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El triángulo de las lecturas

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Desde hace un tiempo que tramaba la idea de poder tener un sitio en el cual poder alojar todo aquello que se paseaba por los márgenes de la convencionalidad en lo artístico y que, muchas veces, era considerado incomprensible o extraño. Ese sitio, ahora tiene nombre y existe: eltriangulodelaslecturas.wordpress.com

En este sitio esperamos poder alojar lo más creativo, novedoso y psicódelico. La idea es compartir todo aquello alejado de los clásicos clichés de los que se habla habitualmente en la literatura o poesía, y llegar a lugares extraños de los cuales tal ves, no haya regreso.

Espero que puedan seguir este sitio, la idea es aportar cosas y miradas nuevas y que sea una verdadera nueva dimensión en contenidos.

Como nota personal, les comento que muchas veces leo cosas que me parecen geniales que hacen ustedes y que me gustaría compartir en El triángulo de las lecturas, es por eso que espero pueda contar con su permiso -cuando se los solicite- para compartir sus cosas en el triángulo, para así poder enriquecer esta nueva dimensión y hacerla más grande todavía.

¡Espero se animen y sigan este sitio!

eltriangulodelaslecturas.wordpress.com

Por Pablo Mirlo

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Me llamo Sam

¡Hola!

Bienvenido a mi casa. Primero le pediré que se quite los zapatos, pase por este escáner y me muestre su identificación. ¡Oh! No, no es nada personal. Lo hacemos por su seguridad. Es que anda mucha gente extraña por el barrio últimamente, y es mejor prevenir que curar, como dicen por ahí.

Bueno ¡Esta es mi casa! Hermosa ¿no cree?

Como usted ya sabrá, mi casa es la más segura del barrio. Y el barrio, el más seguro de toda la ciudad.

Pero usted se preguntará ¿cuál es el secreto? Pues déjeme que le cuente:

En esta casa y en cada casa, contamos un sistema de seguridad insuperable, compuesto de más de 20 cámaras de vigilancia que nos entregan todos los ángulos posibles de las casas por dentro, y por fiera, además de una panorámica de la calle completa. Todo lo que queramos ver ¡todo! Lo podemos ver y controlar al instante. ¡A mi esposa le encanta! Dice que siente más segura con este sistema. ¡Y es cierto! Con este sistema de vigilancia, no se pasa ni una mosca por nuestros lentes sin que la veamos. ¡Todo queda registrado! Esa es la razón principal de la prosperidad y felicidad en la que vivimos como barrio; la confianza absoluta que tenemos en este sistema.

Ahora bien, las cosas no siempre fueron tan plácidas como las ve ahora.

Cuando primero llegamos a este barrio, tuvimos que lidiar con una gente que poco y nada sabía de la civilización. ¡Era terrible! Es más, hacían fuego fuera de sus chozas. Mataban animales salvajes. No se vestían bien, etc. Así que nos tuvimos que proteger de ellos. Para eso creamos estos altos muros que rodean nuestra casa, para separarnos de ellos. Pero no fue suficiente. Esta gente insistía en querer ocupar esta tierra. Así que no nos quedó otra opción que denunciarlos a la justicia para que se hiciera cargo, y así fue. Ahora todos ellos están tras las rejas.

Ese momento fue clave. Allí supimos que vivir nuestro sueño de paz no sería fácil, y que solo los muros y la vigilancia, nos permitirían vivir tranquilos.

Sin embargo, pese a este triunfo inicial sobre el salvajismo del lugar, y la consecuente alegría obtenida, no queríamos que este goce fuera solo para nosotros; queríamos compartir esta paz con más gente. Fue así que decidimos invitar a otros amigos a ocupar la calle, y construir sus casas de acuerdo al modelo de la nuestra. Pues nuestro modelo era el único que ofrecía paz, seguridad y alegría efectiva. Sin embargo, esto tampoco fue sencillo, y también nos trajo algunos problemas.

Al comienzo, los que llegaron, lo hicieron en paz y felices, pero luego, las cosas cambiaron. Algunos querían pintar las casas de su propio color. Otros querían casas sin muros, y los comenzaron a derribar. ¡Mientras que otros no querían tener cámaras! ¡Siendo que sin ellas, no tenían ningún tipo de seguridad como la nuestra! Fueron momentos terribles.

Así que por su propio bien, tuvimos que aplicar una dolorosa medida. Tuvimos que identificar a quiénes eran los de las ideas contrarias a nuestro modelo, para así, deshacernos de ellos. Con la consecuente pena para nosotros de tener perder a quienes considerábamos nuestros amigos; con la tristeza de no comprender cómo personas podían rechazar un modelo de protección tan bueno, perfecto, y solo pensado para su propio bien.

Ahora bien, como imaginará, para deshacernos de ellos, no podíamos echarlos a la cárcel como a los incivilizados, pues estos, los de nuestra calle, eran como nosotros: mismo tono de piel, misma forma de hablar, mismas costumbres. No podíamos darles un tipo de trato cualquiera. Así que lo que hicimos fue lo siguiente:

A algunos los invitamos a salir de sus casas amablemente, para que no volver más. Les pagamos todo sí. Pasajes de avión, con destino a elección, etc. Sin embargo, pese a nuestra bondad, hubo algunos que lo rechazaron, pero igual se fueron. Lástima por ellos. Ellos se lo perdieron.

Hubo otro grupo que no quiso irse por ningún motivo. Y a estos, bueno, los dejamos quedarse, pero con una condición: en sus casas no solo tendrían nuestras cameras, sino que también nuestros micrófonos, y ante el primer atisbo de desobediencia que percibiéramos en contra de nuestro modelo, serían enviados a la cárcel. ¡Fue la solución perfecta!

¡No me mire con esa cara! Era la única opción. ¿Y es qué no le cansa a usted también saber que la gente no entienda las cosas que hace por ellas? ¿Más aun cuando son cosas buenas?

Fue así que con estas medidas logramos establecer la paz y la estabilidad en nuestra comunidad. Y hasta ahora nos ha ido bien. La gente se ve feliz en la calle, y al interior de sus casas, ja ja ja. ¡Lo tenemos todo bajo control!

Ese es un resumen, a grandes rasgos, de lo que somos en la actualidad. Un barrio próspero y feliz.

No sé usted, pero para mí, este es el modelo perfecto de convivencia. Incluso, pienso, seriamente, que debería ser extendido a toda la ciudad para acabar con la delincuencia, el desorden y el caos.

¿No cree?

Pero en fin…

A todo esto… ¡Qué falta de cortesía la mía! ¡No me he presentado! ¡Qué falta de respeto para con nuestro invitado!

