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Algo llamado Democracia

democraciaSiempre me ha interesado la discusión en cuanto a lo que realmente significan los conceptos dependiendo de quién los interprete. En el caso de la palabra democracia esto se vuelve especialmente interesante, dado que cada país o tendencia política pareciera tener una determinada apreciación de lo que esta palabra significa. Así, por ejemplo, tenemos varios países del mundo llamando dictadura al sistema de gobierno que rige los destinos de Cuba. Mientras que, por otro lado, tenemos varios países llamando democracia al sistema estadounidense. Sin embargo, ¿qué diablos es realmente o qué significa democracia en nuestros días para el común de nosotros?

Definición

Sí, se supone que hay una definición de carácter etimológica que establece que democracia proviene del griego antiguo Demos, que significaría pueblo y de la palabra Kratos, que significaría poder, lo cual ha sido interpretado por muchos como el poder de pueblo, o algo así. Sin embargo, incluso con respecto a la definición exacta del mismo término hay muchas opiniones –casi tantas como las que hay con respecto a qué es realmente una democracia en la actualidad como sistema de gobierno– así que esa discusión se la dejaré a los expertos. Vamos a lo práctico.

La “dictadura” cubana (adjetivo de carácter peyorativo otorgado principalmente por adalides del libertinaje económico y pensamiento conservador fascista) tiene cosas en su sistema bastante interesantes. Por ejemplo: Salud y educación gratuita, garantizada y de calidad. Todos derechos establecidos e irrenunciables para su pueblo que ya se quisieran las demás “democracias” del mundo o del mismo continente americano.

En cambio, la “democracia” estadounidense (adjetivo auto impuesto y respaldado por todos los demás países que le siguen el juego al gobierno imperialista gringo con tal de no perder su respaldo) no garantiza tales derechos a su pueblo. Solo garantiza el libre acceso a todo lo que quiera su población, siempre y cuando, tenga suficiente dinero para permitírselo.

En cuanto a lo político, la “dictadura” de Cuba, tiene un sistema de partido político único, el Partido Comunista, del cual salen los respectivos representantes populares de cada comunidad. Por su parte, el sistema político estadounidense (“democracia”), tiene dos grandes partidos políticos, en “teoría”, contrarios: republicanos y demócratas. Sin embargo, ninguno de estos partidos pareciera representar el sentir de su población, pues sin importar quién esté en el gobierno, ya sea que gane uno u otro, siempre terminan gobernando para los bancos, la fuerza militar y la prensa conservadora.

Entonces, ¿por qué Cuba es considerada una dictadura y EE.UU, no? Pareciera ser que, a la hora de establecer qué es una democracia, el ejercicio intelectual de los conservadores pasaría por garantizar el que “todos” pudieran participar del juego de la las elecciones periódicas a través de la conformación de partidos políticos. Por ende, para ellos,  cualquier sistema que no permita la creación de nuevos partidos sería considerada una dictadura.

¿Qué significa todo esto?

Que en esta nueva concepción de democracia, esta ya no sería el poder del pueblo. En la nueva definición, por parte de los conservadores, una democracia debería ser definida como la capacidad de los pueblos de organizarse en partidos políticos y participar del juego de las elecciones (con los correspondientes beneficios que esto traería: el que te paguen por no hacer nada en los parlamentos, que el estado financie tu partido político, y el tener la posibilidad, de vez en cuando, de sentarte a gobernar). Es decir, cualquier sistema que garantice una burocracia holgazana en un parlamento será considera democracia. Toda aquella en lo que no exista el juego de las elecciones: una dictadura.

El caso de Chile

El caso de Chile es magistralmente ejemplar de ambas situaciones. Durante la década de los 70 y 80 en el país se experimentó una cruel dictadura. Se anularon los partidos políticos y se persiguió a todos aquellos con tendencias de izquierda y se estableció un modelo de mercado liberal, con fuerte enfoque en el extractivismo. Sin embargo, luego de años en las calles, finalmente se permitió, mediante un plebiscito, que la gente decidiera si quería que la dictadura siguiese o se llamase a elecciones democráticas. La respuesta de la gente fue notable, y pese al miedo, la opción de poner fin a la dictadura triunfó.

Sin embargo, una vez inaugurada la “democracia”, por allá a comienzos de los años 90, con partidos políticos, parlamento, etc. Poco a poco la gente se fue dando cuenta que las cosas no cambiaron para mejor. Se mantuvo el modelo económico establecido en dictadura, se fortaleció el modelo exportador en desmedro del desarrollo de una industria local más fuerte, y sobre derechos sociales, ni hablar: la salud no es un derecho y la educación tampoco, pues las versiones públicas de ambas han sido abandonadas a su suerte con la esperanza que todo el mundo se pase al mundo privado y, obviamente, pague por estos “derechos”.

Es decir, la nueva “democracia” chilena, con elecciones periódicas, partidos políticos, etc. No ha logrado cambiar nada este país desde que se impusiera la dictadura fascista el año 1973. Es decir, el tener partidos políticos, y el que estos no representen a nadie, es igual o peor a estar en dictadura.

Tal vez alguien dirá: “Pero antes se mataba y torturaba por pensar distinto, y ahora no”.

Pues buen, yo digo: “Quizás ahora no se mate y torture masivamente, pero se sigue haciendo de manera más sutil. Con encarcelamientos injustos de luchadores sociales y asesinatos selectivos”.

¿En definitiva?

