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Me llamo Sam

¡Hola!

Bienvenido a mi casa. Primero le pediré que se quite los zapatos, pase por este escáner y me muestre su identificación. ¡Oh! No, no es nada personal. Lo hacemos por su seguridad. Es que anda mucha gente extraña por el barrio últimamente, y es mejor prevenir que curar, como dicen por ahí.

Bueno ¡Esta es mi casa! Hermosa ¿no cree?

Como usted ya sabrá, mi casa es la más segura del barrio. Y el barrio, el más seguro de toda la ciudad.

Pero usted se preguntará ¿cuál es el secreto? Pues déjeme que le cuente:

En esta casa y en cada casa, contamos un sistema de seguridad insuperable, compuesto de más de 20 cámaras de vigilancia que nos entregan todos los ángulos posibles de las casas por dentro, y por fiera, además de una panorámica de la calle completa. Todo lo que queramos ver ¡todo! Lo podemos ver y controlar al instante. ¡A mi esposa le encanta! Dice que siente más segura con este sistema. ¡Y es cierto! Con este sistema de vigilancia, no se pasa ni una mosca por nuestros lentes sin que la veamos. ¡Todo queda registrado! Esa es la razón principal de la prosperidad y felicidad en la que vivimos como barrio; la confianza absoluta que tenemos en este sistema.

Ahora bien, las cosas no siempre fueron tan plácidas como las ve ahora.

Cuando primero llegamos a este barrio, tuvimos que lidiar con una gente que poco y nada sabía de la civilización. ¡Era terrible! Es más, hacían fuego fuera de sus chozas. Mataban animales salvajes. No se vestían bien, etc. Así que nos tuvimos que proteger de ellos. Para eso creamos estos altos muros que rodean nuestra casa, para separarnos de ellos. Pero no fue suficiente. Esta gente insistía en querer ocupar esta tierra. Así que no nos quedó otra opción que denunciarlos a la justicia para que se hiciera cargo, y así fue. Ahora todos ellos están tras las rejas.

Ese momento fue clave. Allí supimos que vivir nuestro sueño de paz no sería fácil, y que solo los muros y la vigilancia, nos permitirían vivir tranquilos.

Sin embargo, pese a este triunfo inicial sobre el salvajismo del lugar, y la consecuente alegría obtenida, no queríamos que este goce fuera solo para nosotros; queríamos compartir esta paz con más gente. Fue así que decidimos invitar a otros amigos a ocupar la calle, y construir sus casas de acuerdo al modelo de la nuestra. Pues nuestro modelo era el único que ofrecía paz, seguridad y alegría efectiva. Sin embargo, esto tampoco fue sencillo, y también nos trajo algunos problemas.

Al comienzo, los que llegaron, lo hicieron en paz y felices, pero luego, las cosas cambiaron. Algunos querían pintar las casas de su propio color. Otros querían casas sin muros, y los comenzaron a derribar. ¡Mientras que otros no querían tener cámaras! ¡Siendo que sin ellas, no tenían ningún tipo de seguridad como la nuestra! Fueron momentos terribles.

Así que por su propio bien, tuvimos que aplicar una dolorosa medida. Tuvimos que identificar a quiénes eran los de las ideas contrarias a nuestro modelo, para así, deshacernos de ellos. Con la consecuente pena para nosotros de tener perder a quienes considerábamos nuestros amigos; con la tristeza de no comprender cómo personas podían rechazar un modelo de protección tan bueno, perfecto, y solo pensado para su propio bien.

Ahora bien, como imaginará, para deshacernos de ellos, no podíamos echarlos a la cárcel como a los incivilizados, pues estos, los de nuestra calle, eran como nosotros: mismo tono de piel, misma forma de hablar, mismas costumbres. No podíamos darles un tipo de trato cualquiera. Así que lo que hicimos fue lo siguiente:

A algunos los invitamos a salir de sus casas amablemente, para que no volver más. Les pagamos todo sí. Pasajes de avión, con destino a elección, etc. Sin embargo, pese a nuestra bondad, hubo algunos que lo rechazaron, pero igual se fueron. Lástima por ellos. Ellos se lo perdieron.

