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La agenda del miedo

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La televisión se ha encargado de destruir más mentes que cualquier tirano, gobernante, rey o emperador, del que se tenga memoria

¿Una de las razones?, la televisión, la cual tiene el poder de penetrar cada hogar y familia, y a través de sus contenidos, moldear la realidad o generar miedos ficticios; uno de los tantos miedos a los que se somete la población, es el miedo a la delincuencia, este miedo tiene la particularidad ser inyectado a la mente de la gente de manera sistemática por los noticieros, los cuales, no escatiman en largas introducciones para hablar de los crímenes más violentos que hayan ocurrido recientemente, y de esta manera, generar la sensación de inseguridad en la población.

Diariamente se comenten crímenes, asaltos o robos, sin embargo estos delitos, en realidad, no ocupan un amplio porcentaje como los de “las altas esferas”, políticos, empresarios y fuerzas armadas –y que pasan desapercibidos–. Lo que la televisión hace, en el fondo, es añadirle levadura a hechos que, por cierto, son condenables, pero que vistos en comparación con los atropellos a los que somete al pueblo por el sistema económico capitalista y sus secuaces, no son nada. En pocas palabras, la televisión exagera todo lo que le conviene exagerar para llevar adelante una agenda en concordancia con los poderes que la financian.

Las razones para llevar adelante esta agenda son simples: dividir a la población.

El miedo al prójimo, al vecino, al extraño, les resulta perfecto a los opresores para desarticular la lucha colectiva, y así, poder gobernar en paz.

Ahora bien, esta agenda del miedo, no es que sea propia de los dueños de las cadenas televisivas (aunque a veces sí), sino que, más bien, obedece a intereses político-empresariales. Las cadenas televisivas necesitan dinero para funcionar, éste tiene que salir de alguna parte, y qué mejor que congraciarse con aquellos que tienen dinero y fondos infinitos: políticos y empresarios. Es de esta alianza tripartita que nace la agenda del miedo, pues una sociedad temerosa del prójimo, es la sociedad perfecta para que empresarios y políticos se confabulen para crear leyes asfixiantes contra la población, subir los impuestos a la gente, bajarle los impuestos a los ricos, y trabajar en conjunto con los demás actores del crimen organizado: narcotraficantes, traficantes de armas, de personas, etc. Sin que nadie los moleste.

Es por todo esto que la televisión debe ser apagada y los noticieros, ignorados, pues no están sirviendo con fines informativos, sino que con fines propagandísticos, es decir, su única intención es señalar y condenar los delitos de los pobres contra otros pobres, y cuando el empresario o el poder político cometen crímenes, simplemente tildarlos de faltas, errores menores, desprolijidad, o ignorarlos. La única intención de la televisión y, en especial, los noticieros es esparcir el miedo, desarticular el poder colectivo y lavar el cerebro con medias verdades.

Las luchas ideológicas, en la actualidad, ya no se libran en los parlamentos, las universidades o las calles. Las luchas se llevan adelante desde los medios de comunicación. Y en ese ambiente es donde la agenda del miedo florece con especial poder, y nosotros, no podemos caer prisioneros de ella.

Es nuestra responsabilidad quitarnos el miedo, informarnos y cambiar el paradigma que se nos impone desde arriba. Y todo puede comenzar con algo tan simple como: apagar la tele.

Es hora confiar en el prójimo y luchar juntos.

Publicado en prismalavista.com

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¿La hacemos o no?

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“Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido”. Dicen que esta frase es de Eduardo Galeano, otros dicen que la recopiló de otras fuentes, sin embargo, independiente de quién sea el autor, nos enseña una verdad irrefutable: las elecciones de políticos, en los sistemas pseudo-democráticos que nos controlan, no son más que un circo para la plebe. La opción de votar jamás ha sido, ni será, en la mayoría de los países neoliberales actuales, una real opción de cambio. Pero entonces qué, ¿cómo cambiamos ese algo que nos oprime?

Yo soy un firme creyente de la revolución popular como único medio real para cambiar la inercia que nos controla y oprime. Sin embargo, también tengo claro que, la revolución vista como concepto, no goza de muy buena aceptación en las mentes neoliberales de mis coterráneos, y esto se debe a dos razones principales: la comodidad y el miedo a la muerte.

COMODIDAD

Y es que el modo de vivir de estas personas, sumado a sus costumbres mercantiles y consumistas, los han convertido en los animales cómodos descritos en La Granja de los animales de George Orwell, quienes pese a estar conscientes de su condición de oprimidos, prefieren quedarse con sus amos, a cambio de abrigo, alimento, estabilidad, y pérdida de la libertad. Todo lo contrario a lo que sucede en la Granja de los animales, donde todos trabajan, nadie es oprimido, y donde establecen sus propias normas de conducta (al menos, al comienzo de la revolución en la granja).