La democracia no es del pueblo, la democracia es de unos pocos que se disfrazan de políticos y participan, lucran y viven del juego de las elecciones, nada más. La democracia es una cosa de las elites, un engranaje en el que el pueblo y su opinión no valen nada. Si me dieran a elegir entre la “dictadura” cubana, la “democracia” gringa, o la “democracia” chilena, claramente me quedo con la “dictadura” que se preocupa de educar a su población y de darle salud gratis y de calidad. Es decir el sistema cubano. Y es que: ¿Qué es el hombre? ¿Su salud y su educación? o ¿los bienes que acumula? Al menos para mí, es más importante la salud y la educación.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja Agosto 2016

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¿Mano o corazón? * Pablo Mirlo

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Atajada de Claudio Bravo (Chile) Final Copa América Centenario Domingo 26 de Junio 2016. Chile Campeón.

Dicen que los porteros atajan con las manos,

pero en esta atajada,

yo no veo una mano,

sino que todo un corazón.

 

Por Pablo Mirlo


¿Llegó la independencia?

Los pueblos originarios de América Latina lo están pasando a mal. Si uno se da una vuelta por varios de los medios de comunicación autogestionados o no alineados con los grandes poderes económicos existentes en el continente, se dará cuenta que son muchísimos los problemas de orden de persecución, criminalización y saqueo que sufren muchas culturas milenarias por parte de los actuales estados americanos. Lo que hace de esta práctica, algo inaceptable, es que países cuyas oligarquías lucharon guerras independentistas, hace poco menos de 200 años, en la actualidad, parecieran actuar de igual o peor manera que aquellos de quienes se independizaron. Entonces, cabe preguntarse: ¿Llegó realmente la independencia alguna vez a este continente?

Guatemala y Chile

Si bien hay muchos países en los que se persiguen, criminalizan, encierran y hasta matan a los pueblos originarios, en esta ocasión me enfocaré solo en dos casos que son muy ilustrativos del problema. Los casos de Guatemala y Chile.

Guatemala

La nación Centroamérica lleva años de un prolongado conflicto entre su estado y los pueblos originarios del lugar. Este conflicto tuvo uno de sus momentos más crueles a comienzos de los 80, cuando se realizó un brutal exterminio de miles de personas en lo que se conoce como el Genocidio Maya. En esos años el gobierno de Guatemala declaró como “enemigo interno” a los pueblos Maya del lugar, con la excusa de que estos estaban planeando un complot comunista contra el Estado. Lo cual, obviamente, no era cierto. Era solo un pretexto para acabar con los pueblos originarios del lugar y, así, poder explotar sus tierras y sacar provecho de sus recursos naturales. En la actualidad, el estado guatemalteco sigue persiguiendo a los pueblos originarios mediante el uso del saqueo como herramienta principal. Y, contraviniendo todos los acuerdos internos e internacionales, no respeta a los pueblos originarios ni a sus líderes, a quienes encarcelan, persiguen, torturan y matan, con tal de poder ocupar sus tierras para la instauración de hidroeléctricas, grandes presas, y todo tipo de elementos que generen ganancias y satisfagan los intereses de la oligarquía local y de los grupos económicos extranjeros presentes en la zona del conflicto (principalmente, compañías de Canadá, EE.UU y España). Este modo de actuar, de parte del gobierno guatemalteco, ha dejado como saldo miles de muertos, desplazados y heridos en un conflicto que pareciera no tener fin.

Chile

En Chile, las cosas no son muy diferentes. En la zona sur del país se vive un violento conflicto de parte del Estado contra la Nación Mapuche. El Pueblo Mapuche, cuya presencia en la zona se remonta a siglos y siglos antes de que el europeo pusiera sus pies en esta tierra por primera vez, ha sufrido en los últimos 500 años un largo ciclo de violencia, persecución y exterminio que pareciera no tener fin. Primero fueron los españoles quienes trataron de doblegarlos por la fuerza, sin embargo, luego de casi 300 años de intentos, no lo lograron. Luego fue la oligarquía *santiaguina –cobarde de nacimiento– quien por decreto supremo, a finales del siglo XIX, declaró que las tierras del pueblo Mapuche debían ser anexadas al Estado Chileno para “asegurar la soberanía”. El proceso fue bautizado miserablemente como “Pacificación de la Araucanía”, pues la cobarde aristocracia santiaguina declaró que era gente salvaje, violenta y sanguinaria que había que “pacificar”. Para llevar a cabo este proceso, paradójicamente, llevaron a la zona: militares, fuego, tanques, armas, guerra y muerte, es decir, llevaron el salvajismo de la “civilización”. Lo que no se dice sí, al pueblo chileno, es que esa zona era una nación independiente, que incluso había sido reconocida por la Corona Española en muchos acuerdos que establecían al río Bío-Bío como la frontera natural entre la incipiente colonia española y el Pueblo Mapuche, por ende, la posterior “anexión” de este territorio, por parte del Estado de Chile, sólo puede ser considerada y condenada por lo que es: una invasión, y la zona en la actualidad, un territorio bajo ocupación extranjera.

En la actualidad, la zona sigue siendo un lugar propicio para los abusos y atropellos por parte del Estado. La zona se encuentra absolutamente militarizada y el Estado de Chile ha declarado a todo aquel que simpatice con la causa del Pueblo Mapuche, o luche por su liberación, como terrorista. Sin embargo, al igual que en el caso de Guatemala, los intereses del Estado no son la “lucha contra el terrorismo” o el “enemigo interno”, sino que proteger los intereses oligárquicos internos y externos de los usurpadores de esas tierras, quien lucran con los abundantes recursos naturales de la zona, tanto madereros como hidroeléctricos.

Racismo, avaricia y otros males

En ambos países podemos ver que se ha desatado una guerra sin precedentes contra los habitantes originales de esas respectivas tierras. Las “razones de Estado” dictan que estas persecuciones se llevan a cabo en pos del desarrollo del país y las grandes inversiones. Sin embargo, algo más cruel y duro subyace en el actuar de estos Estados: un profundo racismo y desprecio por la tierra y su gente.