Hubo otro grupo que no quiso irse por ningún motivo. Y a estos, bueno, los dejamos quedarse, pero con una condición: en sus casas no solo tendrían nuestras cameras, sino que también nuestros micrófonos, y ante el primer atisbo de desobediencia que percibiéramos en contra de nuestro modelo, serían enviados a la cárcel. ¡Fue la solución perfecta!

¡No me mire con esa cara! Era la única opción. ¿Y es qué no le cansa a usted también saber que la gente no entienda las cosas que hace por ellas? ¿Más aun cuando son cosas buenas?

Fue así que con estas medidas logramos establecer la paz y la estabilidad en nuestra comunidad. Y hasta ahora nos ha ido bien. La gente se ve feliz en la calle, y al interior de sus casas, ja ja ja. ¡Lo tenemos todo bajo control!

Ese es un resumen, a grandes rasgos, de lo que somos en la actualidad. Un barrio próspero y feliz.

No sé usted, pero para mí, este es el modelo perfecto de convivencia. Incluso, pienso, seriamente, que debería ser extendido a toda la ciudad para acabar con la delincuencia, el desorden y el caos.

¿No cree?

Pero en fin…

A todo esto… ¡Qué falta de cortesía la mía! ¡No me he presentado! ¡Qué falta de respeto para con nuestro invitado!

Mi nombre es… Sam, pero los amigos me dicen Tío.

¿Cómo se llama usted? Ja ja ja. No se moleste, es un broma.

En esta casa sabemos exactamente cómo se llama, su edad, su peso, lugar de procedencia y hacia dónde va.

¡Seguridad! ¡Arreste a este espía!

Este tipo, no piensa como nosotros.

¡Háganlo desaparecer!

Junto con su identificación y su ropa.

Que no quede… NADA.

 Por Pablo Mirlo

 

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Me llamo Sam por Pablo Mirlo se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivar 4.0 Internacional.


Debajo de la mesa * Pablo Mirlo

Todavía era de noche esa mañana. La lluvia era arrojada con furia contra la pequeña ventana. Del otro lado, con un tazón humeante en su mano izquierda, sentado en una silla y con los pies cruzados sobre una pequeña mesa, Juan. A penas había acabado de escribir una nota que dejaría pegada debajo de la mesa, cuando de pronto…

Una mano lo abraza por su izquierda, unos labios besan su mejilla derecha. Es la mujer que tanto amó. Sus ojos se dilatan, su corazón se dispara, pero respira profundo y espera lo que sabe. Y con total suavidad, la afilada hoja de una cuchilla, extensión no natural y traducción material de las intenciones de a quien tanto amara, se entierra en su espalda.

Cae y explota el tazón. Cae el hombre al lado de la mesa. Llueve con furia dentro y fuera de la casa. Llueven sus ojos con pena, su corazón en llamas y la herida en su espalda, de adentro hacia fuera.

Ella toma su dinero. Denuncia un asalto y homicidio. Debajo de la mesa, la nota y la verdad:

“Fue ella, ni asalto, ni homicidio: traición”.

Por Pablo Mirlo

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En carne propia * Pablo Mirlo

Cuando le diagnosticaron un cáncer terminal su vida cambió. Él sabía de qué se trataba todo. Había leído ya muchas historias de quienes padecen este terrible mal. Sin embargo, una cosa era saberlo en el papel, y otra, muy distinta, vivirlo en carne propia. Para esto último no estaba preparado: su ánimo se derrumbó.

Hombre orgulloso. Inquebrantable en cuanto a lo que él percibía como el honor y la dignidad, se negaba a pensar que tendría que pasar sus restantes días en hospitales; entre doctores y enfermeras. Esos nunca habían sido sus planes.