La gente que se ha sentado en esta “incomoda comodidad”, saben que las cosas no están bien, se quejan de los bajos sueldos, el sistema de salud miserable y el altísimo costo de la vida. Sin embargo, ante estos mismos problemas, en vez de luchar para solucionarlos, prefieren tragarse las píldoras que les arroja ese mismo sistema: Para los bajos sueldos, créditos bancarios; para una salud miserable, endeudarse en el sistema privado; ante el aumento del costo de la vida, “facilidades crediticias” de pago, etc. Ellos reclaman, pero al final del día, abrazan las mismas “soluciones” que les ofrece el sistema, y en vez de irse a la granja de los revolucionarios, se quedan en la granja de la incómoda comodidad autoimpuesta.

MUERTE

El miedo a la muerte también juega un rol importante a la hora de descartar la revolución como método para lograr cambios, pues se le asocia a: sangre, muerte y sufrimiento. Ahora bien, esto me llama profundamente la atención, pues no logro comprender esas ganas enfermas que tienen todos de vivir, y por ende, no involucrarse en hechos revolucionarios, por temor a morir, si al final, ¡todos vamos a morir! Entonces ¿por qué no consagrar la vida a la lucha de una buena causa, sabiendo que sí, efectivamente, se puede morir en el intento, pero acaso, no es preferible eso a esperar a morir de viejo y no hacer nada por cambiar las cosas cuando tuviste la oportunidad de hacerlo? Si la vida es tan frágil y la muerte nos sobrevuela siempre ¿por qué temer a la revolución por miedo a perder la vida, si podríamos perfectamente morir por causas tan absurdas, como por ejemplo, un ataque al corazón o atropellados por un borracho al volante?

Sí, un proceso revolucionario involucra muchos riesgos, perder la vida es uno de ellos, pero la muerte nos acecha siempre. Entonces, la muerte no puede ser una excusa para temer a la revolución. Ya lo han oído antes: revolución o muerte. No ser revolucionario significa sentarse a esperar la muerte esclavizado por el trabajo y sometido por los de arriba, ser revolucionario, por otra parte, significa luchar hasta la muerte por la libertad del pueblo y de los que vendrán. La muerte es inherente a la existencia, no solo a la revolución.

¿SEGUIREMOS ENCENDIENDO VELAS POR CADA UNO DE LOS NUESTROS?

En Chile, el pasado 24 de julio, fue asesinado a manos de la policía, Nelson Quichillao, mientras se encontraba junto a un grupo de trabajadores protestando y luchando por mejoras laborales en el mineral de la ciudad de El Salvador, Chile. Este nuevo asesinato pasó inmediatamente a engrosar las listas de mártires de esta tierra, que ante una lucha desigual y desarmados, siguen cayendo presa de las balas fascistas de la policía.

Quizá, no debería relacionar esta muerte a la revolución, sino fuera porque su asesinato se suma a otras tantas sucedidas en los últimos años en este país en pseudo-democracia. Aquí dejo algunas:

Daniel Menco (23) asesinado por la policía, 19 mayo de 2009, Arica. Marcha estudiantil.

Matias Catrileo (24) asesinado por la policía, el 3 de enero de 2008, en territorio Mapuche. Recuperación territorios usurpados por privados.

Jaime Mendoza Collio (24) asesinado por la policía, el 12 de agosto de 2009, en territorio Mapuche. Recuperación de territorios usurpados por privados.

Manuel Gutiérrez (16) asesinado por la policía, 25 agosto de 2011, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Anyelo Estrada (23) asesinado por gendarmería, 9 de octubre 2012, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Juan Pablo Jiménez (34) asesinado por una “bala pérdida” 21 de febrero de 2013, Santiago.

Estos son algunos de nuestros muertos, pero hay cientos de otros que han sido heridos y torturados en democracia en estos últimos años.

REVOLUCIÓN O MUERTE

Es ante todo este macabro escenario que me pregunto: si nos van a matar y no estamos en revolución, ¿no sería mejor estar en revolución y que estas muertes dejen de ser en vano? Si nos van a matar igual, sea que estemos o no en revolución. Si nos van a matar igual, sea que protestemos o no. Si nos van a criminalizar igual, sea que marchemos o no. Entonces, ¿por qué no simplemente declarar la revolución?

Siento en mi alma cada una de estas muertes, pero más siento el hecho de que seguiremos enciendo velas, marchando para denunciar los crímenes, declarando nuestra solidaridad con las familias dañadas con estas pérdidas, para que al final del día, todo siga igual, inmutable, a menos que, nosotros cambiemos y hagamos algo al respecto.

La revolución pasa por etapas y estados. Primero debe ser mental, luego ser llevada a la acción; debe ser una convicción personal, y luego colectiva. La revolución la hacemos todos, o no se hace. La revolución debe tener razones y también motivos.

Si hasta ahora, la sangre inocente derramada, ni las muertes que se acumulan a nuestro alrededor, no son suficiente motivo ni razón para movilizar al pueblo, nada lo será.