Los Estados que hace no mucho luchaban por independizarse de la Corona Española, en realidad, nunca buscaron la liberación de sus pueblos. Solo buscaban liberarse de aquellos a quienes debían rendir cuentas. Para los adalides de la independencia, esta libertad era solo para los descendientes  de Europa; los “blancos”, los “puros”, los “civilizados”. Para estos Estados, la gente originaria de esta tierra, siempre fue considerada un botín de guerra al cual esclavizar y un estorbo para sus intereses económicos y expansionistas.

La respuesta a por qué tanta persecución y racismo, es simple. Quienes gobiernas estos Estados viven bajo la ilusión de que no son de este lugar. Ellos sienten que están de paso por aquí. No tienen sentido de pertenencia alguna. Nada más sienten lealtad con los lugares y gente que consideran su hogar; lugares y gente, más allá del Atlántico. Y así, mientras piensen y actúen bajo esa premisa, las cosas no cambiarán, ni los conflictos tendrán fin.

Una renovada ola independista puede generar los cambios necesarios que, de una vez por todas, traten con respeto, fraternidad e igualdad, a los verdaderos soberanos de estas tierras: los pueblos originarios.

Es hora de alcanzar la independencia.

*De la ciudad de Santiago de Chile.

Por Pablo Mirlo

Publicado en prismalavista.com


Escenarios para la guerra

Cuando hace unas semanas el mundo occidental se espantó con los atentados en París, Francia, todos corrieron a solidarizar con dicho país. Las muestras de afecto no se hicieron esperar, sin embargo, los maestros del engaño y la manipulación global sonreían en las sombras. La masa manipulable terminó poniendo su corazón y solidaridad en los colores de cierta bandera, y cierta nacionalidad, obviando completamente a las víctimas y sus familiares quienes, antes que franceses, europeos o lo que sea, eran humanos. Es más, la tragedia fue utilizada para fomentar odiosidades contra otros pueblos y creencias. En el fondo, para fomentar la guerra.

Ahora bien, resulta interesante que el resultado de estos ataques en París haya causado tanto revuelo en occidente, siendo que ese tipo de ataques, muertes y asesinatos, suceden con una frecuencia espantosa en muchas partes del mundo. Pareciera ser que algún momento consentimos que la guerra era cosa de otros y la paz una cosa nuestra. Pareciera ser que hemos aceptado que las matanzas se lleven a cabo en otros lugares; lugares que por designio divino han sido seleccionados para ser escenarios de guerra. Mas cuando esas masacres llegan a nuestras limpias calles, ciudades y monumentos, nos sentimos atacados y pasamos a hacer las víctimas de “salvajes fanáticos religiosos”, mientras que nosotros, nos elevamos como la voz de la cordura, la sensatez y lo civilizado.

El caso de París es ilustrativo de la prepotencia de occidente, una prepotencia que permea incluso a Latinoamérica (como si no fuéramos ya víctimas de 500 años de colonialismo) y hace que gobiernos solidaricen con el gobierno francés y ¡no con las víctimas! (como el gobierno chileno que patéticamente ilumino el palacio de gobierno con los colores de Francia. Mismo gobierno que ejerce el terrorismo de estado en contra del Pueblo Mapuche a diario en el sur de Chile).

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La Moneda. casa de gobierno de Chile.

La guerra es nuestra, el terrorismo es de ellos

Cuando veo que ciertos países (autodenominados) “pacíficos” se unen para atacar a “terroristas”, yo solo veo terroristas de lado y lado. Cuando dicen que los “terroristas” son todos unos fanáticos de no sé cuál dios, yo solo veo fanáticos de la “democracia” y el abuso de poder atacando a otros peores o iguales a ellos. Y es que cuando se trata de la guerra no hay matices. Los “terroristas” no son peores que los que sobrevuelan lanzando bombas a diestra y siniestra. Los que usan una bomba, una pistola, o un cuchillo para asesinar, no son diferentes a los mandatarios que mandan a barrer con otros pueblos y naciones mediante bombardeos. La guerra es el terror, la guerra es el terrorismo en su estado más puro. Por ende, la idea de que la guerra es “nuestra” respuesta al “terrorismo” que nos ataca, es la idea más repugnante que pueda esbozarse. Pues a los ojos de las víctimas civiles de Paris, Siria, Nigeria, Palestina, México o el Wallmapu (territorio Mapuche), son exactamente iguales. Sus asesinos son todos terroristas al ejercer la fuerza bruta sobre ellos.

El mundo no está divido en zonas para la guerra y zonas para la paz. Esto es un invento de los poderes fácticos que controlan a la población mediante los medios de comunicación masivos. En el fondo, somos todos iguales. Antes que cualquier cosa, somos seres humanos. Antes que todo, somos víctimas de líderes que nos encaminan a guerras que ellos jamás pelearán.

Lograr la paz es algo que escapa de nuestro control, pero al menos podemos ser pacificadores en nuestro diario actuar y vivir. Podrán colonizar nuestro territorio, podrán bombardearnos con su propaganda de guerra, pero que no colonicen nuestra conciencia, eso no lo podemos permitir.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja Diciembre 2015

Para más, visite Revista Pluma Roja


Literariedad y 3 poemas

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Clic en la foto para ver todo el dossier.

Tengo el honor de presentarles el gran trabajo recopilatorio hecho por los amigos de la revista Literariedad de Colombia dedicado a Chile.

La selección de trabajos hechos por artistas chilenos o sobre Chile se encuentra bajo el nombre de Dossier: Paisajes Chile.

En este dossier se encuentra el trabajo fotográfico, poético, literario, entre otras artes, de artistas chilenos o inspirados en estas australes tierras.