Fue así que ante este nuevo escenario, y hecho un manojo de miedos, dudas, e incertidumbre, caminó cabizbajo de vuelta a su hogar, pensando, meditando. En la calles ya se encendían los primeros faroles. Era mayo. Era jueves. Estaba nublado. En 4 horas más sería viernes.

Al llegar al hogar estaba su esposa. Ella le preguntó que cómo le había ido con el doctor. Él –de manera mecánica– respondió que todo había salido bien. Que no tenía nada. Ella –compañera de mil batallas– sin embargo, algo leyó en sus ojos caídos, mas prefirió no indagar más. Ya habría tiempo –pensó– ahora era hora de comer.

La cena transcurrió con normalidad. El hombre era un experto en separar sus palabras de lo emocional. Y por ende, entre chistes y risas, ocultó el miedo a eso desconocido que lo comía por dentro, al menos por un momento. Mas su esposa no era tan fácil de engañar.

La noche fue larga. No podía dormir. Mantuvo sus párpados cerrados, pero por dentro era un mar de reflexiones e ideas. Estaba despierto.

Hombre pobre. No nacido en cuna de oro. Siempre había dicho que cualquiera se convertía en “luchador” y “ejemplo” en estos tiempos, por el mero hecho de luchar contra el cáncer. Sin embargo –pensaba– nadie repara en que esos “luchadores”, solo son tales, pues tienen los medios económicos para hacerlo. Él no los tenía. Y por esos misterios de la vida, ahora el mismo se enfrentaba a la incómoda situación de tener que decidir qué tipo de “luchador” ser.

Pero en el fondo ya lo sabía. Descartó de plano ser uno de esos –según él– mal llamados héroes que criticaba. Era contrario a esa “valentía” auspiciada con dinero. Si vas a luchar contra una enfermedad, –decía– al menos que no te signifique el dar hasta el último de tus centavos. ¿Quedar vivo, para deberle de por vida a una banco lo pedido prestado? Ni pensarlo.

Criado con poco en cuanto a lo material, sabía exactamente lo significaba la lucha y la valentía pura como la definía él. Y esta valentía no tenía nada que ver con dinero, sino con saber las limitaciones y desafíos propios. Tenía que ver con saber vencer en un mundo exitista, en el cual, sino no haces lo que te dice, te considera un perdedor. Y él, no lo era. Ni lo tampoco lo sería ante este desafío.

El hombre que no necesitó nunca mucho para vivir. El niño que jugara con piedras el fútbol que tanto amó. El joven que fue a una escuela que se caía a pedazos. El obrero que trabajó toda su vida con un sueldo que a duras penas le alcanzaba para no pasar hambre mes a mes. Él, que había vivido así sus 45 años de vida, no estaba para hazañas.

¿Hacerse el valiente y luchar contra una enfermedad? Patrañas –pensaba–. Los pobres no nacimos para luchar contra lo que se sana con dinero. Los pobres no tenemos derecho a ser “valientes” en estos casos. Los pobres asumimos la realidad y punto. ¡Qué los ricos derroten el cáncer! ¡Qué los ricos derroten todo lo que necesiten derrotar con dinero! Los pobres solo esperamos pasar vivos de un invierno a otro. ¡Eso es ser valiente! –Decía– Nacer y cargar desde la cuna la cruz de la pobreza e incertidumbre, y no dejarse abatir por ella.

Don Antonio Torres, una semana después de estos acontecimientos, fue encontrado muerto. A su mujer solo le dejó una carta en la que le pedía que no lo juzgara. Sin embargo, la complicidad de ambos era tan profunda que no había espacio para sorpresas, perdones o explicaciones. Ella –conocedora de las profundidades de su corazón y mente–, lo sabía. Lo intuyó el día que le dijo que no se preocupara. Sin embargo, no lo juzgó. Lo comprendió. Ella, en el fondo, sabía que habría hecho lo mismo. Era casi un pacto sin palabras que los ataba.