Ya basta de encender velas y marchar por nuestros muertos, es hora de hacer la revolución o sentarnos a esperar a morir de viejos, y yo, al menos, no quiero morir de viejo.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja N°28 Agosto 2015

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Desde la cama

A menudo se escucha decir que necesitamos cambios profundos en nuestro país. Que debemos refundar la nación, cambiar la constitución y todas las reglas del juego. Sin embargo, nadie hace nada significativo y eso parece incomodar a muchos que quisieran que las cosas sucedieran más rápido –entre los que me incluyo–.

Ahora bien, ¿y si justamente no hacer nada fuese la solución?

El gran John Lennon lo hizo a su modo cuando protestó contra la guerra en Vietnam y a favor de la paz quedándose en cama por dos semanas junto a su esposa Yoko Ono (Una semana en Ámsterdam desde el 25 al 31 de marzo de 1969 y otra semana en Montreal, desde el 26 de mayo al de 2 junio del mismo año). En la instancia, para algunos ridícula y excéntrica, tuvo la oportunidad de recibir a periodistas y masificar su mensaje en una época en la que difundir la opinión y extenderla por todo el mundo no era tan fácil como en la actualidad –básicamente se tenía que ser el líder de la banda más grande de todos los tiempos –lo que no es poco–, para poder transmitir un mensaje claramente impopular para las castas opresoras de ese tiempo–. Y aun así, pese a ser quién era, muchos encontraron patética su forma de protestar y lo ridiculizaron. Sin embargo, su protesta pacífica tenía un gran fondo intelectual, quizá utópico, pero qué más da, si de las utopías nos nutrimos y vivimos los que queremos mejorar este mundo.

Su protesta invitaba a una sana reflexión. ¿Cuántas veces no han deseado quedarse en cama? No ir a trabajar. Dormir un rato más. Levantarse tarde. Muchas veces ¿no? Ahora imaginen ¿y si el soldado no saliera a matar este día y se quedara en cama? ¿Y si el presidente se quedará en casa leyendo un libro o durmiendo hasta tarde? ¿Y si los que nos oprimen escaparan de la dictadura del tiempo, los horarios y la agenda y se quedaran en sus casas? ¿Cuántas guerras se retrasarían o evitarían? ¿Cuánta sangre inocente dejaría de correr?

Ahora imaginen que los que nos oprimen: presidentes, empresarios, militares, no se quedaran en cama y de todas maneras salieran a cometer las atrocidades habituales contra el pueblo. ¿Qué harían si nosotros, en cambio, fuésemos los que nos quedáramos en casa? ¿Qué harían si la gente, en vez de ir al enfrentamiento directo en las calles contra la policía, no saliera a enfrentarlos? ¿Qué pasaría si la protesta fuese no solo no ir a trabajar, sino que no que el no transitar por las ciudades, quedarse en casa por días, semanas, meses? ¿Vendrían a sacarnos de nuestras camas? ¿Invadirían nuestros barrios para obligarnos a seguir moviéndonos como mercadería sobre una correa transportadora que es el sistema en el que sobrevivimos?

No tengo las respuestas para todas estas preguntas, mas planteo la idea. Si el sistema se mueve es por causa nuestra. Basta con que nos bajemos de la rueda de hámster en la que nos tienen corriendo a ninguna parte para detener el abuso al que se nos somete desde las sombras del poder.

Si queremos cambios, no salgamos de la cama hasta que reaccionen, se vayan y nos dejen establecer nuestras reglas. El día que salgamos de la cama para trabajar y construir NUESTRO propio país –y no el que heredamos de la dictadura–, y NUESTRO propio destino, valdrá la pena levantarse temprano. Por mientras, sigamos soñando que las cosas no cambiarán, sino hasta que nosotros las cambiemos.

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado en Revista Pluma Roja N°25 mayo 2015

Para más, visite revistaplumaroja.wordpress.com


Los nietos levantarán las banderas

Chile está hecho un sinfín de escándalos de corrupción. No hay nadie que se salve, ni la presidenta, ni su hijo. Ni la ultraderecha que podría sacar provecho de los escándalos de corrupción en el gobierno puede hacerlo, pues ellos mismos están metidos en otros escándalos de financiamiento ilegal de campañas políticas. Es decir, las cúpulas empresariales y políticas están totalmente desacreditadas. Las dos derechas: la que gobierna, y la otra, la derecha fascista de siempre, ambas no tienen ningún nivel de credibilidad, y por ende, no hay nadie que las salve.

Ante este escenario muchos buscan una salida ante la debacle de la “institucionalidad”, pero pocos parecen tomar las riendas del problema y traer estabilidad a un sistema y modelo de mercado que se ha roto por todos sus costados.

Muchos clamamos por cambios profundos y la refundación del país. Sin embargo, pese a nuestros sueños, pareciera que estos no motivan a nadie más que unos pocos, y al final, cada día, seguimos viendo pasar bajo el puente cada vez más escándalos de corrupción, robo descarado, oprobios y castigos al pueblo trabajador, los cuales terminan desembocando en un mar que pareciera no tener fin, que se evapora con la luz del sol, para luego llovernos en nuevas formas de corrupción, estafa y delincuencia empresarial.

