Solo el Pueblo * Pablo Mirlo

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La tragedia golpeó de nuevo, como se ha venido volviendo una lamentable costumbre por estos lados, aunque esta vez no vino sola, sino que acompañada de movimientos de tierra y agua, más la consecuente reacción del pueblo en pos del pueblo.

El terremoto magnitud 8.4 y posterior maremoto en la zona centro-norte de Chile, el pasado de 16 de septiembre de 2015, vino una vez más a demostrar que el pueblo solo necesita del pueblo, de nadie más, a la hora de levantarse y comenzar de nuevo tras una nueva tragedia.

Se estima que los afectados de manera directa, por el evento del pasado 16 de septiembre, fueron cerca de 13 mil personas (4 mil de ellas en la ciudad de Coquimbo), quienes perdieron viviendas, trabajos y esfuerzo de muchos años en apenas unas horas y minutos. Sin embargo, pese a la dimensión del daño y, cuando los escombros y recuerdos aun flotaban en la orilla del mar; barcos yacían estacionados en las calles y parte del puerto de Coquimbo aún seguía hundido y agrietado, no fueron pocos, sino que cientos los jóvenes voluntarios que, pala en mano, partieron al rescate inmediato de estos miles que más lo necesitaban.

Mas ¿quiénes eran estos jóvenes?

Muchos eran los propios jóvenes nacidos en el rigor del puerto, quienes una vez calma las aguas, pero con el suelo aun moviéndose por las constantes réplicas, no dudaron, la mañana del 17 de septiembre, en comenzar inmediatamente la limpieza de las calles, casas y edificios dañados por el maremoto en el sector de Baquedano, en la ciudad de Coquimbo. Otros tantos vendrían de la ciudad hermana y vecina, La Serena, quienes haciendo caso omiso de esas odiosas rencillas entre trogloditas de lado y lado que, históricamente se han esmerado en levantar supuestas rivalidades entre ambas ciudades, se organizaron y comenzaron a enviar cuadrillas de limpieza, alimentación, cuidado, entretención, etc. Con la mira únicamente puesta en las cientos de familias afectadas y dañadas. La ayuda del pueblo al pueblo, en estas circunstancias, pesaba más a la hora de ayudar que el origen o lugar de residencia.

Entre los jóvenes había miembros de universidades, de movimientos sociales, grupos religiosos, etc. Estaban esos mismos que marchan por educación, pública, gratuita y de calidad, estaban esos mismos que luchan por una Asamblea Constituyente, estaban esos mismos que marchan para recordar a los asesinados, torturados y exiliados en dictadura, estaban esos mismos que luchan por una país más justo, estaban esos mismos que son tildados por las derechas mediáticas, políticas y empresariales de: intransigentes, ultrones, extremistas, que quieren todo gratis, que no saben lo que quieren. En pocas palabras, estaba el pueblo ayudando al pueblo; el joven pueblo.

¿Y los políticos?

Pues claro que también fueron, casco blanco en la cabeza se pasearon por el desastre. Desfilaron ministros y parlamentarios. Tomaron nota, miraron un poco y volaron de vuelta al castillo feudal llamado Santiago de Chile. Algunos, más sinvergüenzas que otros, viajaron a mundiales de Rugby el día después de la emergencia (Senador Jorge Pizarro) mientras en su propia zona, en la que fue elegido vía votación en las últimas elecciones parlamentarias, algunos en angustia recogían los recuerdos bajo el barro, y otros buscaban a sus muertos, pero esa es otra historia. Los políticos, como siempre, no sirvieron, ni sirven para nada.

Ya han pasado cerca de dos semanas desde el terremoto y maremoto. La zona del desastre está casi en su totalidad limpia. Ahora viene la tarea de quienes tienen las máquinas de demoler y despejar los escombros acumulados. Sin embargo, la rapidez de la limpieza realizada en el lugar, no puede sino ser honrada con palabras que engrandezcan la noble labor realizada por los cientos de jóvenes voluntarios que, sin pedir nada a cambio, dejaron sus fuerzas, tiempo y energía en la maravillosa labor de ayudar al pueblo en su tragedia.

Cuando el pueblo ayuda al pueblo, el pueblo se hace gigante. Es por eso que, más grande que cualquier desgracia, es la fe y fuerza del pueblo ante la adversidad. Es el instinto de sobrevivencia lo que lo hace grande. Es esa vida que cuelga de manera constante de la cornisa la que hace que solo el pueblo pueda comprender el dolor del prójimo, pues es el suyo propio. Porque hoy es Coquimbo el que sufre, pero mañana será La Serena, y así, sucesivamente, somos pueblo nacido y criado en la tragedia de este territorio que algunos llaman país. Y porque sabemos que mañana seremos nosotros lo que necesitaremos una mano, es importante que nosotros, ahora, extendamos la nuestra. El pueblo, solo necesita del pueblo, de ninguna mano más.

Por Pablo Mirlo

Publicado en Revista Pluma Roja Octubre 2015

Para más, visite: Revista Pluma Roja

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