Los pobres no tienen alternativas, solo enfrentan los días como sea que vengan. Y Don Antonio no era de los luchadores con dinero. Era de los que luchan solo cuando es justo hacerlo. Y, lamentablemente, en esta batalla, solo se permitían los que tenían a su disposición aquella droga que corroe y deforma: el dinero. Don Antonio, no lo tenía, pero era valiente. Y con valentía eligió irse, y no, el ser llevado lentamente. Así murió, o despertó a otra realidad, un nuevo héroe-obrero-pobre.

Por Pablo Mirlo

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Calle Los Carrera, La Serena, Chile.

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Cuentos del futuro N°3: La pacificación de La Dehesa

Dicen que en esta zona vivían salvajes socialistas, democratacristianos, un par de comunistas y obviamente muchos ultraderechistas. Cuando llegó la orden desde el Pueblo, de tener que domar a esos salvajes del barrio alto, hubo muchos que animados tomaron sus piedras y palos y partieron cerro arriba a cumplir lo decidido en las bases. El pueblo no tenía dudas que esta era la medida correcta, pues tenían claro que este grupo era una minoría, y que además, su pacificación, era imperativa si finalmente se pretendía hacer descansar la tierra de tanta inmobiliaria y campos de golf y a la vez, darle un respiro a ellos mismos después tantos años de sometimiento.

Los seres salvajes del barrio alto se espantaron cuando supieron la decisión del bajo pueblo, como ellos le llamaban, y rápidamente se parapetaron en sus fortalezas, y no dejaron salir a sus rubios y bellos hijos e hijas. Los que pudieron, en estampida corrieron al aeropuerto, muchos otros pidieron asilo en la embajada estadounidense, y otros tantos, arrancaron al sur profundo de Chile.

La pacificación estaba en marcha, ya nada lo podía detener. La correlación de fuerzas estaba a favor del Pueblo, el cual luego de un largo y durísimo proceso de reconocerse como tal, finalmente comprendió que los que le ponían la bota encima no representaban ni siquiera el 5% de la población chilena, por tanto, no había más nada que discutir, era tiempo de actuar.

Los más duros personajes de la clase dominadora usaron todos sus sistemas de comunicación para pedir ayuda al ejército, el cual respondió con gran ánimo y emoción, pues finalmente podrían utilizar sus más recientes armas de muerte adquiridas desde la corona británica. Los años de entrenamiento a los que habían sido sometidos sus generales en escuelas de matanza, tortura y control popular en EE.UU finalmente se pondrían a prueba, y es que desde el fin de la Dictadura de Pinochet muchos nostálgicos extrañaban el movilizarse sin patente por la ciudad, torturar, abusar de los pobres y las mujeres, y ese placer que les producía el olor a pólvora y de la carne humana chamuscada.

El pueblo por su parte estaba preparado para lo que vendría. Ya sabían lo que había sucedido durante 17 años en Chile, y ante toda la barbarie a la que se exponían, sin embargo, el miedo era algo que habían suprimido. En realidad, habían asimilado con una certeza inquebrantable que era o sus sueños, o vivir otro siglo más en un país ajeno y opresor. Los oprimidos de siempre habían comprendido que el miedo paraliza, y es por eso que lo habían exiliado de sus corazones y esta vez no se dejarían acribillar por nadie. Muchos socialistas alistaban sus maletas y ya planeaban autoexilios a Alemania. Otros tantos llamaban a sus compadres de la UDI y RN para pactar un acuerdo y evitar así una masacre, pero ya era tarde. La noche del 4 de septiembre de 2036 todos los barrios estaban sitiados, pero no por militares, sino que por El Pueblo.

En ciudades como La Serena, el sector de calle Cisternas hacia arriba y San Joaquín, se encontraba con gente en cada esquina armada de piedras y palos. Los hombres y mujeres se abrigaban en fogatas en el medio de la calle, mientras otros avivaban el fuego de cientos de barricadas. Lo mismo pasaba en el resto de las ciudades de Chile. Una densa capa de humo cubría las ciudades, y el sector de La Dehesa y Chicureo en Santiago no era la excepción.