El desastre en el que estamos sumidos pareciera no importarle a muchos, y a los pocos que les interesa en algo lo que pasa, más allá de patalear por las redes sociales, siguen yendo a trabajar como siempre, pagan sus impuestos de manera sagrada, y se “despejan” de los problemas que lo aquejan cada fin de semana aferrados a una botella de alcohol o paseando por los abarrotados centros comerciales en busca de lo último en tecnología. Es decir, mucho ruido, pocas nueces.

Es por eso que creo que los cambios verdaderamente revolucionarios en este pedazo de tierra solo se verán cuando nuestros hijos e hijas nazcan y pueblen este territorio.

Pareciera ser que todos los que somos hijos nacidos en dictadura, o un poco después de 1990, trajéramos en nuestros genes la derrota y la incapacidad de cambiar las cosas por nuestra cuenta. Traemos en nuestra sangre la capacidad de darnos cuenta de lo que nos sucede, de lo que nos aqueja, de hacer el diagnóstico, pero no tenemos la capacidad de cambiar nada en absoluto a gran escala, y cuando a veces, por esas cosas de la vida, algunos de los de nuestra generación asoma como agente de cambio, es fácilmente tentado, comprado y silenciado por el poder.

Ahora bien, ¿deberíamos rendirnos ante esta realidad? Claro que no. Debemos sembrar semillas de cambio, de revolución en nuestra posteridad. Debemos proponer y no solo quejarnos.

Es fácil insultar a los políticos, decir que todos son corruptos y hacer cadenas por internet para burlarse de quienes nos hacen daño. Lo realmente difícil es tomar la iniciativa, organizarse y movilizarse desde todas las áreas posibles, pues la revolución no es solo el tomar las armas, la revolución no es solo militar en un partido u organización política, la revolución se lleva a cabo desde la educación y el arte junto con todas sus manifestaciones. La revolución se lleva adelante siendo honestos, solidarios, buenas personas, con consciencia de quienes somos como Pueblo y de lo que queremos para nosotros, y no solo de lo que anhelamos de manera individual.

Por ende, nuestra labor no es solo esperar a que muera la generación golpista de los años 70 y esperar a que nazcan nuestros hijos. Nuestra labor es agotar todas las instancias posibles y corroer este sistema hasta que se derrumbe, y educar a nuestros hijos para que llegado el momento, asuman la responsabilidad histórica de devolver la dignidad perdida por casi medio siglo ya.

Por Pablo Mirlo

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Publicado en Revista Pluma Roja Abril 2015

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¿Cuándo nos independizamos?

Siempre he pensado que la mayoría de las guerras independistas acontecidas en América Latina fueron más que nada guerras encabezadas por la burguesía con el único propósito de quedarse con el botín de guerra habitual: el pueblo trabajador. Y que muy por el contrario de lo que muchos piensan –o les encanta creer– nada tuvo que ver con un deseo libertario o patriótico detrás.

Y es que si lo pensamos bien, los que proporcionaban las armas eran, en su mayoría, los mismos que tenían el dinero para sustentar otro tipo de empresas, como la venta de esclavos o la explotación de la gente en sus latifundios. Es decir, eran tipos que poco y nada tenían que ver con los habitantes originarios de estas latitudes, ni mucho menos con la mezcla naciente del cruce de la sangre invasora con la sangre local.

Por tanto, desde mi punto de vista, el pueblo, por muy patriota que fuera –si es que lo era– u oprimido que se sintiera en esos años, no tenía la capacidad bélica, ni el capital económico o fuerza organizativa necesaria para intentar siquiera librar una guerra de independencia (como la que se nos intenta meter por la garganta en las escuelas cuando somos niños y de la cual pretenden nos sintamos orgullosos).

Es por eso que para mí, la lucha “independista”, lejos de ser una cosa de la que el Pueblo debería sentirse orgulloso pasados ya más de 200 años, es algo que es indigno de celebración, dado que solo era una cosa de burgueses.

EL CASO DE CHILE
El caso de la “independencia” de Chile es muy ilustrativo de lo que planteo. El hombre que es considerado el padre de la Patria, curiosamente, no tenía apellido latino, español o de un pueblo originario: su nombre era Bernardo O’Higgins.
Este “prócer” de la patria –como les gusta llamarlo algunos– era hijo de un comerciante irlandés que entre los años 1788 y 1976 fue designado como gobernador de Chile por la corona española. Es decir, los orígenes de O’Higgins estaban en las antípodas de lo que en realidad padecían la gran mayoría del pueblo: una pobreza y sometimiento generalizado.

Su vida no estuvo exenta de los beneficios y lujos de la clase rica de aquel entonces. Tuvo la oportunidad de ir a estudiar a Lima e Inglaterra. En este último país – según cuenta la historia oficial– florecieron sus ideas independentistas. Ahora bien, lo que lo trajo de vuelta a Chile no fue la idea de iniciar una guerra emancipadora, sino que todo lo contrario, regresó para hacerse cargo de la hacienda dejada por su padre luego de su muerte en 1801. Es decir, volvió por negocios.