Para mí es todo un honor presentarles este trabajo dado que me permitieron ser parte del mismo mediante un breve aporte de mi poesía, la cual puede encontrar en el siguiente link: http://literariedad.co/2015/11/15/poemas-de-pablo-mirlo/

Espero les guste el trabajo realizado por esta gran revista. Al menos yo, lo encontré genial 🙂


Solo el Pueblo * Pablo Mirlo

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La tragedia golpeó de nuevo, como se ha venido volviendo una lamentable costumbre por estos lados, aunque esta vez no vino sola, sino que acompañada de movimientos de tierra y agua, más la consecuente reacción del pueblo en pos del pueblo.

El terremoto magnitud 8.4 y posterior maremoto en la zona centro-norte de Chile, el pasado de 16 de septiembre de 2015, vino una vez más a demostrar que el pueblo solo necesita del pueblo, de nadie más, a la hora de levantarse y comenzar de nuevo tras una nueva tragedia.

Se estima que los afectados de manera directa, por el evento del pasado 16 de septiembre, fueron cerca de 13 mil personas (4 mil de ellas en la ciudad de Coquimbo), quienes perdieron viviendas, trabajos y esfuerzo de muchos años en apenas unas horas y minutos. Sin embargo, pese a la dimensión del daño y, cuando los escombros y recuerdos aun flotaban en la orilla del mar; barcos yacían estacionados en las calles y parte del puerto de Coquimbo aún seguía hundido y agrietado, no fueron pocos, sino que cientos los jóvenes voluntarios que, pala en mano, partieron al rescate inmediato de estos miles que más lo necesitaban.

Mas ¿quiénes eran estos jóvenes?

Muchos eran los propios jóvenes nacidos en el rigor del puerto, quienes una vez calma las aguas, pero con el suelo aun moviéndose por las constantes réplicas, no dudaron, la mañana del 17 de septiembre, en comenzar inmediatamente la limpieza de las calles, casas y edificios dañados por el maremoto en el sector de Baquedano, en la ciudad de Coquimbo. Otros tantos vendrían de la ciudad hermana y vecina, La Serena, quienes haciendo caso omiso de esas odiosas rencillas entre trogloditas de lado y lado que, históricamente se han esmerado en levantar supuestas rivalidades entre ambas ciudades, se organizaron y comenzaron a enviar cuadrillas de limpieza, alimentación, cuidado, entretención, etc. Con la mira únicamente puesta en las cientos de familias afectadas y dañadas. La ayuda del pueblo al pueblo, en estas circunstancias, pesaba más a la hora de ayudar que el origen o lugar de residencia.

Entre los jóvenes había miembros de universidades, de movimientos sociales, grupos religiosos, etc. Estaban esos mismos que marchan por educación, pública, gratuita y de calidad, estaban esos mismos que luchan por una Asamblea Constituyente, estaban esos mismos que marchan para recordar a los asesinados, torturados y exiliados en dictadura, estaban esos mismos que luchan por una país más justo, estaban esos mismos que son tildados por las derechas mediáticas, políticas y empresariales de: intransigentes, ultrones, extremistas, que quieren todo gratis, que no saben lo que quieren. En pocas palabras, estaba el pueblo ayudando al pueblo; el joven pueblo.

¿Y los políticos?

Pues claro que también fueron, casco blanco en la cabeza se pasearon por el desastre. Desfilaron ministros y parlamentarios. Tomaron nota, miraron un poco y volaron de vuelta al castillo feudal llamado Santiago de Chile. Algunos, más sinvergüenzas que otros, viajaron a mundiales de Rugby el día después de la emergencia (Senador Jorge Pizarro) mientras en su propia zona, en la que fue elegido vía votación en las últimas elecciones parlamentarias, algunos en angustia recogían los recuerdos bajo el barro, y otros buscaban a sus muertos, pero esa es otra historia. Los políticos, como siempre, no sirvieron, ni sirven para nada.

Ya han pasado cerca de dos semanas desde el terremoto y maremoto. La zona del desastre está casi en su totalidad limpia. Ahora viene la tarea de quienes tienen las máquinas de demoler y despejar los escombros acumulados. Sin embargo, la rapidez de la limpieza realizada en el lugar, no puede sino ser honrada con palabras que engrandezcan la noble labor realizada por los cientos de jóvenes voluntarios que, sin pedir nada a cambio, dejaron sus fuerzas, tiempo y energía en la maravillosa labor de ayudar al pueblo en su tragedia.

Cuando el pueblo ayuda al pueblo, el pueblo se hace gigante. Es por eso que, más grande que cualquier desgracia, es la fe y fuerza del pueblo ante la adversidad. Es el instinto de sobrevivencia lo que lo hace grande. Es esa vida que cuelga de manera constante de la cornisa la que hace que solo el pueblo pueda comprender el dolor del prójimo, pues es el suyo propio. Porque hoy es Coquimbo el que sufre, pero mañana será La Serena, y así, sucesivamente, somos pueblo nacido y criado en la tragedia de este territorio que algunos llaman país. Y porque sabemos que mañana seremos nosotros lo que necesitaremos una mano, es importante que nosotros, ahora, extendamos la nuestra. El pueblo, solo necesita del pueblo, de ninguna mano más.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja Octubre 2015

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Desastre Natural

Siempre me ha llamado la atención la expresión: Desastre Natural. Y es que siempre que la “naturaleza” se “ensaña”, el hombre y sus intereses parecieran ser siempre los únicos dañados; las constantes víctimas de una “brutal” naturaleza.

El reciente terremoto y maremoto que azotó a Chile dejó mucha destrucción, sin embargo, y dando cuenta de este habitual antropocentrismo, pareciera ser que el foco de la prensa y los grandes intereses económicos, en lugar de haber estado en las víctimas fatales del suceso (poco más de una decena), o, intentar comprender los procesos naturales a los que estamos sujetos (terremotos o maremotos), prefirieron enfocarse en la “tragedia” de los daños económicos al turismo en la zona afectada y, en cómo, los intereses del “hombre”, como concepto, han sido arrasados por este ente “maligno” llamado Naturaleza.