Hasta ahora los militares no habían hecho su aparición. La tensión se respiraba en el aire. Los políticos que no pudieron escapar a ratos disparaban al aire desde sus patios para ahuyentar a la gente, pero no nada, la gente no se movería. Cuando ya iban a ser las 6 de la mañana llegaron rumores que los militares ya se estaban saliendo de sus cuarteles. La gente se preparó para lo peor. Se prepararon para hacerles frente y ya tenían barricadas en cada rincón de los barrios altos.

En La Dehesa finalmente hizo su aparición un tanque, seguido por una larga fila de camiones, la gente los esperó. Cuando los políticos se dieron cuenta que venían los militares empezaron a salir de sus casas cargados de ira y encaraban a la gente para que se preparase. ¡Los van a masacrar pobres de mierda! ¡Vuelvan a sus porquerías de casas! Gritaban.

Mas la gente no se inmutó.

Cuando la columna de tanques y camiones militares se detuvo ante los hombres, mujeres y niños armados de piedras, palos y fuego, un hombre que parecía ser el General Urrutia, aunque se veía más delgado, se dirigió a ellos.

–Compañeros y compañeras, en este preciso momento hemos dado la orden de que los militares de todos los cuarteles en Chile salgan a la calle y se enfrenten a ustedes–.

La gente se miraba confundida mientras oía esto.

–Soy Juan Cifuentes. Yo y cientos de soldados nos hemos tomado todas las guarniciones de Chile, y el General Urrutia en este momento se encuentra bajo arresto–.

Nosotros somos cientos de jóvenes que cansados de las masacres del ejército chileno en toda su historia contra su pueblo hemos decidido tomar el mando. Somos militantes de diferentes partidos y colectividades de izquierda que, sabiendo lo que se venía, hace un par de años decidimos que algunos de nosotros iban a infiltrar el ejército. Sabíamos que en una lucha frontal íbamos a perder, es por eso que solo mediante la conquista de las armas desde adentro ahora tenemos el control del ejército y queremos que sepan que como compañeros nos someteremos a lo que El Pueblo decida hacer.

En ese momento estalló el júbilo entre la gente. Los políticos y la clase alta no comprendían lo que pasaba, y algunos en desesperación, al ver que el ejército no disuadía a la gente dispararon contra la muchedumbre. ¡Mueran malditos rotos! Gritaron los salvajes políticos. Unos cuantos cayeron abatidos por las balas. Esto encendió los ánimos y en masa la muchedumbre se lanzó contra el autor del disparo, un viejo presidente del partido socialista cuando Bachelet era presidenta por segunda vez. Lo atraparon y lo llevaron ante todos, y ahí mismo lo ejecutaron.

El resto de los que yacían en sus casas se espantaron con le escena, e intentaron disparar más, pero esto vez, la gente abrió el camino, y los militares fueron los que avanzaron por las calles, por los campos de golf, por entre los jardines y tomaron a muchos de estos políticos detenidos y a otros tantos, que se rebelaron, no les quedó otra que dispararles. Esta vez no era la sangre del Pueblo la que correría por las calles, era la sucia sangre de los opresores.

Por radio llegaban las noticias que Iquique, Viña del Mar, Concepción, La Serena y muchas otras capitales regionales estaban en control del Pueblo. Era un día de alegría pura. Esa noche, la gente fue en masa a La Moneda, se tomaron sus balcones, y se celebró una gran fiesta. El ejército, y todas las fuerzas armadas estaban sujetos a las decisiones del Pueblo. La Dehesa y toda la oligarquía había sido pacificada y el ejército, domesticado.

Por Pablo Mirlo

*La Dehesa es uno de los barrios más acaudalados de Chile.

