Receta de otoño para los veranos * Pablo Mirlo

Era verano, y parecía que el diablo se había puesto justo a freír santos bajo mis pies, porque el calor era insoportable. En mi habitación, un par de moscas orbitaban de cerca una añeja telaraña colgante que presumía de variados insectos atrapados. Abajo, adosado a la vieja alfombra, yacía mi cuerpo, casi deshidratado. Eran las 10 de la mañana, y el resto del día no pintaba nada bien. Así que decidí abrir las ventanas y dejar entrar el viento, pero ni siquiera había viento. Bello día para despertar en la peor estación del año. Decidí darme una ducha helada, eso enfriaría mi cuerpo. Sin embargo, cuál no sería mi espanto cuando al abrir la llave ¡no salió nada de agua! Olvidé que interrumpirían el suministro de agua entre las 8 am y las 4 de la tarde. Así que me resigné, volví a la habitación y me acosté a esperar, y esperar, y esperar…

De repente, como en un sueño brumoso, me encontré con una hermosa mujer que me tomaba de la mano y me llevaba a un bosque. Podía sentir el aroma de la tierra húmeda, lo fresco de esos ríos de oxigeno por entre los senderos, y el crujir de las ramas bajo mis pies. En un instante, olvidé todo mi pasado y presente. La mujer me sentó junto a un río. Y una vez a mi lado, me pareció verla remojar algo de tipo vegetal en el agua, lo cual, posteriormente arrojó a un balde que me entregó junto a un papel con instrucciones. Luego, como si nada, me besó una mejilla y se esfumó. A partir de ahí, todo comenzó a retroceder. Caminé el mismo sendero, pisé las mismas ramas, respiré los mismos ríos de oxígeno y crucé la bruma de mi sueño y comencé a despertar, y despertar, y despertar…

 

Cuando desperté ya eran las 5 de la tarde. Tenía la boca y los ojos secos, mi piel se había vuelto una con la alfombra. Con gran esfuerzo me despegué, y cuando logré levantarme, miré a la esquina de mi cuarto. Al reposar allí mis ojos contemplé lo que parecía ser un balde, que juro no haber visto antes en mi vida, y a su lado, un papel con escritos. Me precipité en dirección de estos elementos, que por una extraña razón me llamaban de una manera casi magnética a prestarles atención. Un vez que miré dentro del balde, pude darme cuenta que no estaba vacío, en su interior habían ramas, hojas secas y un tipo de agua cristalina, como nunca antes había visto, como si fuera la de un río, ¡un río! ¡Como el de mi sueño! Ahora recuerdo. Entonces, el papel debe tener lo que me dejó escrito esa mujer en el bosque.

Al abrir el papel tuve dificultades para comprender lo escrito, pues el papel estaba algo húmedo aún, sin embargo, logré descifrar lo que decía. Era una receta. Decía: “Receta de otoño para los veranos” y abajo proseguía: “Esta receta es infalible para combatir el espantoso verano. Siga los siguientes pasos, y su vida volverá a ser como le gusta: fría, brumosa, otoñal,seca y mágica”. A continuación decía: “Añada cuatro hojas secas, 3 ramas de árbol caído y un litro de agua de río en una copa. Posteriormente, revuelva y diga tres veces seguidas: El otoño es mi aire, el otoño es mi respiración. Si repite los pasos tendrá asegurado un buen pasar durante cualquier verano”.

Preso de la curiosidad, y del inclemente calor, me dije: “qué más da, intentémoslo”.

Así que tomé una copa, deposité las hojas indicadas, las ramas y el agua que había en el balde y dije las palabras indicadas y esperé. Pero no pasó nada. Repetí el proceso, y nuevamente nada. Ya comenzaba a frustrarme cuando tomé nuevamente el papel de instrucciones y me di cuenta de algo que antes no había visto. Decía, justo al reverso del papel: “ahora beba el agua y recuéstese”.

Y eso hice, y de repente, todo se oscureció, el suelo desapareció y ahora estaba sobre tierra húmeda, al fondo, en la penumbra, podía distinguir lo que parecía ser la silueta de una mujer, pero no estaba seguro. Mi olfato, al menos, seguía intacto, pues podía sentir el aroma de un bosque en mi habitación. Ahora bien ¿estaba realmente en mi habitación? Eso estaba por verse.