Mi nombre es… Sam, pero los amigos me dicen Tío.

¿Cómo se llama usted? Ja ja ja. No se moleste, es un broma.

En esta casa sabemos exactamente cómo se llama, su edad, su peso, lugar de procedencia y hacia dónde va.

¡Seguridad! ¡Arreste a este espía!

Este tipo, no piensa como nosotros.

¡Háganlo desaparecer!

Junto con su identificación y su ropa.

Que no quede… NADA.

 Por Pablo Mirlo

 

Licencia Creative Commons
Me llamo Sam por Pablo Mirlo se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.


Recomendaciones

Quisiera dedicar esta entrada a dos blogueros que recién están partiendo en este mundillo virtual y que merecen que muchas personas más disfruten de sus contenidos originales. Primero, porque ambos son geniales. Segundo, porque a ambos los conozco en persona y han hecho mucho por mí.

Así que sin más preámbulo los invito a navegar por las palabras y sentimientos de: With a litle help  y Pensamientos Libres.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras, sin embargo, si esa imagen va acompañada de algunas palabras ¡Cuánto mejor!

Imagine, animales, fotos e historias, y personajes memorables como el Traidogo, ¿Qué más se puede pedir?

Pase por With a litle help 🙂

La introspección, la búsqueda interna, el análisis de las cosas, y una pluma reflexiva, es lo que encontrará de la mano de Pensamientos Libres. No dude en consultar las Cartas de Octavio, y déjese llevar por este personaje que de a poco va tejiendo momentos y pensamientos derramados en el papel.

Pase por Pensamientos Libres.

¡Visítenlos, síganlos, léanlos!

Se lo agradecerán

🙂


Debajo de la mesa * Pablo Mirlo

Todavía era de noche esa mañana. La lluvia era arrojada con furia contra la pequeña ventana. Del otro lado, con un tazón humeante en su mano izquierda, sentado en una silla y con los pies cruzados sobre una pequeña mesa, Juan. A penas había acabado de escribir una nota que dejaría pegada debajo de la mesa, cuando de pronto…

Una mano lo abraza por su izquierda, unos labios besan su mejilla derecha. Es la mujer que tanto amó. Sus ojos se dilatan, su corazón se dispara, pero respira profundo y espera lo que sabe. Y con total suavidad, la afilada hoja de una cuchilla, extensión no natural y traducción material de las intenciones de a quien tanto amara, se entierra en su espalda.

Cae y explota el tazón. Cae el hombre al lado de la mesa. Llueve con furia dentro y fuera de la casa. Llueven sus ojos con pena, su corazón en llamas y la herida en su espalda, de adentro hacia fuera.

Ella toma su dinero. Denuncia un asalto y homicidio. Debajo de la mesa, la nota y la verdad:

“Fue ella, ni asalto, ni homicidio: traición”.

Por Pablo Mirlo

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En carne propia * Pablo Mirlo

Cuando le diagnosticaron un cáncer terminal su vida cambió. Él sabía de qué se trataba todo. Había leído ya muchas historias de quienes padecen este terrible mal. Sin embargo, una cosa era saberlo en el papel, y otra, muy distinta, vivirlo en carne propia. Para esto último no estaba preparado: su ánimo se derrumbó.

Hombre orgulloso. Inquebrantable en cuanto a lo que él percibía como el honor y la dignidad, se negaba a pensar que tendría que pasar sus restantes días en hospitales; entre doctores y enfermeras. Esos nunca habían sido sus planes.

Fue así que ante este nuevo escenario, y hecho un manojo de miedos, dudas, e incertidumbre, caminó cabizbajo de vuelta a su hogar, pensando, meditando. En la calles ya se encendían los primeros faroles. Era mayo. Era jueves. Estaba nublado. En 4 horas más sería viernes.

Al llegar al hogar estaba su esposa. Ella le preguntó que cómo le había ido con el doctor. Él –de manera mecánica– respondió que todo había salido bien. Que no tenía nada. Ella –compañera de mil batallas– sin embargo, algo leyó en sus ojos caídos, mas prefirió no indagar más. Ya habría tiempo –pensó– ahora era hora de comer.

La cena transcurrió con normalidad. El hombre era un experto en separar sus palabras de lo emocional. Y por ende, entre chistes y risas, ocultó el miedo a eso desconocido que lo comía por dentro, al menos por un momento. Mas su esposa no era tan fácil de engañar.

La noche fue larga. No podía dormir. Mantuvo sus párpados cerrados, pero por dentro era un mar de reflexiones e ideas. Estaba despierto.

Hombre pobre. No nacido en cuna de oro. Siempre había dicho que cualquiera se convertía en “luchador” y “ejemplo” en estos tiempos, por el mero hecho de luchar contra el cáncer. Sin embargo –pensaba– nadie repara en que esos “luchadores”, solo son tales, pues tienen los medios económicos para hacerlo. Él no los tenía. Y por esos misterios de la vida, ahora el mismo se enfrentaba a la incómoda situación de tener que decidir qué tipo de “luchador” ser.

Pero en el fondo ya lo sabía. Descartó de plano ser uno de esos –según él– mal llamados héroes que criticaba. Era contrario a esa “valentía” auspiciada con dinero. Si vas a luchar contra una enfermedad, –decía– al menos que no te signifique el dar hasta el último de tus centavos. ¿Quedar vivo, para deberle de por vida a una banco lo pedido prestado? Ni pensarlo.

Criado con poco en cuanto a lo material, sabía exactamente lo significaba la lucha y la valentía pura como la definía él. Y esta valentía no tenía nada que ver con dinero, sino con saber las limitaciones y desafíos propios. Tenía que ver con saber vencer en un mundo exitista, en el cual, sino no haces lo que te dice, te considera un perdedor. Y él, no lo era. Ni lo tampoco lo sería ante este desafío.

El hombre que no necesitó nunca mucho para vivir. El niño que jugara con piedras el fútbol que tanto amó. El joven que fue a una escuela que se caía a pedazos. El obrero que trabajó toda su vida con un sueldo que a duras penas le alcanzaba para no pasar hambre mes a mes. Él, que había vivido así sus 45 años de vida, no estaba para hazañas.

¿Hacerse el valiente y luchar contra una enfermedad? Patrañas –pensaba–. Los pobres no nacimos para luchar contra lo que se sana con dinero. Los pobres no tenemos derecho a ser “valientes” en estos casos. Los pobres asumimos la realidad y punto. ¡Qué los ricos derroten el cáncer! ¡Qué los ricos derroten todo lo que necesiten derrotar con dinero! Los pobres solo esperamos pasar vivos de un invierno a otro. ¡Eso es ser valiente! –Decía– Nacer y cargar desde la cuna la cruz de la pobreza e incertidumbre, y no dejarse abatir por ella.