*El término “pacificación” ha sido utilizado de manera eufemística por muchos historiadores en Chile con el fin de ocultar lo que en realidad le hicieron al pueblo Mapuche a finales del sigle XIX, un genocidio. A este exterminio ellos lo han llamado de manera perversa, cruel, y totalmente ajena a la realidad “Pacificación de la Araucanía”.


Receta de otoño para los veranos * Pablo Mirlo

Era verano, y parecía que el diablo se había puesto justo a freír santos bajo mis pies, porque el calor era insoportable. En mi habitación, un par de moscas orbitaban de cerca una añeja telaraña colgante que presumía de variados insectos atrapados. Abajo, adosado a la vieja alfombra, yacía mi cuerpo, casi deshidratado. Eran las 10 de la mañana, y el resto del día no pintaba nada bien. Así que decidí abrir las ventanas y dejar entrar el viento, pero ni siquiera había viento. Bello día para despertar en la peor estación del año. Decidí darme una ducha helada, eso enfriaría mi cuerpo. Sin embargo, cuál no sería mi espanto cuando al abrir la llave ¡no salió nada de agua! Olvidé que interrumpirían el suministro de agua entre las 8 am y las 4 de la tarde. Así que me resigné, volví a la habitación y me acosté a esperar, y esperar, y esperar…

De repente, como en un sueño brumoso, me encontré con una hermosa mujer que me tomaba de la mano y me llevaba a un bosque. Podía sentir el aroma de la tierra húmeda, lo fresco de esos ríos de oxigeno por entre los senderos, y el crujir de las ramas bajo mis pies. En un instante, olvidé todo mi pasado y presente. La mujer me sentó junto a un río. Y una vez a mi lado, me pareció verla remojar algo de tipo vegetal en el agua, lo cual, posteriormente arrojó a un balde que me entregó junto a un papel con instrucciones. Luego, como si nada, me besó una mejilla y se esfumó. A partir de ahí, todo comenzó a retroceder. Caminé el mismo sendero, pisé las mismas ramas, respiré los mismos ríos de oxígeno y crucé la bruma de mi sueño y comencé a despertar, y despertar, y despertar…

 

Cuando desperté ya eran las 5 de la tarde. Tenía la boca y los ojos secos, mi piel se había vuelto una con la alfombra. Con gran esfuerzo me despegué, y cuando logré levantarme, miré a la esquina de mi cuarto. Al reposar allí mis ojos contemplé lo que parecía ser un balde, que juro no haber visto antes en mi vida, y a su lado, un papel con escritos. Me precipité en dirección de estos elementos, que por una extraña razón me llamaban de una manera casi magnética a prestarles atención. Un vez que miré dentro del balde, pude darme cuenta que no estaba vacío, en su interior habían ramas, hojas secas y un tipo de agua cristalina, como nunca antes había visto, como si fuera la de un río, ¡un río! ¡Como el de mi sueño! Ahora recuerdo. Entonces, el papel debe tener lo que me dejó escrito esa mujer en el bosque.

Al abrir el papel tuve dificultades para comprender lo escrito, pues el papel estaba algo húmedo aún, sin embargo, logré descifrar lo que decía. Era una receta. Decía: “Receta de otoño para los veranos” y abajo proseguía: “Esta receta es infalible para combatir el espantoso verano. Siga los siguientes pasos, y su vida volverá a ser como le gusta: fría, brumosa, otoñal,seca y mágica”. A continuación decía: “Añada cuatro hojas secas, 3 ramas de árbol caído y un litro de agua de río en una copa. Posteriormente, revuelva y diga tres veces seguidas: El otoño es mi aire, el otoño es mi respiración. Si repite los pasos tendrá asegurado un buen pasar durante cualquier verano”.

Preso de la curiosidad, y del inclemente calor, me dije: “qué más da, intentémoslo”.