Sí, es cierto, mucha gente vive del turismo en esta zona, pero, ¿debería ser esa la mayor preocupación? ¿No deberíamos, acaso, preguntarnos qué estamos haciendo mal como especie? ¿En qué estamos fallando que de la noche a la mañana un derrumbe, o el mismo mar, deciden quedarse con nuestra vida? ¿Tiene alguna responsabilidad real la naturaleza en todo esto?

El terremoto

Siempre he dicho que los terremotos no matan a nadie, en realidad, son las construcciones hechas por el hombre las que matan a los hombres. La tierra, simplemente se mueve como la ha hecho toda la vida. Ahora bien, también estoy al tanto que, si el hombre muere prisionero de los débiles muros de su casa, no es por gusto, ni por culpa propia, sino más bien, por vivir en un país donde el sistema económico es el desastroso, donde pocos acumulan mucho, y el resto, es despojado de todo. Es en realidad la falta de oportunidades la que impide que muchos puedan construir casas más sólidas, antisísmicas, y a prueba de “desastres naturales”. No es culpa de los pobres, ni de la naturaleza su desgracia, es más, es por culpa de inescrupulosos y desastrosos hombres que muchos otros mueren. Más bien, estamos a merced de “desastres y desastrosos humanos”, y no de los “desastres naturales”.

El maremoto

Con respecto al posterior maremoto que azotó las costas, y las pérdidas materiales y humanas, la misma sabiduría popular de los hombres de mar, y que fueron afectados directamente por el maremoto en el puerto de Coquimbo, Chile, nos ilumina en cuanto a la responsabilidad –si es que le cabe alguna– a la naturaleza. Muchos de ellos decían, al contemplar la destrucción dejada por el mar, y tras haber perdido casa, trabajo y amigos en el medio del maremoto: “Así como el mar da, también quita”. Para estos hombres, que han entregado sus vidas a trabajar y vivir cerca del mar, es el costo que se asume por vivir de las riquezas del mismo. No tienen reproches al respecto. Por ende, pese a que les duelen las víctimas que perdieron la vida en el maremoto, endosarle toda esa responsabilidad al mar, carece de sentido cuando es el Estado el responsable de velar porque sus ciudadanos vivan en zonas seguras. Después de todo, por algo nos roban, en forma de pago de impuestos. Lo mínimo es que con todo ese dinero nos entreguen seguridad o, al menos, minimicen el riesgo de la población de sufrir daños humanos cuando la naturaleza hace lo que siempre ha hecho: moverse a su antojo.

Sabiduría animal

Mi padre, quien trabaja cerca de 1 kilómetro y medio tierra adentro de donde la destrucción del puerto, calles y viviendas fue lo único que quedó como evidencia del paso de las olas la noche del 16 de septiembre pasado, me contó que días antes al terremoto y maremoto, vio muchas y grandes ratas corriendo tierra adentro por el sector donde trabaja. Me dijo que nunca las había visto antes en ese lugar, ni tampoco sabía que eran tan grandes. Le llamó la atención su presencia y apremio, más no le dio mayor importancia. Solo el paso de los días y el terremoto le permitirían conjeturar una posible relación entre la fuga masiva de ratas y la posterior manifestación de la tierra y el mar en la zona.

¿Es que acaso las ratas y los animales en general son capaces de detectar mejor que nosotros los cambios que están por venir?

El relato de mi padre me hizo recordar que para el maremoto del sudeste asiático el 2004, en Sumatra, mucha gente que ni siquiera sintió el terremoto y que se encontraba en islas lejanas al suceso, pudo salvarse solo gracias al “aviso” dado por el comportamiento extraño de los animales cercanos a ellos, muchos de los cuales, escaparon despavoridos de la costa horas antes de la llegada de las olas.

Si esto fuera verdad, nuevamente, solo podría pensar que la naturaleza no tiene nada de desastrosa, sino que todo lo contrario, que esta tendría sus propios mecanismos de advertencia y aviso, y que, causalmente (porque nada es casual), los únicos incapaces de percibirlos y decodificarlos seriamos nosotros: los desastrosos humanos que están siempre pendientes de cosas sin importancia vital (la T.V, el dinero, el éxito, la fama, etc.)

Es hora

Quizá, el hombre ha pasado demasiado tiempo intentando enseñorearse de este bello planeta y su naturaleza sin ni siquiera intentar comprenderlo de todas sus dimensiones. Quizá, ha pasado demasiado tiempo intentando controlar sus fuerzas y movimientos sin detenerse un momento a pensar, a aprender, a conocerlo, a respetarlo, y a escucharlo. Quizá, el hombre ha pasado demasiado tiempo mirando al suelo y no al cielo, midiendo en gráficos, dinero y monedas, su éxito. Quizá, el único desastre sobre este planeta sea el hombre y su infinito afán de culpar a lo “indómito” de sus desgracias, cuando en el fondo, la naturaleza siempre ha sido igual, solo que nosotros no hemos sabido adaptarnos a ella, ni hemos sido capaces de leer sus señales y mensajes.

Quizá, solo aprendiendo de nuestro entorno y con verdadera humildad, lograremos agarrar una pizca de la sabiduría de la naturaleza para saber con antelación la ocurrencia del próximo gran terremoto y maremoto al frente de nuestras costas, y así, lograr estar más alertas y mejor preparados.

Quizá, es hora de observar, de sentir, de escuchar, de ser parte de la naturaleza, y no solo unos visitantes y explotadores de la misma.

Los animales nos llevan milenios de ventaja en comprensión de su entorno y ambiente, quizá es hora de aprender de ellos y dejar de mirarlos como seres inferiores. Ellos algo saben que, nosotros, no.