Don Antonio Torres, una semana después de estos acontecimientos, fue encontrado muerto. A su mujer solo le dejó una carta en la que le pedía que no lo juzgara. Sin embargo, la complicidad de ambos era tan profunda que no había espacio para sorpresas, perdones o explicaciones. Ella –conocedora de las profundidades de su corazón y mente–, lo sabía. Lo intuyó el día que le dijo que no se preocupara. Sin embargo, no lo juzgó. Lo comprendió. Ella, en el fondo, sabía que habría hecho lo mismo. Era casi un pacto sin palabras que los ataba.

Los pobres no tienen alternativas, solo enfrentan los días como sea que vengan. Y Don Antonio no era de los luchadores con dinero. Era de los que luchan solo cuando es justo hacerlo. Y, lamentablemente, en esta batalla, solo se permitían los que tenían a su disposición aquella droga que corroe y deforma: el dinero. Don Antonio, no lo tenía, pero era valiente. Y con valentía eligió irse, y no, el ser llevado lentamente. Así murió, o despertó a otra realidad, un nuevo héroe-obrero-pobre.

Por Pablo Mirlo

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Calle Los Carrera, La Serena, Chile.

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Cuentos del futuro N°3: La pacificación de La Dehesa

Dicen que en esta zona vivían salvajes socialistas, democratacristianos, un par de comunistas y obviamente muchos ultraderechistas. Cuando llegó la orden desde el Pueblo, de tener que domar a esos salvajes del barrio alto, hubo muchos que animados tomaron sus piedras y palos y partieron cerro arriba a cumplir lo decidido en las bases. El pueblo no tenía dudas que esta era la medida correcta, pues tenían claro que este grupo era una minoría, y que además, su pacificación, era imperativa si finalmente se pretendía hacer descansar la tierra de tanta inmobiliaria y campos de golf y a la vez, darle un respiro a ellos mismos después tantos años de sometimiento.

Los seres salvajes del barrio alto se espantaron cuando supieron la decisión del bajo pueblo, como ellos le llamaban, y rápidamente se parapetaron en sus fortalezas, y no dejaron salir a sus rubios y bellos hijos e hijas. Los que pudieron, en estampida corrieron al aeropuerto, muchos otros pidieron asilo en la embajada estadounidense, y otros tantos, arrancaron al sur profundo de Chile.

La pacificación estaba en marcha, ya nada lo podía detener. La correlación de fuerzas estaba a favor del Pueblo, el cual luego de un largo y durísimo proceso de reconocerse como tal, finalmente comprendió que los que le ponían la bota encima no representaban ni siquiera el 5% de la población chilena, por tanto, no había más nada que discutir, era tiempo de actuar.

Los más duros personajes de la clase dominadora usaron todos sus sistemas de comunicación para pedir ayuda al ejército, el cual respondió con gran ánimo y emoción, pues finalmente podrían utilizar sus más recientes armas de muerte adquiridas desde la corona británica. Los años de entrenamiento a los que habían sido sometidos sus generales en escuelas de matanza, tortura y control popular en EE.UU finalmente se pondrían a prueba, y es que desde el fin de la Dictadura de Pinochet muchos nostálgicos extrañaban el movilizarse sin patente por la ciudad, torturar, abusar de los pobres y las mujeres, y ese placer que les producía el olor a pólvora y de la carne humana chamuscada.

El pueblo por su parte estaba preparado para lo que vendría. Ya sabían lo que había sucedido durante 17 años en Chile, y ante toda la barbarie a la que se exponían, sin embargo, el miedo era algo que habían suprimido. En realidad, habían asimilado con una certeza inquebrantable que era o sus sueños, o vivir otro siglo más en un país ajeno y opresor. Los oprimidos de siempre habían comprendido que el miedo paraliza, y es por eso que lo habían exiliado de sus corazones y esta vez no se dejarían acribillar por nadie. Muchos socialistas alistaban sus maletas y ya planeaban autoexilios a Alemania. Otros tantos llamaban a sus compadres de la UDI y RN para pactar un acuerdo y evitar así una masacre, pero ya era tarde. La noche del 4 de septiembre de 2036 todos los barrios estaban sitiados, pero no por militares, sino que por El Pueblo.

En ciudades como La Serena, el sector de calle Cisternas hacia arriba y San Joaquín, se encontraba con gente en cada esquina armada de piedras y palos. Los hombres y mujeres se abrigaban en fogatas en el medio de la calle, mientras otros avivaban el fuego de cientos de barricadas. Lo mismo pasaba en el resto de las ciudades de Chile. Una densa capa de humo cubría las ciudades, y el sector de La Dehesa y Chicureo en Santiago no era la excepción.

Hasta ahora los militares no habían hecho su aparición. La tensión se respiraba en el aire. Los políticos que no pudieron escapar a ratos disparaban al aire desde sus patios para ahuyentar a la gente, pero no nada, la gente no se movería. Cuando ya iban a ser las 6 de la mañana llegaron rumores que los militares ya se estaban saliendo de sus cuarteles. La gente se preparó para lo peor. Se prepararon para hacerles frente y ya tenían barricadas en cada rincón de los barrios altos.

En La Dehesa finalmente hizo su aparición un tanque, seguido por una larga fila de camiones, la gente los esperó. Cuando los políticos se dieron cuenta que venían los militares empezaron a salir de sus casas cargados de ira y encaraban a la gente para que se preparase. ¡Los van a masacrar pobres de mierda! ¡Vuelvan a sus porquerías de casas! Gritaban.

Mas la gente no se inmutó.

Cuando la columna de tanques y camiones militares se detuvo ante los hombres, mujeres y niños armados de piedras, palos y fuego, un hombre que parecía ser el General Urrutia, aunque se veía más delgado, se dirigió a ellos.

–Compañeros y compañeras, en este preciso momento hemos dado la orden de que los militares de todos los cuarteles en Chile salgan a la calle y se enfrenten a ustedes–.

La gente se miraba confundida mientras oía esto.

–Soy Juan Cifuentes. Yo y cientos de soldados nos hemos tomado todas las guarniciones de Chile, y el General Urrutia en este momento se encuentra bajo arresto–.