Así que tomé una copa, deposité las hojas indicadas, las ramas y el agua que había en el balde y dije las palabras indicadas y esperé. Pero no pasó nada. Repetí el proceso, y nuevamente nada. Ya comenzaba a frustrarme cuando tomé nuevamente el papel de instrucciones y me di cuenta de algo que antes no había visto. Decía, justo al reverso del papel: “ahora beba el agua y recuéstese”.

Y eso hice, y de repente, todo se oscureció, el suelo desapareció y ahora estaba sobre tierra húmeda, al fondo, en la penumbra, podía distinguir lo que parecía ser la silueta de una mujer, pero no estaba seguro. Mi olfato, al menos, seguía intacto, pues podía sentir el aroma de un bosque en mi habitación. Ahora bien ¿estaba realmente en mi habitación? Eso estaba por verse.

 

Concepción, Chile

Cuando se disipó la oscuridad pude ver el mismo sendero que había visto antes en mi sueño. La silueta de la mujer era justamente eso, una mujer de espaldas, aunque ahora, su aspecto era más real. Sus cabellos eran largos y negros, le llegaban a la cintura, algo ondulados. No llevaba ropa alguna, o al menos, eso pensaba en ese momento. Su belleza, claramente excedía a todo lo visto antes por mis ojos, e incluso, me atraía de una manera enfermiza. Tanta era la atracción que de mis brazos salían unas especies de brazos transparentes que se extendían por metros hacia ella. Yo estaba espantado. No podía controlar lo que hacían estos brazos, que luego de alcanzarla la comenzaron a rodear, a acariciar, a jugar con su pelo, con sus formas femeninas, a explorarla, a lo que ella respondía simplemente rindiéndose. Yo no sabía qué hacer. Así que grite ¡basta! Y fue como si estos brazos transparentes volvieran a mi cuerpo de manera instantánea. Ella se giró, y como si en sus ojos alojara una playa de cristalinas aguas color turquesa fluorescente, me miró de arriba abajo y me exigió: dime tu nombre.

Yo, todavía asombrado por el color de sus ojos, no dije nada. –Dime tu nombre –me replicó–.

Me llamo… justo en ese momento me hizo callar. Silencio –me dijo–. Sígueme.

Y tomándome de la mano me llevó por un sendero que me parecía conocido. Claro, si era el de mi sueño. Rompía ramas bajo mis pies, sentía el oxígeno de los árboles en mi cara. Todo se repetía.

Entonces llegamos a un río y me pidió que me sentara. Mira –me dijo– necesito una cosa de ti, para así darte a ti lo que tú quieres de mí. ¿Lo que yo quiero de ti? –pensé–. Necesito de tu cuerpo, especialmente en verano, para poder producir suficientes hojas para cuando llegue el otoño. Mientras estés aquí podrás hacer lo que quieras mientras dure el verano, sin embargo, cada vez que termine el verano, tendrás que volver a tu vida normal, aunque diez años mayor. Lo que soñaste, lo induje yo en tu mente, es una especie de camino preparatorio para todos aquellos que aman más el otoño que el verano, y como tú estabas vulnerable esa mañana y todo sofocado por el calor, me pareciste la persona correcta.

¿Quieres decir que yo, de entre un montón de gente fui elegido por ti para…? –pregunté–.

Sí, lamento que sea así, pero te elegí para poder, en cierta manera procrear. En el bosque solían haber hombres dispuestos a tener este tipo de encuentros con nosotras, las nodrizas de las hojas de otoño, sin embargo, el atractivo de las ciudades, y la pérdida de la fe en la naturaleza a muchos los alejó, es por eso que se nos ha permitido ir a reclutar hombres como tú tan lejos en la ciudad.

No lo podía creer. Iba a ser reclutado, básicamente como método de reproducción de la naturaleza. Genial –pensé– además ella es preciosísima, y mis manos parecieran querer seguir el camino de mis extraños y hasta hace un rato, desconocidos brazos y manos transparentes.

Sin embargo, algo andaba mal. No podía ser todo tan color de rosas. Así que le pregunté:

–Entonces ¿cuál es truco de todo esto?