¿Cuánto nos falta para entender?

Sí, el terremoto fue violento. Sí, el mar entró con furia. Sí, la tierra se movió con rabia. Sin embargo, seguir atribuyéndole características humanas y negativas a la naturaleza, no tiene sentido. ¿No es acaso, el bien o el mal; la violencia, la rabia o la furia, conceptos netamente humanos? ¿Es realmente “violenta” la naturaleza?

Estas calificaciones no dejan de ser expresiones de hombres para intentar nombrar algo más grande y sublime que nosotros como especie, y que nos hace sentir tan vulnerables en momentos como este, que acabamos atribuyéndole nombres de defectos propios de la humanidad.

Podremos llenar de adjetivos de carácter negativo a la naturaleza, que es violenta, indómita, etc. Sin embargo, lo que en realidad deberíamos hacer, y como un gesto de humildad ante esta naturaleza que nos rodea, quizá, sería simplemente reconocer que la naturaleza simplemente es. Nosotros somos los violentos, los furiosos, los desastrosos. La naturaleza, solo, es.

Por Pablo Mirlo

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Coquimbo, Chile. 17 septiembre 2015


Septiembre * Pablo Mirlo

En el mes de septiembre llega la primavera al sur del mundo, y junto con ello, las flores, las aves, los colores, la alegría y un nuevo comenzar. Sin embargo, con el cambio de estación, llegan también las memorias, los recuerdos y el debido homenaje para aquellos que nos fueron arrebatados de manera tan vil e impune en ese mes destinado por la naturaleza a la alegría, y no a la pérdida.

En el mes de septiembre conmemoramos la vida de tres gigantes de las letras, los sueños y del perseguir lo imposible: Salvador Allende, Víctor Jara y Pablo Neruda.

Estos personajes, cada uno desde su trinchera, lucharon por conquistar al mundo mediante la música, los versos y los discursos, pero más importante aún, pelearon por alojar sus palabras en los corazones del sufrido pueblo. Los tres tuvieron el agrado de haber disfrutado esa pizca de alegría que significó haber triunfado el 4 de septiembre de 1970 (en la elecciones presidenciales) junto al gobierno de la Unidad Popular en Chile, y haber rosado el cielo, por un instante, por cerca de mil días, con la certeza pura y cristalina de que encabezaban la Vía Chilena al Socialismo, y de que al fin, los postergados serían escuchados, y sus demandas, solucionadas.

 

Contexto y caída del sueño

Pero el triunfo fue fugaz, el proyecto socialista chileno, en medio de un mundo bipolar, fue visto como una amenaza por parte de EE.UU. Mientras que para la URSS, la vía chilena y pacífica al socialismo, no resultaba particularmente emocionante o, en otras palabras, era considerada demasiada buena para ser verdad.

Fue así que, dentro de este escenario internacional, más una oligarquía chilena entreguista y cobarde, todo conspiró para que los sediciosos lucharan contra Allende y el Pueblo, desencadenando los horribles hechos de que acabarían con su vida y la de miles otros chilenos a partir de aquel gris martes 11 de septiembre de 1973.

Asesinar los referentes

Fieles a una historia manchada con sangre, las fuerzas armadas y la oligarquía, no escatimaron en crueldad y falta de piedad. Una vez consumado el golpe militar, sabían que no solo se trataba de sacar al Compañero Salvador Allende del gobierno y apropiarse de todo. El golpe tenía que ser en todo ámbito: se trataba de cambiar la vida, la muerte, el pensamiento y la mente del pueblo chileno. Es decir, el golpe tenía que ser al corazón y al intelecto, y qué mejor entonces, para ellos y sus asquerosos planes, que acabar con la vida los tres hombres que encarnaban de manera tan clara esas cualidades: Allende, Jara y Neruda.

Los asesinatos

Primero cayó Allende, preso de las bombas y balas del fascismo, el 11 de septiembre de 1973. Luego Víctor Jara, tras ser torturado y acribillado de la manera más ruin y cobarde por los “valientes soldados”, el 16 de septiembre de 1973. Y por último, Pablo Neruda, “muere” el 23 de septiembre en la Clínica Santa María de Santiago, tras habérsele suministrado un “medicamento”, vía inyección, que solo empeoró (según la versión oficial) un supuesto “mal estado de salud” previo.

(Según Manuel Araya Osorio, secretario, guardaespaldas y chofer de Pablo Neruda, éste no entró a la clínica porque estaba enfermo, sino que por motivos de seguridad, pues pensó que allí estaría a salvo de los golpistas mientras se preparaba para partir al exilio a México).

La persistencia de la memoria

El Pueblo de Chile aún no ha dimensionado la estatura de estos hombres, cuyos nombres, engalanan calles, plazas, y escuelas por todas partes del mundo. El Pueblo de Chile, mal educado desde las cúpulas del poder hacia abajo a partir del golpe cívico-empresario-militar del 73, no ha hecho la reflexión profunda y necesaria del despojo que significó que le quitarán a sus tres más grandes referentes intelectuales de los últimos 60 años en el lapso de tan solo 12 días. Sin embargo, aún estamos a tiempo de hacer algo.

El precio de la sangre

En este sentido acto de justicia, que es lo que para mí representa hablar de estos hombres, preferí no redundar en sus palabras, versos o canciones; ellas ya hablan por sí mismas de lo que pensaban y eran. Tampoco preferí hablar de sus vidas, bibliografía al respecto abunda. Sino que, en cambio, preferí homenajearlos desde su muerte, pues considero que es el destino final y el precio en sangre que pagaron por lo que creían, los que los hace verdaderamente gigantes. El discurso, la canción o los versos, aguantan mucho, sin embargo, si no son acompañados por acciones o convicciones no son nada. Ellos estuvieron a la altura de las circunstancias, y sin claudicar, murieron creyendo lo que siempre vivieron y sintieron en el corazón y la sangre: el luchar por el pueblo. Y eso, es lo que hace inmortales.