Pues bien, una vez establecido en Chile, la vida de un hijo de burgués como la de él ya estaba más que trazada desde su nacimiento. En 1810 sería designado diputado por la recién formada junta de gobierno, y posteriormente, sería nombrado coronel del ejército. Lo que sigue después ya lo imaginarán. Participó en guerras varias contra quienes querían que Chile siguiera siendo parte de la corona española. En algunas batallas ganó, en otras perdió, pero al fin y al cabo, terminaría donde terminan los burgueses de su tipo en oligarquías como la nuestra: presidente de Chile. Esto sucedió una vez proclamada la independencia en 1818. Sí, nuestro primer presidente fue un militar.

¿INDEPENDENCIA PARA QUIÉN?
Como verán, nuestra “independencia” no significó ningún cambio importante para el Pueblo común y corriente. Los que se sentaron a gobernar eran los mismos que en el pasado rendían cuentas a los reyes de España. Para el trabajador, esclavo o inquilino del Chile del siglo XIX, el cantar un himno nuevo, ver flamear una bandera nueva y ver a nuevos gobernantes, fue lo mismo que siente un perro domesticado al cambiar de amo. Nuevo amo, la misma correa.

Tal es el nivel de inutilidad de esta “independencia” para al Pueblo, en el caso de Chile, que ni siquiera esta llamada independencia de 1818 acabó con la miserable práctica del latifundio por ejemplo, la cual fue abolida completamente recién durante el gobierno de Salvador Allende (1970-1973). Ahora bien, hay que aclarar sí, que esta tardía independencia y justicia duraría muy poco. Las tierras nuevamente fueron usurpadas por los “empresarios” (latifundistas del siglo XX) tras el saqueo llevado a cabo por la derecha empresarial y los militares durante la dictadura militar (1973-1990) y económica (1973-2015).

SIEMPRE SOMETIDOS
La independencia no llegó para el Pueblo en 1818 en Chile, y me atrevo a decir que, luego de más de 200 años, no ha llegado para muchos en Nuestra América. Y pienso que esto se debe a que aún no hemos peleado nuestras batallas, ni ganado nuestras guerras, sino que solo hemos sido la comparsa de triunfos ajenos y burgueses que nos disfrazan de victorias comunes, cuando en realidad, solo han sido victorias circunscritas a unos pocos: los que nos gobiernan.
Sin embargo, ha habido logros significativos para el Pueblo en algunas partes que encienden la esperanza, como por ejemplo los casos de: la cuba revolucionaria y la Venezuela socialista de los últimos 15 años. Ambos triunfos seguidos de cerca por la construcción de la Bolivia plurinacional de los últimos 10 años de Evo Morales y el Ecuador inclusivo de Rafael Correa.

EL CAMINO A SEGUIR
Algunos plantean que para lograr cambios en nuestros gobiernos a favor del Pueblo y conseguir una real independencia debemos hacerlo todo mediante la vía institucional, es decir, mediante votaciones, políticos, y de manera pacífica. Sin embargo, me pregunto, ¿qué provecho tiene el seguir confiando en instituciones que no han sido establecidas en consulta con el Pueblo?

El caso de Chile es patético, a nosotros nos sigue gobernando una constitución elaborada en dictadura, y por ende, cualquier esperanza de cambio, o de establecer derechos garantizados para todos, como lo serían por ejemplo: la educación, la salud y la vivienda garantizados, gratuitos y de calidad, dentro de este mismo marco que, además, ha sido establecido, escrito e impuesto por los mismos que nos han sometido por dos siglos: la burguesía. Hace que todo sea casi improbable, por no decir imposible.

NO SE PIDE PERMISO
La forma que tuvieron los burgueses de hacerse con los gobiernos en nuestro continente no fue mediante votaciones, no fue mediante enmiendas, no fue mediante solicitudes, no fue mediante campañas publicitarias, no fue mediante hashtags, ni conciertos por la paz, etc. Fue mediante las balas, la guerra, y la sangre. Entonces ¿por qué pretender que un Pueblo históricamente oprimido se comporte de manera “civilizada” a la hora de demandar cambios estructurales y refundar la nación? ¿Por qué pretender creer que mediante votaciones se pueden lograr cambios profundos? ¿Por qué creer en una democracia de cartón definida como tal por una sola clase social: la de los ricos?

Pienso que la victoria popular, inevitablemente y lamentablemente, solo se logrará mediante la toma de las armas, el derramamiento de sangre, y una lucha directa contra el enemigo y en pro de lo que creemos es lo correcto para establecer la justicia e igualdad de oportunidades a la que aspiramos como Pueblo.

Pienso que si los ricos invocan las armas, los ejércitos y el dinero para derrocar gobiernos populares como lo fuera el de Allende. Como lo hacen ahora para derrocar a Maduro en Venezuela, y todo en nombre de su “libertinaje económico” que llaman democracia: ¿por qué el Pueblo no puede hacer lo mismo para defender la soberanía popular y la libertad? ¿Por qué no hacemos lo mismo para lograr por fin nuestra propia victoria sobre la opresión?