Nosotros somos cientos de jóvenes que cansados de las masacres del ejército chileno en toda su historia contra su pueblo hemos decidido tomar el mando. Somos militantes de diferentes partidos y colectividades de izquierda que, sabiendo lo que se venía, hace un par de años decidimos que algunos de nosotros iban a infiltrar el ejército. Sabíamos que en una lucha frontal íbamos a perder, es por eso que solo mediante la conquista de las armas desde adentro ahora tenemos el control del ejército y queremos que sepan que como compañeros nos someteremos a lo que El Pueblo decida hacer.

En ese momento estalló el júbilo entre la gente. Los políticos y la clase alta no comprendían lo que pasaba, y algunos en desesperación, al ver que el ejército no disuadía a la gente dispararon contra la muchedumbre. ¡Mueran malditos rotos! Gritaron los salvajes políticos. Unos cuantos cayeron abatidos por las balas. Esto encendió los ánimos y en masa la muchedumbre se lanzó contra el autor del disparo, un viejo presidente del partido socialista cuando Bachelet era presidenta por segunda vez. Lo atraparon y lo llevaron ante todos, y ahí mismo lo ejecutaron.

El resto de los que yacían en sus casas se espantaron con le escena, e intentaron disparar más, pero esto vez, la gente abrió el camino, y los militares fueron los que avanzaron por las calles, por los campos de golf, por entre los jardines y tomaron a muchos de estos políticos detenidos y a otros tantos, que se rebelaron, no les quedó otra que dispararles. Esta vez no era la sangre del Pueblo la que correría por las calles, era la sucia sangre de los opresores.

Por radio llegaban las noticias que Iquique, Viña del Mar, Concepción, La Serena y muchas otras capitales regionales estaban en control del Pueblo. Era un día de alegría pura. Esa noche, la gente fue en masa a La Moneda, se tomaron sus balcones, y se celebró una gran fiesta. El ejército, y todas las fuerzas armadas estaban sujetos a las decisiones del Pueblo. La Dehesa y toda la oligarquía había sido pacificada y el ejército, domesticado.

Por Pablo Mirlo

*La Dehesa es uno de los barrios más acaudalados de Chile.

*El término “pacificación” ha sido utilizado de manera eufemística por muchos historiadores en Chile con el fin de ocultar lo que en realidad le hicieron al pueblo Mapuche a finales del sigle XIX, un genocidio. A este exterminio ellos lo han llamado de manera perversa, cruel, y totalmente ajena a la realidad “Pacificación de la Araucanía”.


Receta de otoño para los veranos * Pablo Mirlo

Era verano, y parecía que el diablo se había puesto justo a freír santos bajo mis pies, porque el calor era insoportable. En mi habitación, un par de moscas orbitaban de cerca una añeja telaraña colgante que presumía de variados insectos atrapados. Abajo, adosado a la vieja alfombra, yacía mi cuerpo, casi deshidratado. Eran las 10 de la mañana, y el resto del día no pintaba nada bien. Así que decidí abrir las ventanas y dejar entrar el viento, pero ni siquiera había viento. Bello día para despertar en la peor estación del año. Decidí darme una ducha helada, eso enfriaría mi cuerpo. Sin embargo, cuál no sería mi espanto cuando al abrir la llave ¡no salió nada de agua! Olvidé que interrumpirían el suministro de agua entre las 8 am y las 4 de la tarde. Así que me resigné, volví a la habitación y me acosté a esperar, y esperar, y esperar…

De repente, como en un sueño brumoso, me encontré con una hermosa mujer que me tomaba de la mano y me llevaba a un bosque. Podía sentir el aroma de la tierra húmeda, lo fresco de esos ríos de oxigeno por entre los senderos, y el crujir de las ramas bajo mis pies. En un instante, olvidé todo mi pasado y presente. La mujer me sentó junto a un río. Y una vez a mi lado, me pareció verla remojar algo de tipo vegetal en el agua, lo cual, posteriormente arrojó a un balde que me entregó junto a un papel con instrucciones. Luego, como si nada, me besó una mejilla y se esfumó. A partir de ahí, todo comenzó a retroceder. Caminé el mismo sendero, pisé las mismas ramas, respiré los mismos ríos de oxígeno y crucé la bruma de mi sueño y comencé a despertar, y despertar, y despertar…

 

Cuando desperté ya eran las 5 de la tarde. Tenía la boca y los ojos secos, mi piel se había vuelto una con la alfombra. Con gran esfuerzo me despegué, y cuando logré levantarme, miré a la esquina de mi cuarto. Al reposar allí mis ojos contemplé lo que parecía ser un balde, que juro no haber visto antes en mi vida, y a su lado, un papel con escritos. Me precipité en dirección de estos elementos, que por una extraña razón me llamaban de una manera casi magnética a prestarles atención. Un vez que miré dentro del balde, pude darme cuenta que no estaba vacío, en su interior habían ramas, hojas secas y un tipo de agua cristalina, como nunca antes había visto, como si fuera la de un río, ¡un río! ¡Como el de mi sueño! Ahora recuerdo. Entonces, el papel debe tener lo que me dejó escrito esa mujer en el bosque.

Al abrir el papel tuve dificultades para comprender lo escrito, pues el papel estaba algo húmedo aún, sin embargo, logré descifrar lo que decía. Era una receta. Decía: “Receta de otoño para los veranos” y abajo proseguía: “Esta receta es infalible para combatir el espantoso verano. Siga los siguientes pasos, y su vida volverá a ser como le gusta: fría, brumosa, otoñal,seca y mágica”. A continuación decía: “Añada cuatro hojas secas, 3 ramas de árbol caído y un litro de agua de río en una copa. Posteriormente, revuelva y diga tres veces seguidas: El otoño es mi aire, el otoño es mi respiración. Si repite los pasos tendrá asegurado un buen pasar durante cualquier verano”.

Preso de la curiosidad, y del inclemente calor, me dije: “qué más da, intentémoslo”.

Así que tomé una copa, deposité las hojas indicadas, las ramas y el agua que había en el balde y dije las palabras indicadas y esperé. Pero no pasó nada. Repetí el proceso, y nuevamente nada. Ya comenzaba a frustrarme cuando tomé nuevamente el papel de instrucciones y me di cuenta de algo que antes no había visto. Decía, justo al reverso del papel: “ahora beba el agua y recuéstese”.

Y eso hice, y de repente, todo se oscureció, el suelo desapareció y ahora estaba sobre tierra húmeda, al fondo, en la penumbra, podía distinguir lo que parecía ser la silueta de una mujer, pero no estaba seguro. Mi olfato, al menos, seguía intacto, pues podía sentir el aroma de un bosque en mi habitación. Ahora bien ¿estaba realmente en mi habitación? Eso estaba por verse.