– ¿El truco? No hay truco –me dijo–.

–Ven. Y déjate llevar.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos me encontraba con ella. Su cuerpo era suave, como piel recién comprada. Sus cabellos eran juguetones entre mis dedos, y mis manos, mis manos, no daban abasto para recorrer tanta belleza. En sus ojos, una pléyade de constelaciones vibraba al ritmo de los dos. Sus labios besaban los míos como espuma a la orilla de la playa, con delicadeza y cariño. Nos encontrábamos y alejábamos, éramos música magistralmente ejecutada. Dos ensueños de amor en acción. Pero de pronto, todo llegó a su fin.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar de nuevo en mi habitación, con la ventana abierta, el balde cerca, y una copa en el suelo. Recuerdo haber ido al baño y mirarme al espejo, y en efecto, lucia más viejo. Cerré los ojos y ella apareció detrás de mí.

–Amor –me dijo entre susurro y gemido– quédate conmigo. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Me preparó una copa, me hizo pronunciar las palabras y me arrastró al bosque. Tuvimos amores embriagantes nuevamente, donde conocimos el sonido de los colores y otras cosas más . El verano fue derrotado. Ahora sembramos otoños entre amores con mi amor.

La habitación luce sola, aún hace calor, mas ya no estoy yo, otoño me llevó.

 

Por Pablo Mirlo

 

 

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La comisión * Pablo Mirlo

Estimado(a)  CLIENTE Ciudadano(a)

Con respecto a su queja formal permítame señalarle lo siguiente:

De manera urgente estableceremos una comisión investigadora que evalúe en comisión, los resultados de las comisiones anteriores, para así invocar esta comisión.

Ahora bien, para que la comisión arroje resultados satisfactorios, los comisionados serán elegidos de una mesa de comisionados expertos y muy bien pagados preparados en técnicas especializadas de comisión y omisión.

Cabe señalar también que, la comisión tendrá lugar una vez que, los comisionados anteriores entreguen un balance de las dietas y servicios utilizados durante el desarrollo de sus respectivas comisiones.

A fin de establecer la hora, lugar, y emplazamiento de la presente comisión, se llevará a cabo una comisión de comisionados a cargo de llamar a la comisión de tiempo-espacio respectiva.

Una vez solicitada esta comisión, tendrá lugar una reunión de comisionados anteriores, junto con un panel de expertos que evaluarán de manera rigurosa la situación, a fin de determinar la factibilidad de la conformación de la presente y nueva comisión.

La comisión estará presidida por un comisionado elegido cuidadosamente de una terna de comisionados confiables y capacitados; todos ellos nominados por comisionados de menor rango.

Ahora bien, esta nominación puede tomar un poco de tiempo, pues la conformación de la comisión investigadora,para este caso, debe conformarse una vez que las comisiones anteriores arrojen sus conformaciones definitivas.

Sin embargo, no se preocupe. Lo más probable es que la comisión encargada de entregarle sus respuestas se encargue también de entregárselas a sus descendientes, siempre y cuando, los comisionados se pongan a trabajar desde mañana mismo.

Lamentablemente, mañana empiezan sus vacaciones.

Así que tememos que lo mejor que puede hacer es olvidarse del asunto, pues de conformarse la comisión de manera urgente, esto conllevaría un gran gasto fiscal, y como usted sabrá, en un año de crisis, consideramos poco prudente el incurrir en gastos innecesarios que vulneren el presupuesto de la nación.

En conclusión, usted bien puede pudrirse esperando nuestra inútil comisión.

Más simple y claro, imposible.

 

Atte.

Su excelencia

El Presidente de la República.

Pd: Si tiene un buen pasar económico y abultada cuenta bancaria, lo esperamos el lunes a primera hora, y podríamos así, quizás, encontrar una mejor solución, sin una comisión de por medio.

 

Por Pablo Mirlo

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