A 42 años de su partida, su recuerdo vive, late y arde en los corazones del pueblo que avanza, resiste y lucha. El clamor por justicia por sus asesinatos sigue en pie, y si no somos nosotros lo que hagan justicia, serán nuestras hijos, y si no, nuestros nietos, y así, por siempre.

Allende, Neruda y Jara,

por siempre,

presentes.

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado en Revista Pluma Roja Septiembre 2015

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Fuerza natural

Chile es un país largo. Está divido de manera administrativa en Regiones, Provincias, y Ciudades. Las regiones son 15. En la zona norte se encuentran las regiones: XV, I, II, III, IV. En la zona centro se encuentran las regiones: V, Región Metropolitana, VI, VII. Y por último, la zona sur, que consta de las regiones VIII, IX, X, XI, XII, XIII y XIV.

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Yo vivo en la cuarta región. El reciente terremoto de Chile (8.4 grados en la escala de Richter) tuvo su epicentro al sur de la cuarta región, pero el movimiento se sintió a lo largo de más de 1100 kilómetros de norte a sur, es decir, se sintió en 8 regiones. Sin embargo, el mayor daño se produjo en los sectores interiores de mi región y sus costas. Los daños en el interior (valles y pre cordillera) se produjeron principalmente debido a lo viejo de las construcciones; muchas de ellas hechas de adobe, las cuales no resistieron el fuerte movimiento, y se derrumbaron. Mientras que los daños en la costa se produjeron debido a la violencia del maremoto, el cual, con fuerza azotó las costas.

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Puerto de Coquimbo, 17 de septiembre 2015.

Es con respecto a esto último que quisiera dedicar unas palabras.

El mar siempre ha estado al frente mío. Desde que tengo uso de razón lo he escuchado, visto, olido, y sentido, en cada una de las estaciones del año. Lo he visto encabritado en la tormenta, y calmo en mañanas de primavera. Ni hablar de la fuente constante de inspiración que me ha significado su cercanía. Es más, ese mar, debe ser una de esas pocas razones por las cuales, nunca me iría de este lugar. Sin embargo, nunca lo había visto en “modalidad tsunami”, y créanme, que el daño que dejó en la zona costera de la ciudad hermana de Coquimbo, 10 kilómetros al sur de donde vivo, La Serena, es una de las cosas más sobrecogedoras que he visto en mi vida. La destrucción era total en un radio de varias calles. Aquellas calles que no tenían la suficiente altura para evitar que el mar entrara tierra adentro, y destruyera todo, simplemente no pudieron hacer nada frente a la fuerza de la las olas que, durante la madrugada, arrasaron con todo a su paso. Había autos y camiones volcados, casas destruidas, escombros por doquier. Era como si todo hubiese sido tomado por una gran mano y arrojado con violencia contra el suelo. Un desastre. En el sector del puerto, la cosa no era para nada más alentadora. Botes volteados, muchos de ellos muy tierra adentro (con tierra, en realidad, me refiero a calles). Cables por el suelo, barcos de gran tamaño sobre la calle, parte del muelle de atraque destruido, escombros, motores, máquinas, palmeras, todo por el suelo. Una verdadera zona de guerra.

En fin, todavía me parece que lo que hemos vivido las últimas 24 horas fuese como un sueño, pero no, es real, y es triste. Triste porque hay personas que perdieron todo. Triste porque son los mismos de siempre: el pueblo esforzado y sufrido.

En la zona en la que vivo no hubo ningún daño. La ciudad de La Serena, cuyo casco histórico tiene más de 400 años de antigüedad, resistió bien. Los barrios al norte de la ciudad, que es donde yo vivo, también soportaron la fuerza del terremoto.

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Sin embargo, el desastre no solo esta localizado en Coquimbo, son muchos más los puertos y caletas dañados por el mar. Esto es solo una pequeña muestra de la magnitud del desastre.

Es de esperar que los que sufren puedan encontrar consuelo y soluciones pronto. Y que la naturaleza, siga animándonos a conocerla e investigarla más, para así estar siempre mejor preparados para cuando decida otra vez liberar su fuerza natural.

Por Pablo Mirlo

*Para ver fotos del desastre en la costa de Coquimbo, vea el siguiente link: Terremoto 8.4 gentileza de With a Litlle Help…

*Nota: El desastre causado por el maremoto y terremoto son más grandes que lo que sucedido en la ciudad de Coquimbo. De hecho, son muchas más las zonas costeras e interiores afectadas. Yo solo me he remitido a emitir comentarios con respecto a lo que presencié en vivo y en directo.


¿La hacemos o no?

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“Si votar sirviera para cambiar algo, ya estaría prohibido”. Dicen que esta frase es de Eduardo Galeano, otros dicen que la recopiló de otras fuentes, sin embargo, independiente de quién sea el autor, nos enseña una verdad irrefutable: las elecciones de políticos, en los sistemas pseudo-democráticos que nos controlan, no son más que un circo para la plebe. La opción de votar jamás ha sido, ni será, en la mayoría de los países neoliberales actuales, una real opción de cambio. Pero entonces qué, ¿cómo cambiamos ese algo que nos oprime?

Yo soy un firme creyente de la revolución popular como único medio real para cambiar la inercia que nos controla y oprime. Sin embargo, también tengo claro que, la revolución vista como concepto, no goza de muy buena aceptación en las mentes neoliberales de mis coterráneos, y esto se debe a dos razones principales: la comodidad y el miedo a la muerte.