 

Concepción, Chile

Cuando se disipó la oscuridad pude ver el mismo sendero que había visto antes en mi sueño. La silueta de la mujer era justamente eso, una mujer de espaldas, aunque ahora, su aspecto era más real. Sus cabellos eran largos y negros, le llegaban a la cintura, algo ondulados. No llevaba ropa alguna, o al menos, eso pensaba en ese momento. Su belleza, claramente excedía a todo lo visto antes por mis ojos, e incluso, me atraía de una manera enfermiza. Tanta era la atracción que de mis brazos salían unas especies de brazos transparentes que se extendían por metros hacia ella. Yo estaba espantado. No podía controlar lo que hacían estos brazos, que luego de alcanzarla la comenzaron a rodear, a acariciar, a jugar con su pelo, con sus formas femeninas, a explorarla, a lo que ella respondía simplemente rindiéndose. Yo no sabía qué hacer. Así que grite ¡basta! Y fue como si estos brazos transparentes volvieran a mi cuerpo de manera instantánea. Ella se giró, y como si en sus ojos alojara una playa de cristalinas aguas color turquesa fluorescente, me miró de arriba abajo y me exigió: dime tu nombre.

Yo, todavía asombrado por el color de sus ojos, no dije nada. –Dime tu nombre –me replicó–.

Me llamo… justo en ese momento me hizo callar. Silencio –me dijo–. Sígueme.

Y tomándome de la mano me llevó por un sendero que me parecía conocido. Claro, si era el de mi sueño. Rompía ramas bajo mis pies, sentía el oxígeno de los árboles en mi cara. Todo se repetía.

Entonces llegamos a un río y me pidió que me sentara. Mira –me dijo– necesito una cosa de ti, para así darte a ti lo que tú quieres de mí. ¿Lo que yo quiero de ti? –pensé–. Necesito de tu cuerpo, especialmente en verano, para poder producir suficientes hojas para cuando llegue el otoño. Mientras estés aquí podrás hacer lo que quieras mientras dure el verano, sin embargo, cada vez que termine el verano, tendrás que volver a tu vida normal, aunque diez años mayor. Lo que soñaste, lo induje yo en tu mente, es una especie de camino preparatorio para todos aquellos que aman más el otoño que el verano, y como tú estabas vulnerable esa mañana y todo sofocado por el calor, me pareciste la persona correcta.

¿Quieres decir que yo, de entre un montón de gente fui elegido por ti para…? –pregunté–.

Sí, lamento que sea así, pero te elegí para poder, en cierta manera procrear. En el bosque solían haber hombres dispuestos a tener este tipo de encuentros con nosotras, las nodrizas de las hojas de otoño, sin embargo, el atractivo de las ciudades, y la pérdida de la fe en la naturaleza a muchos los alejó, es por eso que se nos ha permitido ir a reclutar hombres como tú tan lejos en la ciudad.

No lo podía creer. Iba a ser reclutado, básicamente como método de reproducción de la naturaleza. Genial –pensé– además ella es preciosísima, y mis manos parecieran querer seguir el camino de mis extraños y hasta hace un rato, desconocidos brazos y manos transparentes.

Sin embargo, algo andaba mal. No podía ser todo tan color de rosas. Así que le pregunté:

–Entonces ¿cuál es truco de todo esto?

– ¿El truco? No hay truco –me dijo–.

–Ven. Y déjate llevar.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos me encontraba con ella. Su cuerpo era suave, como piel recién comprada. Sus cabellos eran juguetones entre mis dedos, y mis manos, mis manos, no daban abasto para recorrer tanta belleza. En sus ojos, una pléyade de constelaciones vibraba al ritmo de los dos. Sus labios besaban los míos como espuma a la orilla de la playa, con delicadeza y cariño. Nos encontrábamos y alejábamos, éramos música magistralmente ejecutada. Dos ensueños de amor en acción. Pero de pronto, todo llegó a su fin.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar de nuevo en mi habitación, con la ventana abierta, el balde cerca, y una copa en el suelo. Recuerdo haber ido al baño y mirarme al espejo, y en efecto, lucia más viejo. Cerré los ojos y ella apareció detrás de mí.

–Amor –me dijo entre susurro y gemido– quédate conmigo. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Me preparó una copa, me hizo pronunciar las palabras y me arrastró al bosque. Tuvimos amores embriagantes nuevamente, donde conocimos el sonido de los colores y otras cosas más . El verano fue derrotado. Ahora sembramos otoños entre amores con mi amor.

La habitación luce sola, aún hace calor, mas ya no estoy yo, otoño me llevó.

 

Por Pablo Mirlo

 

 

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Las viejas fotos

Los mayos de mi vida fueron los mejores meses que viví. El color de las hojas, la lluvia por las calles y las parejas abrazadas. Las seguía por las plazas, por las estaciones y cuando se tomaban de las manos las fotografiaba. Me dediqué por años a esta afición. Buscaba en ellos el amor tibio que bajo nubes alguna vez me acompañó. Sin embargo, ahora estoy viejo y ya no lo pude encontrar. Mis ganas se nublan como mi vista. Afuera junio reina. En mis fotos Santiago respira mayo, y mi amor… en algún lugar viviendo su eterno verano.

Por Pablo Mirlo

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Cuentos del futuro N° 2: Paso a la playa

Siempre pensé que el día que logrará tener mi refugio propio, vivir en un céntrico departamento y ver los primero pasos de mi hija, la vida tendría finalmente sentido. Me la pasé años esperando la estabilidad del alma que llega con la madurez, sin embargo, quizás la misma madurez me ha llevado a darme cuenta que los sueños son para los que gustan de la literatura, mas no para alguien como yo que se ha vuelto racional y desconfiado.

Ayer la Antonia se fue con su mamá a ver a su abuela al sur. No vol-verán hasta el próximo sábado, es decir, tengo 7 días de soledad absoluta. No recuerdo cuando fue la última vez que pasé tanto tiempo solo. Recuerdo que cuando niño lloraba cuando me quedaba dormido en la casa de mis abuelos y mis padres habían salido por un momento con mi hermano al centro y me dejaban ahí para no despertarme. Era el peor sentimiento sobre la tierra. Mirando hacia atrás, ahora ese tipo de dramas infantiles me parece tan insignificantes comparado con lo que ahora llena los rincones de mi corazón y mi mente.

Ya son las 2 de la mañana, sí salgo ahora debería llegar allá cerca de las 8 de la mañana. Tal vez debería esperar hasta mañana mejor, creo que eso haré.

