidades sean fuertes, propongan leyes locales y nacionales, y que todas ellas se decidan mediante plebiscito. Tan simple como eso. Todo el poder a las bases, al Pueblo, a la calle. Hablo de cerrar el parlamento.

La democracia, como sistema actual ha fracasado, pues ha convertido las elecciones en un juego de poderes, en la cual. la gente no decide lo que quiere para el país, solo elige quién quiere que le golpee con un diferente látigo durante el siguiente periodo presidencial o parlamentario.

La democracia ha fracasado, pues los “representantes” representan intereses burgueses y mercantiles, y no la decisión o voluntad del Pueblo. ¿Cuántas veces no ha escuchado a políticos decir: cuidado con escuchar a la calle”? Claro, ellos no nos quieren escuchar, pues nosotros no les financiamos campañas políticas, no les servimos cenas con lo más refinado de la cocina mundial. No, nosotros somos meros esclavos; máquinas de pagar impuestos que financian su lujosa vida.

La democracia ha fracasado, pues está más que claro que un estado que esta reducido a su mínima expresión, y que no tiene empresas estatales, que no es dueño de las carreteras, de las universidades, del agua, de la tierra, y del mar, no puede generar recursos. Entonces, uno válidamente se pregunta: ¿de dónde saca plata el estado para pagarle a los parlamentarios, ministros, jueces, presidentes, policías, ejércitos, si no vende ningún producto? Pues en el caso del parlamento, por ejemplo, no es que uno vaya allí y se encuentre con los parlamentarios vendiendo poleritas con su cara, o suvenires del parlamento para generar ingresos que paguen sus sueldos. ¡NO! El estado, y la santa trinidad de la democracia: el poder ejecutivo, judicial y legislativo, solo se sostienen con el constante saqueo a nuestros bolsillos mediante el pago de impuestos. La democracia es la ladrona más grande que pueda existir. Por eso los parlamentarios no pueden luchar contra la delincuencia, primero porque no quieren, y segundo, porque no pueden luchar contra ellos mismos.

Quizás, algunos pensaran que es demasiado extremista todo esto que menciono, pero lamentablemente es la verdad de las cosas en este país. En muchas otras partes del mundo los ciudadanos pagan impuestos, pero al menos tienen cosas que nosotros ni siquiera podemos soñar. Tiene educación gratuita, o casi gratuita. Acá no tenemos nada parecido. Tienen salud y hospitales de calidad, con todo lo que pagan en impuestos. Acá los hospitales públicos se caen a pedazos. Tienen escuelas públicas de lujo. Acá, las escuelas públicas están en ruinas. Y podría seguir, por ejemplo, pagamos por transitar por carreteras que pertenecen a empresas extranjeras. Pagamos por tomar agua de transnacionales. Nada es nuestro, nada nos pertenece.

Entonces, me pregunto: ¿debemos tener parlamento? Mi respuesta es obvia. No, debemos abolirlo, y junto con ello abolir la democracia como la conocemos y establecer un sistema de Poder Popular real.

¡Noticia de último minuto!

Los parlamentarios en Chile se subieron el sueldo en cerca de casi mil dólares más (ya ganaban al mes cerca de 33 mil dólares al mes, 15 millones de pesos, mientras el salario mínimo es de cerca de 450 dólares, 220 mil pesos.)

¿Debería indignarme? No. ¿Debería publicar un hashtag con la palabra sinvergüenzas? No. ¿Debería enojarme por las redes sociales? No. Simplemente esto confirma que nos gobiernan ladrones y nos controlan unos miserables, pero hablando y luchando por internet no lograremos nada.

Llegó la hora de:

¡CREAR, CREAR, PODER POPULAR!

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado para Revista Pluma Roja N°20, diciembre 2014.

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Rojo corazón * Pablo Mirlo

El corazón de un revolucionario no tiene edad,
que comience a latir cuando joven, o en la avanzada edad
no es lo importante, sino que la sangre recorra las venas,
que llegue a todos los rincones del cuerpo,
que bombee esperanza al universo,
y que sus acciones y palabras sean uno con el Pueblo.
Y que una vez la sangre vaciada,
y el paseo terrenal terminado,
el recuerdo siga latiendo en la vida de quienes le conozcan,
ya joven, ya viejo.

El corazón de un revolucionario no se apaga,
resuena inmortal, se vuelve eterno.
Es un lucero que marca el camino,
endereza la senda
y enciende los sentidos,
derriba los imposibles
y se vuelve verso, canto y bandera,
que a los cuatro rincones de la Tierra despierta
que a los cuatro rincones de la realeza condena.