COMODIDAD

Y es que el modo de vivir de estas personas, sumado a sus costumbres mercantiles y consumistas, los han convertido en los animales cómodos descritos en La Granja de los animales de George Orwell, quienes pese a estar conscientes de su condición de oprimidos, prefieren quedarse con sus amos, a cambio de abrigo, alimento, estabilidad, y pérdida de la libertad. Todo lo contrario a lo que sucede en la Granja de los animales, donde todos trabajan, nadie es oprimido, y donde establecen sus propias normas de conducta (al menos, al comienzo de la revolución en la granja).

La gente que se ha sentado en esta “incomoda comodidad”, saben que las cosas no están bien, se quejan de los bajos sueldos, el sistema de salud miserable y el altísimo costo de la vida. Sin embargo, ante estos mismos problemas, en vez de luchar para solucionarlos, prefieren tragarse las píldoras que les arroja ese mismo sistema: Para los bajos sueldos, créditos bancarios; para una salud miserable, endeudarse en el sistema privado; ante el aumento del costo de la vida, “facilidades crediticias” de pago, etc. Ellos reclaman, pero al final del día, abrazan las mismas “soluciones” que les ofrece el sistema, y en vez de irse a la granja de los revolucionarios, se quedan en la granja de la incómoda comodidad autoimpuesta.

MUERTE

El miedo a la muerte también juega un rol importante a la hora de descartar la revolución como método para lograr cambios, pues se le asocia a: sangre, muerte y sufrimiento. Ahora bien, esto me llama profundamente la atención, pues no logro comprender esas ganas enfermas que tienen todos de vivir, y por ende, no involucrarse en hechos revolucionarios, por temor a morir, si al final, ¡todos vamos a morir! Entonces ¿por qué no consagrar la vida a la lucha de una buena causa, sabiendo que sí, efectivamente, se puede morir en el intento, pero acaso, no es preferible eso a esperar a morir de viejo y no hacer nada por cambiar las cosas cuando tuviste la oportunidad de hacerlo? Si la vida es tan frágil y la muerte nos sobrevuela siempre ¿por qué temer a la revolución por miedo a perder la vida, si podríamos perfectamente morir por causas tan absurdas, como por ejemplo, un ataque al corazón o atropellados por un borracho al volante?

Sí, un proceso revolucionario involucra muchos riesgos, perder la vida es uno de ellos, pero la muerte nos acecha siempre. Entonces, la muerte no puede ser una excusa para temer a la revolución. Ya lo han oído antes: revolución o muerte. No ser revolucionario significa sentarse a esperar la muerte esclavizado por el trabajo y sometido por los de arriba, ser revolucionario, por otra parte, significa luchar hasta la muerte por la libertad del pueblo y de los que vendrán. La muerte es inherente a la existencia, no solo a la revolución.

¿SEGUIREMOS ENCENDIENDO VELAS POR CADA UNO DE LOS NUESTROS?

En Chile, el pasado 24 de julio, fue asesinado a manos de la policía, Nelson Quichillao, mientras se encontraba junto a un grupo de trabajadores protestando y luchando por mejoras laborales en el mineral de la ciudad de El Salvador, Chile. Este nuevo asesinato pasó inmediatamente a engrosar las listas de mártires de esta tierra, que ante una lucha desigual y desarmados, siguen cayendo presa de las balas fascistas de la policía.

Quizá, no debería relacionar esta muerte a la revolución, sino fuera porque su asesinato se suma a otras tantas sucedidas en los últimos años en este país en pseudo-democracia. Aquí dejo algunas:

Daniel Menco (23) asesinado por la policía, 19 mayo de 2009, Arica. Marcha estudiantil.

Matias Catrileo (24) asesinado por la policía, el 3 de enero de 2008, en territorio Mapuche. Recuperación territorios usurpados por privados.

Jaime Mendoza Collio (24) asesinado por la policía, el 12 de agosto de 2009, en territorio Mapuche. Recuperación de territorios usurpados por privados.

Manuel Gutiérrez (16) asesinado por la policía, 25 agosto de 2011, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Anyelo Estrada (23) asesinado por gendarmería, 9 de octubre 2012, Santiago. Jornada de movilizaciones estudiantiles.

Juan Pablo Jiménez (34) asesinado por una “bala pérdida” 21 de febrero de 2013, Santiago.

Estos son algunos de nuestros muertos, pero hay cientos de otros que han sido heridos y torturados en democracia en estos últimos años.

REVOLUCIÓN O MUERTE

Es ante todo este macabro escenario que me pregunto: si nos van a matar y no estamos en revolución, ¿no sería mejor estar en revolución y que estas muertes dejen de ser en vano? Si nos van a matar igual, sea que estemos o no en revolución. Si nos van a matar igual, sea que protestemos o no. Si nos van a criminalizar igual, sea que marchemos o no. Entonces, ¿por qué no simplemente declarar la revolución?

Siento en mi alma cada una de estas muertes, pero más siento el hecho de que seguiremos enciendo velas, marchando para denunciar los crímenes, declarando nuestra solidaridad con las familias dañadas con estas pérdidas, para que al final del día, todo siga igual, inmutable, a menos que, nosotros cambiemos y hagamos algo al respecto.

La revolución pasa por etapas y estados. Primero debe ser mental, luego ser llevada a la acción; debe ser una convicción personal, y luego colectiva. La revolución la hacemos todos, o no se hace. La revolución debe tener razones y también motivos.

Si hasta ahora, la sangre inocente derramada, ni las muertes que se acumulan a nuestro alrededor, no son suficiente motivo ni razón para movilizar al pueblo, nada lo será.

Ya basta de encender velas y marchar por nuestros muertos, es hora de hacer la revolución o sentarnos a esperar a morir de viejos, y yo, al menos, no quiero morir de viejo.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja N°28 Agosto 2015

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