En el departamento del frente hay una fiesta, pareciera que un montón de gallinas estuvieran poniendo huevos y que bestias gritarán en medio de luces de colores y humo, presumo de cigarro. Pisos más arriba se ven algunas ventanas con las luces encendidas, en otras se ven sus grandes televisores, en otras gente asomada por los balcones, quizás pensando lo mismo que yo, quien sabe. Me encanta mirar por la ventana tirado boca arriba en el living y ver todo al revés, fue una de las razones por las que elegí este departamento, pues el ventanal llega desde el suelo al techo. Cuando esta la Antonia lo mantenemos cerrado y con un montón de obstáculos para que ella no se asome, pero cuando no está, como ahora, es genial acostarse ahí, abrir la ventana y mirar.

Tal vez debería tomar algo, creo que un té estaría bien. Gracias al cielo dejé el de la mañana en el refrigerador. Me tomaré ese y me vendré a acostar acá a mirar nuevamente.

MMM, nada como un té helado. ¿Qué estaba pensando cuando pensé que la vida en algún momento sería distinta más adelante? Ha pasado tanto tiempo, y las cosas parecieran no cambiar. ¿Y si el estar acompañado solo ha sido una jaula que ha mantenido al verdadero yo protegido de si mismo todo este tiempo? Sabe genial el té helado. ¿Y si simplemente ya cumplí mi misión? La verdad no sé por qué siempre estas sombrías ideas han rondado mi mente, pero siempre he esperado mi fin de alguna u otra manera. He vivido en constante alerta esperando la tragedia y eso quizá me ha protegido de sufrir cuando la tragedia debería –según dicen– haberme conmovido, como cuando murió un viejo amigo mío él Pepe. No me conmoví ni por un segundo.

Las cosas siempre me han sido difíciles en lo emocional después de todo, no creo que ahora sea la excepción.

¿Qué debería hacer? Creo que ya decidí, mañana me iré a la playa, no sé qué estaba pensando cuando decidí alejarme de ella, bueno en realidad si sé, las motivaciones fueron esas banales que todos tienen, el dinero, el éxito, el “ser alguien” como di-cen, sin embargo, luego de todo este tiempo nada de eso me dio un buen dormir, ni un mañana por el que esperar ansioso, la verdad es que nada de lo que tengo en realidad me ha sabido dar lo que quería cuando niño, un sitio para mirar las estrellas y memorizar cada constelación, me la pasé tanto tiempo preparándome para ese día, que cada día dejé de vivir en el presente, y de repente me vi atrapado en fechas futuras más nunca en el pasado, que al final, solo visité.

Lo más probable es que la Cata y mi Antonia no me lo perdonen jamás, al menos la Antonia tendrá suficiente tiempo para asimilar el golpe, pues recién esta memorizando palabras, más la Cata, no sé cómo lo tome, quizás debí haber hecho todo lo posible para que me odiara antes de tomar esta decisión. Quizás debí haberla engañado, haberme comportado como un imbécil. Llegar tarde y borracho cada noche a la casa y haberla golpeado hasta el cansancio, como esos idiotas que de vez en cuando aparecen en las noticias, pero no, jamás podría hacerle daño en ninguna manera posible, al menos de manera directa, sin embargo, ahora que lo pienso, lo que haré puede ser igual de terrible, pero al menos lo superará y no será parte de la crónicas rojas ¿no?

***

¡Qué dolor de cabeza! Me quedé dormido con la ventana abierta. ¿Qué hora es? Ya son las 9. Y la Cata no ha llamado, todavía no deben llegar a Santa Bárbara. Creo que si salgo de acá a las 12 debería estar por allá a las 6 de la tarde, y como se oscurece temprano, demás que a las siete ya estará oscuro cuando llegue.

Me encanta caminar por la casa y no escuchar nada, ni la tele, la radio, o alguna máquina sonando, es el ruido de la soledad el que copa mis oídos cuando la música no es lo que elijo para volar de esta realidad. Tomaré algo de desayuno, me pondré mi traje gris cual gánster de los años 30 y me iré a la playa, es la mejor decisión que podría haber tomado.

Me siento tan libre, me siento tan solo, me siento tan realizado, me siento tan malvado. Me odiarán por esto, o me amarán. La verdad me importa bien poco, pues mis críticos siempre encontraron un pero en todo lo que hice:”que su último libro apestó” “que su pluma perdió frescura” “que es la expresión decadente de la literatura nacional”. En fin, me importa un verdadero bledo lo que digan. Al fin y al cabo, lo que he conseguido para mi familia no salió de sus bolsillos, sino que de los que me leían.

Bueno, ya es hora, vamos a ver que se teje en el litoral nortino, mi tierra, mi pasado.
No hay nada mejor que manejar a esta hora, la carretera se ve en su máxima extensión, la salida de la Santiago se hace expedita mientras sorteo camiones y buses en mi camino, ya nada me ata a nada. El sol brilla en lo alto, llevo a un extraño que me topé en el camino, me dice que va a Tongoy, le digo que yo lo llevo. Al parecer no me reconoce, pero qué importa, ¿acaso yo conozco la cara de todos mis escritores favoritos? Pues no, porque no tengo escritores favoritos.
El hombre me comenta que va a Tongoy a ver a su madre que está muy enferma y que puede que no le quede mucho de vida. Le escucho con atención y le doy mi más sincero ánimo, y le deseo lo mejor para él y para ella. Me dice que su madre tiene 102 años, pero que ha vivido una vida plena, tiene 40 nietos y montón de bisnietos, y que él fue el único que no le dio un nie-to, y que eso siempre le ha atormentado. Le digo que en realidad no se preocupe, que a veces lo único que quiere una madre es que un hijo no la olvide, y di en el clavo, pues cuando le pregunté si habían más de sus hermanos que la visitarían el amigo se deshizo en epítetos de grueso calibre para decirme que solo él la seguía visitando. Ve amigo –le dije– usted vale más que una descendencia completa, donde sea que ella se vaya siempre lo cuidará.

Al final nos detuvimos en la carretera a la altura de Tongoy, el amigo se bajó y siguió su camino. Yo aceleré y me perdí dentro de la niebla que a estas alturas parecía haber derrotado al otrora sol del inicio de mi viaje.

Dentro de mí no podía pensar en otra cosa que no fuera llegar a la playa, ya no me faltaba mucho, luego de pasar Coquimbo, ahora ya me adentraba en terreno familiar. A mi izquierda el mar, a la derecha esas casas carísimas asentadas en esas graderías que parecieran ser las mesetas de La Serena de este a oeste. Recuerda, no te arrepientas.

