La malla

Estaba en segundo básico y por alguna razón la profe, ese día en particular, no nos hizo educación física en el colegio. En esa ocasión nos dijo que iríamos a una cancha que quedaba a como 4 cuadras de la escuela. La emoción era generalizada entre mis compañeros, puesto que más que preocuparnos por nuestro acondicionamiento físico, ¡iríamos a jugar a la pelota en una cancha de verdad! y eso de por sí era suficiente para mantenernos a todos exaltados.

Luego de caminar unos minutos y tras cruzar la abandonada línea del tren: allí estaba la cancha. Todos corrimos como si un magnetismo nos atrajera a ella. Al parecer ninguno escuchó a la profe gritar que fuéramos todos juntos, y en menos de un segundo la pelota ya rodaba sobre la tierra. ¿Tierra, piedras? No nos importaba, qué más da, era una cancha y había líneas en la tierra y dos arcos. Incluso había un marcador de madera que se caía a pedazos, el cual me cercioré de ir a ver en persona porque me parecía demasiado genial. No recuerdo el resultado de aquel partido, pero sí recuerdo que fue una de los días más lindos de mi niñez y de la niñez de que aquellos que estaban conmigo.

hghgh

El fútbol siempre ha tenido una conexión casi de nacimiento con los más pobres y es por eso que, le duela a quien le duela, es pasión de multitudes, porque los pobres son multitud.

En torno al fútbol siempre hay historias lindas que contar. Me es imposible olvidar, por ejemplo, aquella ocasión en la cual la cancha de la escuela tuvo mallas puestas en sus arcos por primera vez, recuerdo que todos moríamos por hacer un gol. Y es que el no tener que ir a buscar la pelota quién sabe dónde -por fin ésta se quedaría en la malla-, era todo un avance tecnológico para nosotros. Ese fue un momento épico en los ojos de todos los presentes, pues la vida se componía de pequeños triunfos sobre la adversidad y el tener malla en nuestros arcos nos hacía sentir que estábamos en una cancha de verdad por primera vez y un paso más alejados de la oscura realidad de nuestras poblaciones; que la pelota inflara las mallas era simplemente mágico.

El fútbol tiene, justamente ese “algo” mágico que lo distingue sobre muchos otros deportes, por ejemplo, su carácter dinámico. Para practicarlo no se necesita casi nada de lo que la FIFA considera oficial. Si no tienes una pelota que rebote perfectamente puedes utilizar una desinflada; si no tienes una pelota puedes utilizar una piedra —aunque no es para nada recomendable, como se imaginaran, para las piernas—; si no hay piedras, puedes patear un botella, una lata aplastada, una bola hecha con muchos papeles; e incluso —como alguna vez vi— no faltará el compañero que se sacrifique y haga una pelota con su calcetines. Si no tienes arcos, pues bien, dos botellas te pueden servir; si no hay botellas, pues dos piedras grandes también pueden ser útiles; si no hay piedras, pues una ruma de sacrificadas mochilas en pos de la causa pueden ser más que suficientes; ¿y el travesaño?, pues se inventarán nuevas reglas, como el cobrar “altura” en caso de que haya duda de que la pelota u objeto a patear haya pasado por sobre  los “tres palos”.

El fútbol es amado por casi todos aquellos que no son ricos en lo material, pues para ellos significa la alegría de pertenecer a algo en un país donde nada pareciera pertenecerles, ni la salud, ni la educación, ni la vivienda. El patear piedras por la calle solo deja de ser tan miserable cuando se hace en grupo, y todos los fines de semana, el placer de hacer un gol o el de que tu equipo gane, permite olvidar la frustración de un sistema que estruja y oprime, en ese sentido, el patear piedras y el fútbol parecieran ir de la mano.

Muchos no entienden aquel cariño casi enfermizo por un club de fútbol o por la selección, sin embargo, les es más comprensible: el amor al lujo, al emprendimiento, al desarrollo económico, al crecimiento, a la inversión extranjera, etc. Extraña paradoja.

Quizá nunca seamos campeones de la copa del mundo, pero el fútbol ya nos dio las alegrías que el poder económico nos negó.

Por Pablo Mirlo

Artículo publicado para revista Philolologïa & Translatum (actual Revista Pluma Roja).

Para más visite Revista Pluma Roja

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Acerca de pablomirlo

Me considero un obstante, un sin embargo, un pero. Me considero un parlante, un sin regazo, un perro. No obstante considero, que sin embargo un perro, no obstante puede ser hablante, y en charcos, su propio dueño. Me considero un sin embargo, un marco descolgado, un cielo colgante, ensueños, un amargado. No obstante difiero. Tal vez ni concuerdo. Quizás ni debiera. Probablemente, ni es cierto. Ver todas las entradas de pablomirlo

4 responses to “La malla

  • Zuri Aguirre

    Pablo… por lo visto se trata de una gran pasión para ti!! me gusta la pasión!! qué hermoso relato de infancia… imagino lo maravilloso que fue, por la manera en la que la describes. Te dejo esto que escribí hace tiempo, a propósito de la pasión…
    https://corriendoenlaniebla.wordpress.com/2014/07/07/la-pasion/

    Le gusta a 1 persona

    • pablomirlo

      Lo que me gustaba en realidad de esos años, era que para mí, el fútbol, siempre fue más real, más sincero, más apasionado, cuando era pequeño e imaginábamos que jugábamos en los equipos de nuestros amores y a estadio lleno, siendo que no teníamos donde caernos muertos, ni para comprar una pelota. Eso era pasión pura.

      Saludos!

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  • Charlipap

    ¡Vaya tema Pablo! De pequeño, hasta los dieciocho años, rompí zapatos y botas en el patio de asfalto de mi colegio, para desesperación de mi madre. Era mi pasión. Quien no ha jugado a fútbol no sabe qué tiene que te engancha. Todavía sueño con ello y muchas veces pienso qué hubiera sido de mi vida si hubiera accedido a operarme la rodilla, como me recomendaban los médicos, y no hubiera dejado de jugar.
    Un abrazo del “Zurdo de oro”

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    • pablomirlo

      Jajaja. Yo también. Mi mamá se enojaba porque los zapatos no me duraban más de 2 o 3 meses por andar jugando siempre a la pelota en la escuela y pateando piedras, botellas de plástico, etc. Como dices tú, los que no lo han jugado, no saben la magia que tiene y por eso muchas veces lo critican. Sin embargo, yo pienso que es la posibilidad que nos brindaba ese juego de, justamente, soñar que éramos los mejores del mundo, lo que nos mantenía pegados a una pelota y corriendo tras de ella.

      Jugar era gratis y soñar también, era el único requisito para ser felices en esos días.

      Abrazos “Zurdo de oro”.

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