El corazón de un revolucionario resuena inmortal,
se vuelve uno con el Pueblo, uno con nosotros hasta el infinito.
El corazón no se apaga con la muerte,
solo deja de bombear sangre para ahora bombear luz de estrella
a quienes no dejan de luchar en esta tierra con palos y piedras;
versos, cantos y poemas; lápices, cuadernos y rojas estrellas.

Por Pablo Mirlo

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Licencia Creative Commons
Rojo corazón por Pablo Mirlo se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.
Basada en una obra en https://pablomirlo.wordpress.com/2014/11/11/rojo-corazon-pablo-mirlo/.


Revolución: maneras simples de ser un revolucionario * Pablo Mirlo

dfgdgArtículo publicado en Revista Pluma Roja Octubre 2014.

Enlace directo: http://revistaplumaroja.wordpress.com/2014/10/11/revolucion-maneras-simples-de-ser-un-revolucionario/

Vientos de pánico, o más bien, el hálito putrefacto de los guardianes del dinero y la diosa economía soplan sobre los cansados rostros de los ciudadanos. Se publican índices de cesantía, desaceleración. Se gasta, ese mismo dinero que se supone falta, en encuestas que avalen los postulados del ultra derechismo en Chile y que les permitan chillar a los cuatro vientos que solo ellos saben calmar a la diosa economía. Para tales propósitos se valen de miles de hombres y mujeres que son ofrecidos en sacrificio y entregados a las fauces de la bestia cesantía, con el único fin de demostrar que el actual gobierno se derrumba, y que solo ellos pueden ser los salvadores –los mismos que mataron a Salvador–.

Ahora bien, pese a la sarta de mentiras que vomitan los grandes medios de comunicación, hay una gran verdad que pasa desapercibida. El talón Aquiles del modelo económico que esperamos derribar se basa en el consumo. Cuando hablan de que la economía está en crisis es porque los índices de consumo han bajado. Es decir, el mal llamado crecimiento se sostiene sobre las billeteras de la mayoría de los ciudadanos de este país, NO sobre la buena voluntad del empresariado que decide gastar menos en lujos personales para inyectar más dinero mediante el aumento de sueldos, por ejemplo, para no detener el consumo de sus trabajadores. Ni tampoco este “crecimiento” depende de la buena voluntad de los inversores extranjeros. Al contrario, se sostiene sobre nosotros. Pues, es ahí donde se presenta una oportunidad de ser revolucionario. Ellos mismos reconocen que su talón de Aquiles es el consumo, y que cuando la gente no consume, ELLOS entran en crisis, NO NOSOTROS, por ende, es por ahí que hay derribar el modelo económico.

Ahora, para derribarlo, se requiere un cambio total en los hábitos de los consumidores. Se requiere dejar de ir al supermercado para ir a la feria. Se requiere ir y comprar en el almacén más cercano. Se requiere comprar en la farmacia local, no en la mega cadena de farmacias. Y por último, si se quiere hacer de verdad caer a la economía, se requiere de un boicot a los centros comerciales, mutlitiendas, etc. Sin embargo, es sabido que, el mundo empresarial, una vez que se dé cuenta que la gente ya no compra en sus tiendas, bombardeará a través de la tele y los diarios para hacernos creer que el mundo se acabará. Seguramente habrá miles de despidos y la cesantía subirá hasta las nubes, pero es ahí donde un pueblo organizado se hace respetar y no cede a las presiones. Se debería fomentar el trabajo de las cooperativas, la autogestión, etc.

Nos han hecho creer que las crisis económicas también son nuestras crisis, pero eso no es verdad, las crisis económicas son de unos pocos, pero las hacen pasar como nuestras. Sin embargo, cuando no hay crisis, se olvidan de la gente y sus demandas, y en esos momentos solo velan por sus lujos e intereses. Entonces ¿Por qué preocuparnos por la supuesta crisis si no es nuestra? No debemos preocuparnos. Debemos hacer caer la economía hasta el suelo. Nos han hecho creer que sin la economía no somos nada, como si fuera tan necesaria como el aire y el agua. Nos ha hecho creer que este es el único orden económico exitoso, cuando en realidad, es el más nefasto de todos, porque destruye al medio ambiente, saquea los recursos naturales, y solo deja destrucción a su paso, riqueza para unos pocos, y migajas para el resto. Es por eso que se debe dejar de consumir como si el mundo se fuera acabar. Boicot a las grandes cadenas, que caigan hasta el suelo, debemos llevar nuestro dinero a los almacenes y tiendas locales y fomentar la autogestión, las cooperativas e independencia. Esta también es una forma de ser revolucionario.

Por Pablo Mirlo


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