***

Me adentro por un largo zigzag de tierra hasta llegar a la playa, hace minutos dejé la ruta 5. Acá pareciera más que neblina haber llovizna. Me recuerda mis mañanas en la escuela, corriendo en los recreos bajo la llovizna creyéndome el niño más veloz de toda la escuela, lo cual obviamente me costó un montón de rodillas peladas y pantalones rotos. Eran bonitos esos días, esos mismos días en los que soñaba tener justamente todo aquello que hoy tengo pero que no me significan nada. Suena el teléfono, ¿debería contestar? Es la Cata, ¿Qué le digo? ¿Aló? Hola. Bien y ¿tú? Qué bueno ¿Y la Antonia? Jajaja, que linda, dile que la quiero mucho. Estoy acá en la casa. Sí, si ya saqué la basura amor. Mándale saludos a tu mami, nos vemos, te amo, chao.
Ay Cata, como te voy a extrañar. Me pregunto cuál es el valor de la existencia de un ser humano para el resto si para el mismo no vale nada. El mar ruge como un demonio al frente mío, creo que saldré un rato del auto. Mis mejillas inmediatamente se congelan, mi nariz se humedece por dentro y mis manos también. Tanto tiempo sin sentir este abrazo de la bruma. Sin darme cuenta me entregué a la sequedad del ambiente, traicioné al mar cuando me fui en busca del éxito, cuando el éxito era levantarse cada maña-na y encontrarme con el mar cara a cara. Vida era regular mis sueños al ritmo de las olas rompiendo a lo lejos pero penetrando cada átomo, cada célula y cada centímetro de mi cerebro. Vida era pasar de ese frio que te encoje como niño en posición fetal en invierno a abrir cada ventana y puerta, y aún así, querer sacarse la piel para sentirse un poco más fresco en verano. ¿En qué mo-mento me puse tan exigente y me conseguí una casa con calefactor y aire acondicionado?

Solo un paso más y ya nada será igual, solo un paso más y la libertad llegará otra vez.
Pobre hombre el que llevé a Tongoy, pensar que lo único que le quedaba en esta vida era su madre y ahora ella está por partir. Como me gustaría cambiarle lo que me queda de vida a ella con tal de que sigan juntos, sin embargo aquí estoy nuevamente, anhelando lo imposible y rogando por milagros.

Ya se está anocheciendo, creo que es hora. Será la muerte que siempre soñé. Al lado del mar, al ritmo de las olas, cubierto de humedad y dentro de este auto, que al menos evitará que me devoren los cuervos, jajaja, ni que hubieran cuervos aquí, al menos evitará que el chupacabras o algo así me deje seco de sangre, porque de vida y ganas ya lo estoy.

Saco el arma que compré cuando andaban rumores que querían matarme por haber publicado ese libro respecto a ese intendente que había matado a un periodista en Temuco y que nadie sabía. Al menos ahora el arma tendrá un uso.

Solo tiene una bala, y brilla como el anillo de matrimonio que me puso la Cata cuando nos casamos, brilla como la desdicha en el gozo, y la esperanza en el pobre.

¡Bang!

Todo se oscurece, me arrastro vertiginosamente por un tubo, no sé si subo o bajo, veo todos los recuerdos de mi vida en un segundo. Sobrevuelo la escena del crimen, el humo sale por la sien izquierda, y la sangre baña parte de lo que quedó del vidrio. Soy arrebatado hacia a ninguna parte, me envuelve un torbellino, oscuridad, sombras largas, llantos macabros, me pierdo, me llevan, me muero, he muerto.

Por Pablo Mirlo

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Cuentos del futuro N°1: “El misterio de la nave 212”

Estaba sentado como cada tarde mirando por la ventana a los gatos jugar. Me reía de cómo perseguían con su patas las hojas secas de los árboles y saltaban de un lado a otro bajo la lluvia. Era primera vez que llovía en 3 años, y estos gatos solo tenían un año de vida. Nunca habían visto llover. Estaba en eso cuando mi nieta llegó y sacándose un dispositivo de los ojos con entusiasmo me dijo:

¡Abuelo, abuelo! ¿Es cierto que antes existía una isla llama-da Juan Fernández donde ahora hay mar?
–Si –le respondí– ¿Por qué?
–Es que quiero saber la historia de la nave militar que se cayó ahí. Anda, cuéntamela, ¿ya?
Mmm. Déjame recordar. ¡Ah sí!, ya recuerdo. ¿La historia donde murió ese reconocido animador de tv? Si, si… ¿cómo se llamaba? ¿Felipe?, si, creo que se llamaba Felipe. Bueno, pues siéntate, desconecta tu cerebro de las notificaciones de tus amigos y escucha, porque para esto se requiere una mente y corazón atentos.

Corría el año 3011. Nuestro país estaba al borde de la revolución. La gente estaba ya cansada de tantos abusos y ya no aceptaba la construcción de centrales nucleares de manera tan fácil como en el pasado.
¿En ese tiempo todavía se hacían centrales nucleares? –Me preguntó mi nieta– Si hijita, le respondí. El hombre y su codicia solo se cansa de hacer daño a la naturaleza cuando ya no queda le queda nada más que explotar. Y en ese tiempo todavía se hacían centrales nucleares, pero eso es otro tema.

El asunto es que el país estaba al borde de la revolución. Como te decía, la gente estaba cansada de los abusos, y tanto los ambientalistas en principio, y luego los estudiantes universitarios, lograron poner en serios problemas al régimen fascista de la época.
Los estudiantes universitarios comenzaron a marchar por las grandes alamedas. Primero eran unos miles, luego decenas de miles, luego todo el país estaba con ellos: trabajadores, padres y madres, profesores, y todos los pobres de esta nación. Obviamente, al gobierno de turno esto no le gustó lo que pasaba y reprimió de manera violenta cualquier acto público masivo, encarceló a estudiantes y a no pocos los torturó en sus infames cuárteles.

El país claramente vivía una época hermosa. Se estaba derrumbando el modelo de abuso impuesto por los que manejan el poder y el pueblo al fin despertaba de un largo tiempo dormido. Pero como te imaginaras, esas cosas no le gustan a los que quieren mantener a la gente oprimida y fue en ese contexto, cuando todo un país estaba en sintonía con las demandas estudiantiles y las demandas ambientales que un animador de televisión tuvo la osadía de desafiar a un ministro de estado de la época.

– ¿Qué fue lo que le dijo abuelo y qué tiene que ver esto con la nave que se cayó en la isla?