¿Hasta cuando celebraremos días de la independencia burgueses? Es mi anhelo que algún día celebremos las revoluciones populares contra el capitalismo, la oligarquía y la injusticia.

Es mi anhelo que celebremos las revoluciones populares y no más falsos días de la independencia.
Para obtener justicia e igualdad no debemos pedir permiso, sino que actuar.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja Marzo 2015

Para más visite: Revista Pluma Roja

 


Ardió Troya, pero rápido se apagó :(

A comienzos del mes de enero hubo una noticia que “incendió” las redes “sociales” en Chile: La nueva ley de medios digitales. Y es que la nueva ley quedó en entredicho luego de que se planteara que, todos los usuarios de redes sociales que publicaran más de 4 veces a la semana serían considerados medios de información, y que por tanto, deberían someterse a una nueva legislación que los obligaría a inscribir sus redes en determinados organismos y pagar por su uso, entre otras estupideces.

Sin embargo, la noticia no cayó bien y el repudio general no se hizo esperar. Todo el mundo alzó la voz. Desde la chica que se saca selfies cuando hace ejercicios, el joven aquel que se fotografía con su vasito de Starbucks en todo sepia, e incluso aquel que publica cosas del tipo: Aquí saliendo…, aquí pensando…, aquí trabajando…, aquí mirando tele…, etc. Todos opinaron.

Y es que la polvareda digital levantada por la gente, y ese miedo a no poder decir y publicar todo lo que hace por temor a ser multado -de no cumplir las directrices de la nueva ley-, hicieron tanto ruido que desde el mismo parlamento, algunos “honorables”, tuvieron que salir a dar explicaciones y decir que la ley no era tan así; que se había malinterpretado, y blablaba.

Y bueno, sí, en parte los parlamentarios tenían razón, pero solo en parte. Pues claro, está bien que Chile sea el paraíso de lo irrisorio y ridículo en cuanto leyes se trata (pueden darte 8 años de cárcel por robar una gorra a un policía y quedar libre si atropellas a alguien) pero de ahí a creer que el estado, los tribunales, y la justicia se iban a dedicar a perseguir a cada angelito o angelita que publicara a cada minuto lo que hace o no en su vida en Facebook, Twitter o lo que sea, era francamente imposible. Por ende, los parlamentarios tenían razón, la nueva ley había sido malinterpretada, pero solo desde un punto de vista lógico, pues simplemente era inaplicable en un país con más de 15 millones de cuentas en redes
sociales, y que además, publican cosas más de 4 veces a la semana. Sin embargo, el proyecto de ley, tal cual se filtró, era así de imbécil, ridículo y cobarde. Por ende, el escándalo armado no era mera imaginación o “malinterpretación” de la gente y estaba lejos de ser un simple “error comunicacional”.

Ahora, usted se preguntará: ¿qué diablos pretendía esta nueva legislación?
Pues bien -según nos dicen los políticos- lo que querían con esta ley era regular (controlar) la situación de los medios y sus auspiciadores en Chile. Pues, actualmente, con tanto medio digital no regulado, era necesario –según ellos– establecer “reglas” claras entre auspiciadores y los dueños de los medios en casos de no cumplimento de
contratos,¿?. Es decir, –como todo en Chile S.A– la ley se plantea desde la lógica del comercio, del “pobre” empresario, y no desde las comunicaciones.

También decían que era una oportunidad para que los medios digitales recibieran dinero por concepto de publicidad estatal ¿?. Sin embargo, como medio digital que somos, desde acá decimos: no gracias, estamos bien aquí sin ustedes. Además, ¿con qué cara ofrecen plata con su inútil publicidad, si la mayoría de la publicidad estatal en Chile se la llevan los grandes consorcios radiales extranjeros y televisivos? Y en cuanto a prensa escrita, basta ver los kioscos, todos copados con diarios de COPESA y El Mercurio: diarios que, además, se llevan todo el dinero del avisaje estatal. Entonces, ¿de qué financiamiento nos hablan?

Proyecto censurador
Ahora bien, si este proyecto no se hubiera filtrado tal cual se supo, nuestros –no tan queridos– parlamentarios, hubiesen establecido un marco “legal” que les hubiese permitido perseguir –bajo la excusa de la legalidad, claro– cualquier cuenta en redes sociales de acuerdo a su antojo y arrojo. Y claro, no hay que ser Einstein para darse cuenta que las cuentas que habrían perseguido no iban a ser precisamente las de las chicas y sus selfies diarias, ni tampoco las fotos de perros o gatos subidos por los internautas. Las cuentan que hubiesen perseguido hubiesen sido todas aquellas críticas del gobierno, parlamento, justicia, policía, empresarios, etc. En definitiva, cuentas asociadas a personas descontentas con el sistema en su conjunto.