 

Concepción, Chile

Cuando se disipó la oscuridad pude ver el mismo sendero que había visto antes en mi sueño. La silueta de la mujer era justamente eso, una mujer de espaldas, aunque ahora, su aspecto era más real. Sus cabellos eran largos y negros, le llegaban a la cintura, algo ondulados. No llevaba ropa alguna, o al menos, eso pensaba en ese momento. Su belleza, claramente excedía a todo lo visto antes por mis ojos, e incluso, me atraía de una manera enfermiza. Tanta era la atracción que de mis brazos salían unas especies de brazos transparentes que se extendían por metros hacia ella. Yo estaba espantado. No podía controlar lo que hacían estos brazos, que luego de alcanzarla la comenzaron a rodear, a acariciar, a jugar con su pelo, con sus formas femeninas, a explorarla, a lo que ella respondía simplemente rindiéndose. Yo no sabía qué hacer. Así que grite ¡basta! Y fue como si estos brazos transparentes volvieran a mi cuerpo de manera instantánea. Ella se giró, y como si en sus ojos alojara una playa de cristalinas aguas color turquesa fluorescente, me miró de arriba abajo y me exigió: dime tu nombre.

Yo, todavía asombrado por el color de sus ojos, no dije nada. –Dime tu nombre –me replicó–.

Me llamo… justo en ese momento me hizo callar. Silencio –me dijo–. Sígueme.

Y tomándome de la mano me llevó por un sendero que me parecía conocido. Claro, si era el de mi sueño. Rompía ramas bajo mis pies, sentía el oxígeno de los árboles en mi cara. Todo se repetía.

Entonces llegamos a un río y me pidió que me sentara. Mira –me dijo– necesito una cosa de ti, para así darte a ti lo que tú quieres de mí. ¿Lo que yo quiero de ti? –pensé–. Necesito de tu cuerpo, especialmente en verano, para poder producir suficientes hojas para cuando llegue el otoño. Mientras estés aquí podrás hacer lo que quieras mientras dure el verano, sin embargo, cada vez que termine el verano, tendrás que volver a tu vida normal, aunque diez años mayor. Lo que soñaste, lo induje yo en tu mente, es una especie de camino preparatorio para todos aquellos que aman más el otoño que el verano, y como tú estabas vulnerable esa mañana y todo sofocado por el calor, me pareciste la persona correcta.

¿Quieres decir que yo, de entre un montón de gente fui elegido por ti para…? –pregunté–.

Sí, lamento que sea así, pero te elegí para poder, en cierta manera procrear. En el bosque solían haber hombres dispuestos a tener este tipo de encuentros con nosotras, las nodrizas de las hojas de otoño, sin embargo, el atractivo de las ciudades, y la pérdida de la fe en la naturaleza a muchos los alejó, es por eso que se nos ha permitido ir a reclutar hombres como tú tan lejos en la ciudad.

No lo podía creer. Iba a ser reclutado, básicamente como método de reproducción de la naturaleza. Genial –pensé– además ella es preciosísima, y mis manos parecieran querer seguir el camino de mis extraños y hasta hace un rato, desconocidos brazos y manos transparentes.

Sin embargo, algo andaba mal. No podía ser todo tan color de rosas. Así que le pregunté:

–Entonces ¿cuál es truco de todo esto?

– ¿El truco? No hay truco –me dijo–.

–Ven. Y déjate llevar.

Y así, en un abrir y cerrar de ojos me encontraba con ella. Su cuerpo era suave, como piel recién comprada. Sus cabellos eran juguetones entre mis dedos, y mis manos, mis manos, no daban abasto para recorrer tanta belleza. En sus ojos, una pléyade de constelaciones vibraba al ritmo de los dos. Sus labios besaban los míos como espuma a la orilla de la playa, con delicadeza y cariño. Nos encontrábamos y alejábamos, éramos música magistralmente ejecutada. Dos ensueños de amor en acción. Pero de pronto, todo llegó a su fin.

Lo siguiente que recuerdo fue despertar de nuevo en mi habitación, con la ventana abierta, el balde cerca, y una copa en el suelo. Recuerdo haber ido al baño y mirarme al espejo, y en efecto, lucia más viejo. Cerré los ojos y ella apareció detrás de mí.

–Amor –me dijo entre susurro y gemido– quédate conmigo. Me tomó de la mano y me llevó a la habitación. Me preparó una copa, me hizo pronunciar las palabras y me arrastró al bosque. Tuvimos amores embriagantes nuevamente, donde conocimos el sonido de los colores y otras cosas más . El verano fue derrotado. Ahora sembramos otoños entre amores con mi amor.

La habitación luce sola, aún hace calor, mas ya no estoy yo, otoño me llevó.

 

Por Pablo Mirlo

 

 

Licencia Creative Commons

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Acerca de pablomirlo

Me considero un obstante, un sin embargo, un pero. Me considero un parlante, un sin regazo, un perro. No obstante considero, que sin embargo un perro, no obstante puede ser hablante, y en charcos, su propio dueño. Me considero un sin embargo, un marco descolgado, un cielo colgante, ensueños, un amargado. No obstante difiero. Tal vez ni concuerdo. Quizás ni debiera. Probablemente, ni es cierto. Ver todas las entradas de pablomirlo

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