Eso te iba a contar. El asunto es que este animador, en una entrevista que le hizo al ministro del interior de la época, se le ocurrió pedirle al aire que por favor detuvieran la construcción de una nueva central nuclear en una zona de reserva natural del norte del país, pues esto ponía en serio riesgo el entorno, naturaleza y fauna, sin mencionar los riesgos para la salud de la gente del lugar.

La situación puso –como imaginarás– bastante incómodo al ministro, el cual solo atinó a responder con evasivas. Sin embargo, dentro del corazón del ministro, el animador había firmado su sentencia de muerte, pues nadie podía ser capaz siquiera de contradecirle a él y su gobierno. Pues todo aquel que osara oponérseles pasaba a una secreta lista negra. Y el animador, quedó marcado como uno más de sus enemigos.

Piensa hijita que los estudiantes llevaban meses marchando por educación gratuita, con universidades tomadas y el debate extendido en todo el territorio nacional e internacional, y que pese a todo eso, el gobierno jamás había dado su brazo a torcer, y menos lo haría ante un simple animador. Y así avanzaron los meses desde este suceso.

¿Qué fue lo que hicieron entonces abuelo?

Pues bien, como el gobierno había apostado al desgaste del movimiento, y al ver que tras 5 meses estos seguían tan fuertes como al principio ideó una manera de poder desviar la atención del pueblo e imponer un shock generalizado para desarticular al pueblo y sus sueños.

¿Qué es eso del shock?

Mira, te explico. Mediante una noticia que fuese tan grande como las demandas estudiantiles ellos buscaban volver a la gente sensible y vulnerable, y que se olvidara por un tiempo de marchar, pues había otras cosas más dolorosas que resolver primero. Entonces lo que hicieron fue lo siguiente.
Durante la primera semana de septiembre del 3011 iban a suceder varios hechos importantes para el pueblo. El domingo de septiembre se iba a realizar un nuevo funeral para quien fuese el más importante y querido presidente de la república: don Salvador, quien fuese asesinado tras un violento ataque a la casa de gobierno el año 2973. Pues bien, el gobierno a sabiendas de la situación actual del país; el cual seriamente estaba en vías de una revolución, como no se había visto en 4 décadas, entró en pánico. Sabía que ese funeral iba a ser multitudinario, y que quizás, millones llegarían al lugar para recordar su obra, lo cual le daría nuevos aires al movimiento social, el cual unido bajo las banderas del presidente mártir podría entrar en una fase aún más dura y decidida en cuanto a sus aspiraciones.
Pues bien, el gobierno debía detener eso a toda costa. Y fue así, que en una decisión fugaz decidieron matar dos pájaros de un tiro, en realidad 4. Asesinarían a aquel animador que oso desafiarlos, el pueblo entraría en shock ante lo trágico de su muerte, el movimiento social se estancaría pues nadie querría seguir marchando mientras miles lloraban y el foco de atención del funeral del presidente mártir quedaría en segundo plano, evitando así la unión del pueblo ante su figura.

–Pero abuelo ¿Y la nave, la isla?
–Sí, espera, ahora te cuento.

Para poner en marcha este plan de necesitaban que la muerte del animador pareciera un accidente y no un asesinato. Fue por ello que aprovecharon que este animador, junto con otras personas tenía que realizar un viaje a la isla de Juan Fernández –pues eran parte de un proyecto de recons-trucción en ese lugar– para realizar su macabro crimen.

El viaje a la isla no había estado exento de complicaciones. Ya había sido pospuesto varias veces por la fuerza área, que era quién los transportaba. Extrañamente, luego de mucho tiempo de espera, se les dio permiso para volar recién el 2 de septiembre y solo con un par de días de anticipación, ante lo cual no les quedó otra alternativa al animador y sus compañeros que ir, pues desde hace varias semanas que habían enviado la solicitud a las fuerzas armadas y esta era la gran oportunidad para viajar.

Pues bien, una vez que el gobierno supo del viaje dieron la macabra orden: “esa nave no debe aterrizar en la isla”. Fue así que hicieron todo lo que técnicamente era impensable en la época para que la preparación del vuelo fuese lo más precaria posible. Por ejemplo, se encargaron de llenar la nave con la cantidad de combustible justa para llegar al lugar, mas no para sobrevolar. Les dieron permiso para volar, pese a que las condiciones del tiempo no eran óptimas, se encargaron de facilitarles la nave más antigua de la flota, y planificaron todo para que pudiese aterrizar apenas al primer intento, en un lugar donde era sabido, que por lo general tomaba más de un intento aterrizar cuando las condiciones de tiempo no eran las mejores.

¿Cuál fue el resultado?
21 personas murieron, la nave se hizo añicos en el mar, jamás se pudieron encontrar los cuerpos completos y la tragedia fue utilizada mediáticamente para generar pena y shock en la población. Los diarios hablaban al respecto, la televisión, internet, la radio, todos estaban impactados. El plan macabro del gobierno había resultado a las mil maravillas. El asunto se presentó como una accidente, y de repente, un país que estaba en camino a la revolución, quedó de rodillas y dividido. Pues nadie se atrevió a seguir en sus posturas rígidas ante la tragedia. El funeral del presidente mártir terminó siendo un evento íntimo solo para familiares y amigos, totalmente alejado de lo que se esperaba: un multitudinario evento.

Un par de semanas después, los estudiantes se sentaron a dialogar con el gobierno, y como te imaginarás, no quedaron en nada, han pasado 60 años y tú, aún en estos días, tendrás que endeudarte para estudiar. Un par de meses después la revolución había sido reducida a su mínima expresión, se dejó de marchar, los paros se levantaron, los estudiantes volvieron a las aulas.

Unos años después, los que antes marchaban ahora ocupaban puestos en el congreso, se habían vendido por nada, por un sueldo de rey tras marchar con la plebe. Usaron a la gente, se vistieron de sus dramas y sueños para poder robar cámara y atención para sus respectivas colectividades dándole la espalda al pobre y al necesitado.

–Ahora entiendo abuelito. Que mala fue esa gente.
–Así es nietecita. Eso fue lo que pasó en esa isla. Y en el fondo, en esa nave no solo mataron a un animador, sino que echaron abajo una revolución, los sueños, las esperanzas, al pueblo entero. En ese momento, todos nosotros fuimos destruidos.

Ahora depende de ti y de tus amiguitos que se alce de nuevo esta gente; ahora depende de ti que dejemos de ser consumidores y seamos por fin ciudadanos, compañeros y hermanos. A mí ya no me queda mucho, pero en ti esta la oportunidad de por fin entregarles a los pobres la vida que se merecen. El pueblo los necesita.

Por Pablo Mirlo

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