Sin embargo, como en este país olvidamos todo tan rápido, una vez “aclarado” que nadie tendría pagar por subir cosas, los internautas se olvidaron del asunto y siguieron en los suyo: salvando el mundo mediante “likes”.

Ahora bien, los medio digitales gratuitos y no lucrativos, como esta misma revista, deben permanecer en alerta. Pues como dije anteriormente, esta ley no se está diseñando para seguir y amedrentar a cualquier persona que tiene cuenta en alguna red social. Esta ley se está cocinando para perseguir y obligar a convertirse en medios con fines de lucro a cualquier medio digital gratuito que exista en la web en la actualidad. Y de paso, silenciar de manera “legal” a todos los que
critican de manera independiente al sistema.

Es por eso que es tan importante que medios como Pluma Roja, y otros tantos que proliferan y que publican a diario información en un país donde toda la prensa pertenece a una sola clase social: la clase alta, no sean obligados a convertirse en medios formales. Pues eso significaría volverse parte del sistema, tener que pagar por informar y existir, y por ende, haría inaccesible la información a quienes tienen sed de verdad e información útil pero que no tienen dinero para acceder a ella.

En definitiva, la nueva ley de medios digitales, es una ley que está cocinando a la medida de los de siempre: los dueños del capital y la producción. Una ley que quiere hacer desaparecer a toda la prensa alternativa y creciente, y que en la actualidad, realiza una labor más eficaz, a la hora de informar, que la realizada por los grandes medios y corporaciones.
Porque su mayor interés no es precisamente hacerse millonaria con la publicidad del gobierno, ni de los bancos, o alguna universidad privada. No, su mayor interés es informar y generar opinión en un pueblo que ha dejado de ser educado en las
escuelas para pasar a ser adoctrinado en las “artes” de la competencia, la deslealtad y el querer ser millonario, y todo esto orquestado, claro, desde los grandes medios de comunicación y el poder económico.

Por eso, desde acá decimos:

¡NO A LA NUEVA LEY DE MEDIOS DIGITALES! ¡NO A LA CENSURA!

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado en Revista Pluma Roja N°22 Febrero 2015

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No necesitamos parlamento

Desde hace tiempo que vengo pensando: ¿para qué diablos sirve el congreso o parlamento en un país donde los “representantes” no representan a los votantes, ni mucho menos a los que no votan? Sin embargo, cuando me doy cuenta que la democracia es tan falsa como la paloma de la paz o el fueguito de los juegos olímpicos, puedo entender, mas no compartir, que la existencia misma del parlamento se deba a que forma parte de un sistema mayor de mentiras que tiene como fundamento a la “democracia”, y que sostiene a esta, convenientemente, como EL único modo correcto de regular el comportamiento de los individuos en la sociedad.

Es decir, la existencia del parlamento, vendría siendo solo la fachada decorativa; un para rayos contra los “rebeldes”, que marcaría la diferencia, al menos en lo visible, entre una dictadura y una democracia. Y es que últimamente muchos dicen que la única diferencia entre un dictadura y una democracia sería la existencia o no de un parlamento, sin embargo, cuando ese parlamento, como en el caso de Chile, solo sirve a intereses económicos, elitistas y conservadores es más que válido preguntarse si ese manoseado concepto de democracia aplicaría en el caso chileno o no. Yo creo que no.

Claro, muchos dirán que el cuestionar la existencia del parlamento es una idea de carácter anarquista y por ende peligrosa, terrorista, etc. Sin embargo, pienso que para algo tenemos esa cosa llamada cerebro allá arriba en la cabeza, y es para razonar y cuestionar todo, sobre todo si un grupúsculo de personajes se va arrojar el derecho de decidir qué comemos o no, si tenemos educación gratuita o no, si debemos votar obligados o no. Pienso que lo mínimo que podemos hacer es cuestionarnos la real utilidad de un congreso, a lo menos, inútil en lo que a sus obligaciones respecta -velar por la ciudadanía-, sobre todo cuando su real capacidad de mejorar las condiciones de los ciudadanos en este país pareciera secuestrada en acuerdos espurios entre cuatro paredes por políticos y el mundo privado. lejos, justamente, de quienes dicen representar: la ciudadanía.

Por obligaciones del parlamento y los parlamentarios me refiero a su labor como generadores, correctores y promotores de leyes para todas y todos los ciudadanos. De más está decir que nada de estas cosas hacen, a lo más votan puras tonteras, como subirse el sueldo. Y si lo ponemos en términos empresariales –lenguaje que tanto les gusta– el parlamento debe ser uno de los organismos más ineficientes del estado, toda vez que, a lo más, aprueba dos o tres leyes por año, trabajan tres semanas al mes, y de esas semanas que trabajan, solo “trabajan” de martes a jueves. Un desperdicio de dinero con todas sus letras.

Hablo de esto porque muchos “demócratas” sostienen que no se puede hacer una Asamblea Constituyente, pues no podemos prescindir del parlamento mientras ésta se redacta. Sin embargo, esta afirmación parte de dos mentiras: Primero, nadie le está pidiendo permiso a la clase política para llevarla a cabo. Como chilenos nacidos en esta tierra y como ciudadanos, tenemos el derecho a autoconvocarnos. No necesitamos de su autorización para redactar y construir nuestro país. Segundo, SÍ podemos prescindir del parlamento. Como decía anteriormente, dada su ineficiencia habitual, la existencia o no de un parlamento en un país donde éste es solo decorativo, donde no se trabaja y solo se desperdician recursos NUESTROS, el funcionamiento o no de un edificio lleno de zánganos que no trabajan y usufructúan del Pueblo es algo de lo que podemos perfectamente prescindir y el mundo seguiría girando igual como lo viene haciendo desde hace miles de años.

Sin embargo, yo voy mucho más allá. Y no hablo de la inutilidad del parlamento como elemento del estado solo porque está lleno de chupasangres, y que por ende, se podría solucionar mediante el reemplazo de estos inútiles por otros más o menos inútiles que los anteriores. Yo hablo de establecer una nueva concepción del Poder Popular. ¡Al diablo con eso de la democracia como la pintan los pastores de la política! Hablo de establecer un sistema con injerencia directa del ciudadano, sin intermediarios. Un sistema en que las comunidades sean fuertes, propongan leyes locales y nacionales, y que todas ellas se decidan mediante plebiscito. Tan simple como eso. Todo el poder a las bases, al Pueblo, a la calle. Hablo de cerrar el parlamento.

La democracia, como sistema actual ha fracasado, pues ha convertido las elecciones en un juego de poderes, en la cual. la gente no decide lo que quiere para el país, solo elige quién quiere que le golpee con un diferente látigo durante el siguiente periodo presidencial o parlamentario.

La democracia ha fracasado, pues los “representantes” representan intereses burgueses y mercantiles, y no la decisión o voluntad del Pueblo. ¿Cuántas veces no ha escuchado a políticos decir: cuidado con escuchar a la calle”? Claro, ellos no nos quieren escuchar, pues nosotros no les financiamos campañas políticas, no les servimos cenas con lo más refinado de la cocina mundial. No, nosotros somos meros esclavos; máquinas de pagar impuestos que financian su lujosa vida.

La democracia ha fracasado, pues está más que claro que un estado que esta reducido a su mínima expresión, y que no tiene empresas estatales, que no es dueño de las carreteras, de las universidades, del agua, de la tierra, y del mar, no puede generar recursos. Entonces, uno válidamente se pregunta: ¿de dónde saca plata el estado para pagarle a los parlamentarios, ministros, jueces, presidentes, policías, ejércitos, si no vende ningún producto? Pues en el caso del parlamento, por ejemplo, no es que uno vaya allí y se encuentre con los parlamentarios vendiendo poleritas con su cara, o suvenires del parlamento para generar ingresos que paguen sus sueldos. ¡NO! El estado, y la santa trinidad de la democracia: el poder ejecutivo, judicial y legislativo, solo se sostienen con el constante saqueo a nuestros bolsillos mediante el pago de impuestos. La democracia es la ladrona más grande que pueda existir. Por eso los parlamentarios no pueden luchar contra la delincuencia, primero porque no quieren, y segundo, porque no pueden luchar contra ellos mismos.

Quizás, algunos pensaran que es demasiado extremista todo esto que menciono, pero lamentablemente es la verdad de las cosas en este país. En muchas otras partes del mundo los ciudadanos pagan impuestos, pero al menos tienen cosas que nosotros ni siquiera podemos soñar. Tiene educación gratuita, o casi gratuita. Acá no tenemos nada parecido. Tienen salud y hospitales de calidad, con todo lo que pagan en impuestos. Acá los hospitales públicos se caen a pedazos. Tienen escuelas públicas de lujo. Acá, las escuelas públicas están en ruinas. Y podría seguir, por ejemplo, pagamos por transitar por carreteras que pertenecen a empresas extranjeras. Pagamos por tomar agua de transnacionales. Nada es nuestro, nada nos pertenece.

Entonces, me pregunto: ¿debemos tener parlamento? Mi respuesta es obvia. No, debemos abolirlo, y junto con ello abolir la democracia como la conocemos y establecer un sistema de Poder Popular real.

¡Noticia de último minuto!

Los parlamentarios en Chile se subieron el sueldo en cerca de casi mil dólares más (ya ganaban al mes cerca de 33 mil dólares al mes, 15 millones de pesos, mientras el salario mínimo es de cerca de 450 dólares, 220 mil pesos.)

¿Debería indignarme? No. ¿Debería publicar un hashtag con la palabra sinvergüenzas? No. ¿Debería enojarme por las redes sociales? No. Simplemente esto confirma que nos gobiernan ladrones y nos controlan unos miserables, pero hablando y luchando por internet no lograremos nada.

Llegó la hora de:

¡CREAR, CREAR, PODER POPULAR!

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado para Revista Pluma Roja N°20, diciembre 2014.

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